El sol castigaba el cielo como un hierro al rojo vivo. El aire transmitía un aroma a recuerdo, mezclado con el canturreo de las aves. Lyonnel caminaba hacia la tumba de su difunta esposa.
La vida había sido dura desde su partida. Ni todo el peso de los ejércitos del reino en sus hombros pesaba tanto como el vacío que esa tormentosa mujer había dejado con su marcha.
Lyonnel suspiró delante de la tumba, con los hombros rígidos y las manos convertidas en puños.
—¡Maldición!... Eras mi luz en esta vida. —Por su rostro una gota corrió como agua de río; la voz se le descrebajaba en pedazos—. No te perdonaré nunca que me dejaras.
Hacía catorce años de aquella trágica noche, aquella en la que no pudo estar presente y que, a día de hoy, le seguía persiguiendo cada madrugada, haciendo que cada vez que cerraba los ojos sintiera la culpa sobre sus hombros.
—Últimamente le he dado muchas vueltas y creo que va siendo hora de que nos volvamos a ver. La vida no se puede vivir sin propósito; los humanos no somos tan simples como para vivir como animales, dejando pasar los días. Todos necesitamos algo —Lyonnel suspiró, mirando al cielo—. Y ese algo mío eras tú.
Se puso en pie y dejó un ramo de flores como hacía siempre; eran unas flores blancas como la nieve, traídas desde la mismísima Snowland.
—Siempre fueron tus favoritas. Espero puedas disfrutar de su aroma alla donde estes.
De regreso a casa, atravesó la bulliciosa ciudad de Fallon. El metal golpeando con fuerza al ritmo de los armeros, el pescado fresco atrayendo a las moscas más curiosas, los niños correteando mientras jugaban a las espadas; dos comerciantes peleaban por los precios de los productos. Las calles seguían teniendo la misma alegría de siempre. ¿Cómo era posible que su vida se hubiera vuelto tan gris?
Al llegar a casa, dos guardias reales flanqueaban la entrada. En la sala principal lo esperaba un viejo conocido.
—Sr. Lyonnel, cuánto tiempo. Al parecer, la vida de pescador no os ha sentado tan bien como la de comandante del ejército real.
—Lord Atrix, veo que sigues teniendo la misma calva de siempre.
Atrix tenía un aspecto estirado, como la mayoría de los lores de la corona: ojos oscuros, estatura pequeña y ni rastro de pelo en todo su cuerpo.
—Por desgracia, mi familia nunca ha podido recuperar el cabello desde la maldición del SUPREMO SHAIZ, aunque sé de alguien que no podría recuperar la vida si come esto.
Lyonnel le lanzó una mirada cortante.
—¡No toques eso! —gritó—. No es de tu incumbencia.
—Setas Karnezis, originarias del oeste; debieron de costarle caras, señor. Sí que tienes razón —dijo con tono burlesco—. Lo que hagas con tu vida no me incumbe, pero los asuntos del reino sí; el rey está en cama.
Lyonnel levantó el mentón con mirada atenta. Por su cuerpo corrió un fugaz escalofrío.
—¿Qué le pasó a Darius?
—El virus ha empeorado, los boticarios ya no saben cómo ayudarlo y sus días pasan a ser un milagro de los TRES. Quiere hablar contigo hoy mismo. Los suicidios dramáticos tendrán que esperar.
Poco después, Lyonnel se dirigía al palacio real; si las calles de las afueras del reino le parecían una locura, la capital multiplicaba el ruido por diez. El caos era inmenso: mercados abarrotados, guardias de un lado a otro, el olor a alcohol y vino impregnado en las paredes, tabernas en cada esquina, casas de placer y locales de juego; justo lo que se podía esperar de la capital.
Había gentes de todos los reinos. Algunos poseían grandes casas de piedra; los más afortunados incluso gozaban de balcones al aire libre, mientras que otros solo tenían la calle como cama y los callejones como lavabos.
Al llegar al Palacio Real, notó el cambio. El silencio era casi sagrado, las sirvientas realizaban sus labores como los engranajes de un reloj, el ambiente olía a incienso pesado y la guardia patrullaba con armaduras tan perfectas que lo único que habían soportado era el peso del polvo.
«¿Tendrá alguna experiencia en combate esta gente?», pensó.
En la antecámara del rey, lo esperaba el Gran Boticario Real, Ridis exgobernante del oeste. Lyonnel lo recordaba algo diferente: se había dejado crecer la barba y ya no portaba su característica túnica blanca del oeste.
Hacía más de cincuenta años que servía como boticario a las órdenes del rey, algo curioso teniendo en cuenta que era el legítimo heredero de la Casa Plecer, aunque no se le veía como alguien ansioso por gobernar.
—Sr. Lyonnel, un placer verle—dijo Ridis con voz amable.
—Lord Ridis... —Lyonnel hizo una pequeña reverencia—. ¿Cómo se encuentra el rey? —preguntó.
Ridis vaciló antes de responder.
—Oh, mi señor, parece que los TRES lo han abandonado. Cuando la medicina no alcanza, solo queda rezar y esperar milagros.
—¿Ha visto algún milagro, mi lord?
—No, pero alguien debe de haber visto alguno; si no, no se hablaría de ellos.
Lyonnel irrumpió en la habitación. La estancia era preciosa: una cama gigantesca, totalmente innecesaria para una sola persona; frente a ella, un espejo tan grande que podías verte desde los pies hasta la cabeza de una sola mirada.
Las cortinas blancas cubrían un gran ventanal por el que entraban pequeños rayos del sol de primavera. Lyonnel la conocía muy bien; él mismo había traído todos los libros que se encontraban en el armario del fondo. El rey Darius era un viejo aficionado a los libros de estrategia y a las antiguas guerras de Eryndor.
—¡Mi rey! —se arrodilló, hincando la rodilla con firmeza en el suelo.
—Amigo mío —dijo Darius con tono sutil. Pensé que no volverías a venir a verme.
Lyonnel cerró los ojos por un momento y su respiración se hizo más profunda.
—Nunca quisiste hablarme de aquella noche en que murió.
Darius frunció el ceño.
—Parece que la muerte es implacable en estos tiempos, amigo mío; bueno, siempre lo ha sido. Probablemente sea lo único en este mundo que siga existiendo después de todos nosotros.