¡Beee, beee, beee…!
—Ya, tranquilo, maldito seas, chivo de los demonios —bufó un joven Lyonnel.
—No sabía que hablabas con los animales —dijo una voz femenina a sus espaldas.
Lyonnel se volteó para mirar. Por la puerta se asomaba una chica joven; su cabellera suelta le rozaba los hombros y tenía una mirada tan dulce como el aroma de la primavera. Se acercaba con un andar descuidado y tranquilo.
—Veo que el capitán Holl te volvió a dejar cuidando la granja en vez de llevarte al combate. ¿Qué pasó esta vez?
Lyonnel infló las mejillas.
—Annie, no sabía que estabas acá. Holl me odia; sabe que algún día le quitaré el puesto como comandante.
Annie soltó una sonora carcajada.
—Criando chivos, dudo que puedas hacer mucho —exclamó la chica.
Lyonnel se llevó la mano a la espada que portaba en la cintura.
—¡Es que lo siguen porque tiene a Tormenta! —gritó el joven, hinchando el pecho—. ¡Una espada legendaria que se ha traspasado por generaciones! ¡Nadie puede ganarle con eso!
—¿En serio crees eso? ¿Crees que un capitán puede comandar toda una orden solo por el peso del arma que porta en sus manos?
El chico se encogió de hombros y se subió a una caja que tenía al lado.
—La fuerza lo es todo en el campo de batalla —dijo, poniéndose rojo de la emoción—. ¡Si no tienes el arma más fuerte, mejor ni aparezcas! ¡Los débiles no duran ni un segundo!
Annie arqueó una ceja, claramente divertida y sorprendida por el repentino fuego en los ojos del muchacho.
—Me parece bien. Toma tu espada; yo usaré esta escoba.
Annie tomó la escoba que estaba apoyada a su lado y se puso en guardia.
—Adelante, soldado. Tienes tu espada, así que deberías tener ventaja.
Lyonnel abrió los ojos de par en par; la chica mantenía una postura impecable, sin fisuras, digna del más noble de los caballeros.
—Té… te voy a lastimar si te ataco —advirtió Lyonnel, mascullando las palabras.
Annie soltó un bufido divertido y levantó el mentón.
—No podrás ni tocarme. Las chicas somos más aventajadas que ustedes, los hombres, en casi todo… menos en lo de ser tercos.
Lyonnel frunció el ceño, picado por el comentario.
—Tú lo pediste.
Se puso en guardia y, aunque manteniendo cierta cautela, lanzó una estocada hacia la joven. Esta, con un sutil movimiento, logró desviar el golpe, dejando a Lyonnel sin equilibrio; acto seguido, usó su pie derecho para trabar la pierna del chico, haciendo que este cayera de manera torpe al suelo.
—¿Qué decías, jovencito? —preguntó Annie—. Eso fue más fácil de lo que pensé.
Lyonnel se levantó del suelo completamente colorado mientras se sacudía la tierra del pantalón.
—¡Eso no vale! ¡Usaste los pies! ¡Eso es trampa! —protestó, bufando como un toro.
—A Holl no lo siguen porque tenga una gran espada; todos confían en él.
Annie señaló la pared derecha de la pequeña granja.
—¿Ves ese grupo de hormigas que suben por ahí?
Lyonnel siguió la dirección de su dedo y vio a un pequeño grupo de hormigas que cargaba una hoja por la pared.
—¿Crees que solas podrían transportar esa hoja?
Lyonnel dudó.
—Confían las unas en las otras —continuó Annie—. No aguantan el peso por sí solas, sino gracias a sus compañeras. Cuando inspires un poco de esa confianza, podrás llegar a ser capitán.
Annie alzó la escoba que aún mantenía en su mano y le dio un pequeño y cariñoso golpe en la cabeza al chico.
Lyonnel parpadeó, asimilando el golpe y, sobre todo, las palabras de la chica.
Al abrir los ojos, se topó con un lugar oscuro; la única luz en el ambiente provenía de la gran fogata que preparaban los salvajes. ¿Qué había sido eso? Un sueño.
—Por fin despiertas —dijo Max—. Nos han capturado y parece que esta noche seremos su humilde cena.
El grupo se encontraba rodeado de salvajes en todas direcciones. La gran hoguera del centro ardía más con cada trozo de leña que recibía.
—Esa del fondo no tiene intención de comer —observó Eli—. Antes han arrojado una especie de aroma de flores del este a la hoguera. Lo más probable es que sea magia oscura.
—Los salvajes no usan ese tipo de cosas —afirmó Max, sorprendido.
La mujer continuó lanzando polvos al centro del fuego, acompañada por un ritual que musitaban algunos salvajes a su lado.
—¡Los salvajes no! Pero esa mujer encapuchada del fondo… ella puede que sí.
—Señor de la muerte, atiende a mi llamada. Ilumina el camino de la perdición y compadécete de estas almas que se niegan a abrazar la muerte. Hoy te entrego tres almas pecadoras; complácenos con un solo día más de nuestras miserables vidas.
La mujer se acercó hacia el grupo, quitándose la capucha y dejando ver su rostro: una cara blanca, sin ojos ni nariz, dotada solo de una boca aterradora repleta de colmillos.