Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 6 -Amor.

Los primeros rayos de sol de la mañana golpeaban el rostro de una Mafalda totalmente exhausta tras su primera experiencia en combate. Miraba el cielo azul del amanecer, que no guardaba relación alguna con lo oscura y terrorífica que había sido la noche anterior. En el fondo de sus oídos aún persistía un leve y molesto zumbido.

—Por fin despiertas, niña —dijo Grinx—. Con suerte pude apartar algo del desayuno. Después de una batalla, estos animales comen como bestias.

Grinx se encontraba sentado a su lado, sosteniendo un plato de sopa de cerdo entre las manos.

—Es lo que tenían los salvajes en sus provisiones; no está muy buena, pero es comestible.

Mafalda se incorporó a medias y tomó el tazón con ambas manos. De repente, un dolor punzante le recorrió todo el cuerpo, haciéndola sisear.

—Con calma, pequeña. Todavía estás débil por lo de anoche. Necesitas descansar.

Mafalda miró el tazón de sopa: era poco más que agua turbia con piel de cerdo; algunos pelos flotaban y se movían perezosamente de un lado a otro, y el olor recordaba irremediablemente al de las alcantarillas que recorrían Crown City. A la chica se le revolvió el estómago y tuvo una pequeña arcada.

—¿En serio esto es comestible? ¿O es que ya te quieres deshacer de mí definitivamente?

Grinx la miró con las facciones tensas y la mirada fija.

—¿No piensas perdonarme ni una? —preguntó—. Tienes el corazón de hielo, por lo que veo.

Mafalda le devolvió una fugaz sonrisa, divertida por su indignación.

—Un poco, sí.

—Ya veo. Yo vengo del Norte, donde todos tienen el corazón frío; la solución para eso siempre es una sonrisa calurosa.

Grinx intentó sonreírle a la joven lo mejor que pudo, aunque el resultado lograba el efecto totalmente contrario; su gran barba desaliñada y las profundas cicatrices de su piel no ayudaban demasiado. Mafalda parpadeó varias veces con la boca entreabierta, procesando la mueca del norteño. De pronto, soltó una carcajada limpia que la obligó a llevarse la mano a la tripa, todavía dolorida por los golpes.

—Veo que al menos sabes reírte. —Grinx suavizó el tono y colocó una mano enorme y pesada sobre el hombro de la chica—. Gracias por lo de anoche. Si no me hubieras detenido, a lo mejor hoy no estaríamos aquí contándolo. Tomaste una buena decisión.

Las mejillas de Mafalda se sonrojaron por un instante. Bajó la cabeza hacia el desastroso plato de sopa y observó su propio reflejo distorsionado en el caldo.

—Es bueno tener compañeros como ustedes… Ojalá pudiéramos estar siempre juntos.

Grinx guardó silencio. Aunque la chica había demostrado ser muy valiente, no dejaba de ser una niña y aún conservaba esa hermosa ingenuidad. Unos sentimientos que él sabía muy bien, por dolorosa experiencia propia, que el mundo tarde o temprano terminaría rompiendo en pedazos.

Mientras Mafalda terminaba su sopa con resignación, unos metros más adelante, al calor de la cazuela que burbujeaba sobre el fuego, Eli se encontraba inspeccionando al guardia. No lograba entender dónde escondía lo que lo hacía brillar la noche anterior.

—Eli, basta, el pobre hombre va a pensar que estás loca —la reprendió Max—. Aunque, bueno, algo de razón no le faltaría, la verdad.

Grinx y Mafalda se acercaron a ellos, atraídos por la curiosidad.

—¿Qué estáis haciendo? —preguntó Mafalda, asomándose.

Max chirrió los dientes, un tanto avergonzado.

—Eli lleva toda la mañana intentando averiguar cómo este buen hombre logra iluminarse. Dice que es un truco de magia.

—Son luciérnagas —sentenció Grinx con desdén—. Ayer vi cómo las recolectaba y se las guardaba dentro del abrigo. Es un farsante.

Eli dio un pequeño salto de entusiasmo, entornando los ojos.

—¡Ja, lo sabía! Nunca había visto a alguien brillar así, pero… ¿Cómo pudiste capturar tantas? —preguntó ella con una ingenuidad abrumadora.

Todos rompieron a reír, llevándose las manos a la cabeza y mirándose entre sí ante la ocurrencia.

—Me llamo Khalit Marwa —intervino el guerrero, esbozando una leve sonrisa ante el debate.

A Max el apellido le resonó de inmediato. Marwa era un nombre famoso en Eryndor; significaba “hijo nacido de la pequeña piedra”. Los libros de historia contaban que la suya fue la primera familia en construir con piedra en Brymorio.

—Y no son luciérnagas, señorita —continuó Khalit—. Es el brillo de los Ascendidos del Sol.

El hombre se desabotonó el abrigo. En mitad de su pecho, incrustada directamente en la piel, apareció una pequeña piedra dorada. Era del tamaño del puño cerrado de un niño, y palpitaba con el mismo color cálido de los rayos de luz de la mañana. Todos se quedaron mudos, con el rostro torcido por la sorpresa. Eli se aproximó un poco más para observarla de cerca, sintiendo un leve ardor en los ojos de solo mirarla.

Max se llevó la mano al mentón, buscando en sus recuerdos.

—He escuchado hablar de los Ascendidos… Pensaba que eran solo un mito, guerreros que subían al sol o algo así.




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