Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 2-El regreso.

¡Kikirikí! ¡Kikirikí!...

—¡Maldito gallo! Juro que algún día haré sopa con tus huesos.

Lyonnel se incorporó de la cama, arrastrando el peso de una noche en vela. El insomnio había sido implacable; su mente no había dejado de dar vueltas, atrapada en el bucle obsesivo de lo que había sucedido. Con paso lento, se dirigió a la cocina en busca de su café matutino. En la capital, aquella infusión se preparaba con unos granos selectos traídos del sur, una variedad que desprendía un aroma densamente especiado y dejaba en el paladar un poso amargo, casi hostil. Se sentó a la mesa y, en silencio, clavó la mirada en el cuadro que descansaba sobre la cómoda de enfrente: un retrato de Annie y él, congelados en los días luminosos de su plena juventud.

—Ya no soy esa persona... —dijo para sí mismo.

En el retrato, Lyonnel aún mantenía una barbilla marcada, el cabello largo y amarillento como el sol a mediodía, unos ojos despiertos color café y un espíritu casi impenetrable. Pero el espejo de al lado no mentía.

El reflejo que le devolvía mostraba un cabello canoso, con la piel surcada por las arrugas que asomaban en cada esquina de su rostro y cicatrices que funcionaban como recordatorio de cada día de guerra del pasado, las cuales prefería olvidar.

Junto a su costado tenía las setas Karnezis.

—¿Por qué yo? ¿Será esto mi destino o simplemente es como se deben desarrollar las cosas?

Se quedó un minuto en silencio hasta que alguien tocó a la puerta.

—Señor, su carruaje está listo —anunció el sirviente—. Ya puede emprender el viaje al palacio.

Lyonnel recogió sus pertenencias y se marchó sin mirar atrás. Ante él, se abría el abismo de una nueva vida.

En la sala de reuniones del palacio le esperaban los cuatro consejeros reales: Lord Atrix, encargado de las finanzas; Lord Darrel, comandante del ejército; Lord Janix, coordinador de logística y relaciones exteriores; y el Gran Boticario Ridis. Detrás, tres escribanas se disponían a tomar acta. Aunque algunos hombres dominaban el arte de la escritura, por lo general era una labor propia de mujeres.

—Mis lores —dijo Lyonnel sin preámbulos—, ¿alguno ha podido ver al niño?

—No, mi señor —respondio Atrix—. Artur es un niño bastante tímido; apenas se relaciona con las personas y sus más cercanos amigos son los libros.

Lyonnel asintió cob un gruñido.

—Luego iré a hablar con él. ¿Qué hacemos con la noticia de la muerte del rey?

—No creo que sea el momento, mi lord —dijo Janix con su tono de voz marcadamente sureño—. Anunciarlo ahora sería un error. Un príncipe desconocido podría desatar el caos. Las otras casas aún se mueven en la sombra. Si mostramos debilidad, atacarán.

Darell añadió con tono marcial.

—Las otras casas no moverán ficha. El oeste y el sur siguen en guerra; nadie expondría sus tierras. Pero si una casa controlase dos de los cuatro Ríos Madre, dominaría el comercio del veinticinco por ciento de Eryndor.

Lyonnel miró al Gran Boticario.

—¿Qué opina usted, Gran Ridis? —preguntó.

—La política nunca ha sido mi fuerte, señor. La incertidumbre cobra tantas vidas como la enfermedad.

Lyonnel se tomó unos segundos para pensar, cuando escuchó una voz a su espalda.

—La gente le tenía un gran cariño —exclamó una de las chicas que escribía.

Todos voltearon a verla. Tenía el rostro cubierto por una capucha verde, algo muy tradicional de la gente del este.

—El rey lo mantuvo alejado del reino todo lo que pudo —continuó ella—. El niño aún no está listo.

Janix frunció el ceño.

—¡Una escribana no tiene opinión en esta mesa!

—Ella tiene razón —lo cortó Lyonnel—. Darius me pidió que cuidara de él; no podemos exponerlo de esa manera. La noticia de la muerte del rey aún no se publicará; el consejo tomará el control de Crown City hasta que el rey pueda volver a sus funciones.

Los consejeros se miraron entre sí y, tras un tenso silencio, asintieron.

Pasadas unas horas, Lyonnel se vio envuelto en el laberinto de los intrincados pasillos reales en busca del joven Artur. Los corredores se cruzaban y retorcían entre sí como una caótica red de tuberías, decorados con obras de arte de todos los estilos y colores imaginables; un auténtico rompecabezas visual para un extraño como él. Sin embargo, cuando finalmente logró dar con los aposentos del muchacho, se encontró con que la estancia estaba vacía.

—Si busca al joven príncipe... —susurró una voz a su lado—, tendrá que pasar por la biblioteca.

Lyonnel dio un respingo, sorprendido por la repentina presencia.

—No se le ve muy ágil en estos caminos, mi señor. Puedo acompañarlo.

Era la escribana que había hablado en la reunión. Ahora, despojada de la capucha, revelaba unas facciones jóvenes y de una gracia sutil que el palacio no había logrado marchitar. Lyonnel apretó la mandíbula. No confiaba en ella, pero el tiempo apremiaba y el palacio seguía siendo un laberinto. Asintió a regañadientes y echaron a andar.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él, quebrando el silencio del pasillo.

—Mafalda Roc. Vengo de Elderholl.

—No conozco el apellido Roc— repuso el hombre, entornando los ojos.

—Soy una bastarda del este, mi señor. La reina solo pudo aguantar tres años mi presencia; luego me envió lo más lejos posible.

Lyonnel la observó de reojo. En el norte o en el sur, una bastarda real habría acabado en una fosa común, pero sabía que la gente del este era distinta; para ellos, derramar la sangre de un recién nacido atraía a los espíritus malignos. La superstición la había salvado.

—¿Dónde aprendiste a escribir?

—Al llegar a la capital, fui vendida como sirvienta al palacio. La reina Diana me crió casi como a una hija... o al menos hasta que se reveló lo de Artur.

Lyonnel se detuvo un instante, asimilando el golpe. Su voz se volvió más seca, casi un susurro:

—¿Recuerdas cómo fue el embarazo de la reina?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.