¿ Podemos elegir otro papá ?

~15~

Rebecca respiró hondo antes de tocar el timbre, como si aquel gesto tan simple requiriera una preparación especial. Acababa de salir del museo, llevaba horas de pie y moría de hambre. Pero no había querido detenerse ni siquiera a comprar un sándwich, porque sabía que a esa hora Ian estaba en casa.

La puerta se abrió y Kayla apareció frente a ella, impecable. Tenía el rostro descansado, sin una sola sombra bajo los ojos, apenas maquillada, lo justo para resaltar lo que ya era naturalmente hermoso. Su piel lucía luminosa, como si el cansancio fuera un concepto ajeno a su vida. El cabello rubio, suelto y perfectamente peinado, caía sobre sus hombros brillante y sedoso. Todo en ella hablaba de tiempo, de calma, de mañanas sin prisas ni responsabilidades urgentes.

Rebecca le sonrió con educación, antes de que su mente tuviera más tiempo para comenzar a compararse.

—Hola, Kayla. ¿Está Ian en casa?

Kayla le devolvió la sonrisa, aunque la suya no daba un aire tan educado.

—Sí. No me dijo que venías.

—Es que no le avisé —respondió Rebecca con honestidad—. He estado intentando comunicarme con él y no he podido. ¿Puedo pasar?

Kayla dudó apenas un segundo, lo suficiente como para que Rebecca lo notara, y luego asintió sin entusiasmo.

—Sí… pasa.

La condujo hasta la sala, amplia, luminosa y excesivamente ordenada, como si nadie viviera allí de verdad.

—Espera aquí —dijo Kayla—. Lo buscaré.

—Gracias.

Rebecca se quedó sola y soltó el aire que llevaba contenido. Se balanceó levemente sobre sus propios pies, observando el lugar. La casa era bonita, no había forma de negarlo. Demasiado bonita. De esas que aparecen en revistas de decoración.

El ambiente, sin embargo, se sentía espeso.

Sin pensarlo demasiado, caminó hasta la ventana que daba al jardín. Verde, amplio, perfectamente cuidado. Un jardín de verdad, no dos macetas con buena voluntad en un balcón. Qué lástima que Ian jamás hubiese querido una casa mientras estuvo con ella. Rebecca había insistido bastante en su momento, sobre todo cuando quedó embarazada de Chloe. Quería que sus hijos tuvieran espacio para correr, para ensuciarse, para ser niños. El departamento era grande, sí, pero necesitaban verde.

Nunca había logrado convencerlo. Pero, al parecer, Kayla sí.

Y no estaría mal si Harry y Chloe visitaran a su padre a menudo y pudieran disfrutar del jardín. Pero claro, eso implicaba que Ian quisiera verlos con frecuencia. Y eso, evidentemente, no sucedía.

—Rebecca.

La voz la hizo girarse. Ian estaba de pie en la entrada de la sala. Ella sonrió, sin exagerar. No tenía la energía ni el talento actoral para más. Pero sí lo suficiente como para empezar la conversación con el pie derecho y, con suerte, salir de allí con una firma.

—Ian, hola —saludó—. Siento haber venido sin avisar, pero necesito hablar contigo.

—Ven, pasa a mi oficina —dijo él con serenidad, como si no llevara cinco días consecutivos ignorando sus llamadas y mensajes.

Rebecca lo siguió. Entraron a una habitación minimalista, moderna… y, sin duda, costosa.

—Ahí tienes una silla —dijo Ian, señalando vagamente un rincón.

Genial. Cuánta cortesía.

No es que Rebecca no pudiera mover una silla por sí misma, claro que podía. Pero cualquier ser humano con un mínimo de empatía habría acercado la silla a la persona que acababa de llegar visiblemente sudada y cansada.

Rebecca caminó hasta el rincón, tomó la silla y la colocó frente al escritorio. Se sentó con cuidado, como si aquello fuera una reunión formal y no una conversación entre dos personas que habían compartido una vida… y dos hijos.

—¿Y bien? —preguntó él.

—Bueno… Harry y Chloe están bien —comenzó—. Están en casa de mi papá.

—¿Y qué necesitan esta vez?

Rebecca se obligó a respirar por dentro. Muy hondo. Mucho.

—Nada —dijo—. No te estaba llamando para pedirte dinero, ni comida, ni nada que desestabilice tu economía —añadió, y rio como si estuviera bromeando. Aunque no lo estaba—. Necesito que me firmes un permiso para sacar a Harry y Chloe del país, desde hoy hasta el domingo.

Sacó los papeles del bolso y se los extendió.

—Está todo perfectamente detallado —continuó—. No son muchos días, pero no puedo viajar si no los autorizas.

Ian tomó los documentos y los leyó con detenimiento exagerado. Arqueó una ceja.

—¿Portugal? —preguntó—. ¿Por qué te vas a Portugal?

Rebecca había pensado en mentir. En decir que se iba con Brooke y Samuel para la despedida de soltera o algo por el estilo. Pero no. Ian acabaría enterándose y ella no tenía ganas de sumar explicaciones innecesarias.

—Me invitaron a pasar el fin de semana allá —respondió— y como el médico me recomendó que me relaje, me pareció una buena idea aceptar.

—¿El médico? —preguntó Ian, mirándola con más atención.

—Sí —asintió Rebecca—. El sábado y el domingo terminé en urgencias por estrés. Tuve que dejar el trabajo en el bar. No quería, pero tampoco puedo permitirme estar mal. Tengo que cuidar de Harry y Chloe.




Reportar suscripción




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.