Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 4-En lo profundo del bosque.

A lo lejos, el vasto desierto se extendía como un mar de arena ardiente. El transportista tiró de las riendas, parándose en seco ante una desvencijada valla fronteriza que delimitaba el camino.

—Ya estamos en el límite de Brymorio —anunció el hombre sin mirarlos—. No puedo avanzar más; a los de mi oficio no nos quieren por estas tierras. —Gracias, señor —respondió la chica con voz serena—. Tome dos monedas de Liton por las molestias. —Que los Tres os acompañen, niña.

Alice bajó de la carreta cargando al hombro al pequeño Artur. El carruaje se alejó a toda prisa, dejando tras de sí una nube de polvo que el viento no tardó en devorar. El aire allí ya era denso, sofocante; los rayos del sol caían como flechas y el sudor les pegaba la ropa al cuerpo.

—Tuvimos suerte, niño. Gracias a ese hombre evitamos el bosque; ya casi estamos en casa.

Artur soltó un débil gruñido.

—Querrás decir tu casa —murmuró, con la voz quebrada por el cansancio.

Alice se arrodilló ante él y sacó una vasija de arcilla de su morral.

—Necesito que bebas. No quiero entregar un cadáver al llegar. Mírate, tienes la piel pálida y los ojos inyectados en sangre.

El niño aceptó el cuenco, pero tras llenarse la boca, escupió el agua directamente al suelo.

—¡Te dije que no quiero tu agua! —gritó—. ¡No me fío de ti!

Alice se quedó congelada. Por un instante, el mundo se detuvo y algo se rompió en su interior. Sus ojos se tiñeron de un rojo encendido y la mandíbula se le contrajo con tanta fuerza que sus dientes chasquearon. Cayó de rodillas ante el pequeño charco que la tierra sedienta ya empezaba a absorber. Rozando el fango con los labios, comenzó a lamer la humedad con una devoción frenética, mientras susurraba entre dientes una plegaria desesperada a Tláloc, el dios de la lluvia.

Artur la contemplaba boquiabierto, horrorizado. Para él, solo era un trago de agua desperdiciado; para ella, era un sacrilegio.

De repente, Alice levantó la cabeza con los labios temblando de furia. Desenvainó su daga y se lanzó contra él. El acero pasó a milímetros de la mejilla de Artur, cortando el aire antes de clavarse con un golpe seco en el poste de madera de la valla trasera.

—No tienes ni la menor idea de lo que has hecho, maldito crío —susurró ella, el rostro a centímetros del suyo—. Por todos los dioses, te mataría aquí mismo.

Alice le dio la espalda bruscamente, dejándose caer sobre sus rodillas. Artur no podía verle el rostro, pero escuchó el sonido de sus lágrimas impactando contra la tierra seca. Temblando por la adrenalina, el niño se llevó la mano a la mejilla, esperando tocar la sangre del roce de la daga. Sin embargo, no había nada. La fina línea roja de su rostro ya se estaba cerrando, borrada por una extraña aura roja.

Tras el estallido de furia, el silencio se instaló entre ellos, espeso y pesado como el aire del desierto. Caminaron durante horas dejando atrás la frontera de Brymorio. Artur avanzaba un paso por detrás, mirando de reojo a Alice; en su cabeza aún se repetía, en un bucle perturbador, la imagen de la chica desesperada por el agua derramada. El chico abrió la boca para decir algo, pero la lengua se le trabó y no fue capaz de articular palabra.

—No tienes que darle vueltas —cortó ella sin mirarlo, adivinando sus pensamientos—. No es de tu incumbencia conocer los problemas de mi gente.

Aunque el tono pretendía ser desapegado, el ceño fruncido y la rigidez de su espalda dejaban entrever una profunda herida abierta.

Artur bajó la mirada, pensativo. Su padre había sido un buen rey, un hombre justo que había mantenido la paz y la opulencia en la capital; pero contemplando la miseria que los rodeaba, el niño se preguntó por primera vez: ¿hasta qué punto conocía su padre los verdaderos problemas de los reinos exteriores? ¿O simplemente los ignoraba?

—Siento mucho lo de antes —susurró el pequeño, acelerando el paso para ponerse a su altura—. No quise ofender a tu pueblo. Ni a tus creencias.

Alice detuvo el paso a medias y volteó la cabeza. Al ver la honestidad en los ojos del niño, la dureza de sus facciones se suavizó, dejando asomar una chispa de empatía que intentó sepultar de inmediato.

—Eres mi prisionero, niño —le recordó con voz calmada—. No deberías ser tan amable con tu captora.

Los hombros de Artur se relajaron un poco. El miedo cerval que le había encogido el pecho desde el secuestro empezó a disiparse.

—No creo que seas una mala persona —insistió él—. Y no creo que capturar niños sea tu especialidad.

Alice cerró los ojos y soltó un suspiro cansado. El crío era demasiado observador. Había notado cómo ella, a pesar de las amenazas, se aseguraba de que estuviera bien abrigado durante las gélidas noches del camino; un gesto de piedad impensable para los despiadados asesinos de errantes del bajo mundo.

—Aún eres un ingenuo —bufó la cazadora, reanudando la marcha—. Pero a lo mejor esa ingenuidad te ayude a sobrevivir en el futuro. Hacen falta ojos que miren este mundo podrido con una perspectiva diferente.

Mientras caminaban, la túnica de Alice se descolocó levemente debido al viento. Artur se quedó fijamente mirando su hombro descubierto: sobre la piel curtida, destacaban unas cicatrices rituales que formaban una figura geométrica perfecta. Una pequeña pirámide escalonada.




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