Kikirikí! ¡Kikirikí!...
Lyonnel abrió los ojos, pero el mundo ante él era solo un borrón confuso. La cabeza le latía con una violencia tal que parecía a punto de estallarle, y sentía los párpados pesados, inyectados en sangre. Había pasado la noche entera ahogando su dolor entre tragos y lágrimas. Al intentar ponerse en pie, la habitación dio un violento giro de trescientos sesenta grados; el equilibrio le falló y cayó a plomo contra el suelo. En ese instante, el estómago se le contrajo en una violenta ráfaga de náuseas y terminó devolviendo hasta la última gota de lo que había bebido la noche anterior.
Cuando logró recuperar un mínimo de compostura, la dura realidad lo golpeó: estaba en su casa o, más bien, en las ruinas de lo que solía ser. La había destrozado por completo. El suelo era un caos de platos hechos añicos y cristales rotos. Entre los escombros, el retrato de Annie destacaba con crueldad: el marco estaba destrozado y solo se conservaba la mitad de la foto donde aparecía ella. Lyonnel se cubrió el rostro con las manos y, clavando la mirada en el techo, se preguntó: «¿Qué he hecho?».
Con una urgencia desesperada, comenzó a buscar las setas por todos lados. Finalmente las encontró, escondidas entre la multitud de platos rotos.
—Le he fallado —bufó, con una melancolía que le desgarraba la voz—. Le he fallado a todos... No pude hacer nada. Tenía que haber hecho esto mucho antes.
Sin dudarlo un segundo, tomó las setas y se las tragó de un solo bocado. En un instante, el ruido de sus pensamientos se apagó y su mente se quedó completamente en blanco. Su cuerpo, ya sin fuerzas, se desplomó inerte contra el suelo.
Pasadas dos horas.
Se escuchaban los gritos de una chica afuera.
—¡Sr.! ¡Srrr... Lyonnel... Srrr! Voy a entrar. Espero no encontrarlo desnudo.
La joven irrumpió en la vivienda con paso desmesurado.
—¡Diablos, la tormenta de anoche pasó aquí dentro! Sr., despierte, no tenemos tiempo, despierte.
El hombre se incorporó como buenamente pudo. Todavía estaba mareado, pero ya recuperaba algo la conciencia.
—Ya estoy muerto —susurró.
Mafalda se plantó ante él, apoyó las manos en las caderas y lo contempló con una sonrisa traviesa.
—No, señor; para la gente creyente del este, morir es la recompensa de haber cumplido con todo el deber en la vida. Usted aún no tiene ese privilegio.
Lyonnel se llevó las manos a la cabeza e hizo el esfuerzo por recordar qué había pasado.
—No entiendo... comí setas Karnezis, debería estar muerto. Sentí cómo mi cabeza se puso en blanco y caí al suelo.
Mafalda lo miró ladeando la cabeza, pensativa, mientras se acariciaba el mentón con una mano.
—Ya no está para estos retos, mi señor. Cuatro botellas de alcohol de manzana del este... ni un vikingo de Snowland podría con esto. Me sorprende que siga vivo, la verdad.
—¡Pero las setas! —insistió Lyonnel, alzando la voz.
—Las Karnezis solo duran dos días después de arrancarlas del tallo; lo siento por su cartera, pero el comerciante que se las vendió debe de estar en alguna taberna ahora mismo, bebiendo en su honor. —La chica hizo una pausa, suavizando algo el tono—. O a lo mejor ayudó a alguna familia a salir de una situación difícil; piense en eso y se sentirá mejor. Lo que lo tumbó fue la resaca; los años no pasan en vano.
Lyonnel desvió la vista hacia sus manos temblorosas, incapaz de sostenerle la mirada a Mafalda. El aire parecía habérsele acabado en los pulmones.
—Se llevaron al niño —confesó arrepentido—. He fallado a la promesa que le hice a Darius.
Mafalda se inclinó hacia él, con los brazos cruzados.
—Lo sé, anoche escuché todo el jaleo, pero he de decirle, señor, aún no ha fallado del todo.
Lyonnel levantó la cabeza de golpe, con un destello de esperanza en los ojos, casi esperando que le dijera que todo se había resuelto.
—El príncipe aún no está muerto; el asesino dejó huellas en la habitación del rey. Creo que llevarse al niño fue un plan secundario.
Mafalda le dedicó una sonrisa cargada de un entusiasmo adorable.
—Si se rinde ahora, se arrepentirá por el resto de su vida.
—Soy un inútil, niña, no puedo pelear.
—¿Dónde quedó ese hombre que hizo temblar la capital hace veinte años? El Lyonnel que cuentan las historias era mucho más que esto.
La joven se puso en pie y le increpó con feroz determinación.
—No tendrá la fuerza de antes, y eso es un hecho que no va a cambiar, pero haber sido el decimosegundo Comandante de los Ejércitos de Eryndor es algo que tampoco va a cambiar.
Las palabras provocaron que cada fibra de su cuerpo se congelara. Hacía cuánto no lo llamaban por ese título.
—Si un inútil puede lograr todo eso—añadio la chica con ironía—, entonces yo puedo derrotar a los mismísimos TRES SUPREMOS.
Ambos se miraron dejando pasar la tensión y compartieron sonrisas.
—Ya tienes mejor cara, señor. Pongámonos en marcha.
El comandante se incorporó y miró con remordimiento todo el desastre que había causado. Aún tenía dudas, pero la imagen de Annie en el retrato parecía empujarlo hacia adelante. Buscó un viejo mapa de todo Eryndor que guardaba de su época como comandante.
—Los mercenarios suelen moverse por tierra. Hasta Brymorio hay unos tres o cuatro días a caballo.
—Caminos peligrosos para nosotros solos.
—No lo haremos; antes me has llamado Comandante de los Ejércitos de Eryndor. Todo buen comandante tiene a sus capitanes; es hora de ir a por ellos.
Lyonnel se giró y avanzó hacia un viejo baúl arrumbado en la esquina del cuarto. Abrió la pesada tapa, introdujo la mano en el fondo y extrajo una espada imponente, sujetándola con total despreocupación directamente por la hoja.
—¡Señor, tenga cuidado! —gritó Mafalda, alarmada por semejante temeridad—. Aún está borracho, se va a cortar una mano.
En respuesta, Lyonnel lanzó la espada hacia el techo. El arma giró en el aire reflejando la luz y, al caer, la empuñadura encajó a la perfección y con un golpe seco en la palma de su mano.