«Tienes diez días para que acabemos con ella»
Darrel despertó de sopetón. No había podido conciliar el sueño en toda la fría noche; su cabeza no paraba de darle vueltas. ¿Qué está sucediendo?, pensó. Tengo poco tiempo; debo pasar a la ofensiva antes de que sea tarde.
Se colocó frente al gran espejo de su habitación. Lucía su espléndida armadura plateada que lo identificaba como comandante de los ejércitos reales. Aún era algo joven para ese puesto, pero los tiempos de paz hicieron que muchos caballeros buscarán una vida de familia, por lo que la responsabilidad había acabado recayendo en él.
Caminaba por los pasillos del reino en dirección a la sala de reuniones, cuando una intrépida chica con gesto amable se cruzó en su camino.
—Mi Lord, buenos días. Soy Erika, la nueva escribana de reuniones. Es mi primer día ejerciendo, por lo que no sé muy bien cómo manejarme en estos pasillos.
Darrel la miró con rostro inquisitivo. Portaba el característico atuendo de las escribanas, un conjunto de cuerpo entero con capucha, pero en su caso está cubría bastante más su rostro, dejando ver solo parte de sus labios; además, el acento no parecía muy de la capital.
—¿De dónde eres, joven? —preguntó—. No me suena haber oído de ninguna escribana recién graduada de la iglesia que sea extranjera.
—Soy de aquí, Lord. Mi familia proviene de lejos, pero me he criado toda la vida en esta ciudad.
Darrel frunció el ceño luego de ese comentario.
—Ya veo. Antiguamente, los sacerdotes no aceptaban aprendices de otros reinos, ya que sus creencias son diferentes; parece que el mundo está cambiando.
La chica llevó sus brazos a la espalda baja y soltó una leve risita.
—Los cambios son buenos, mi Lord. Si las cosas no cambian, se duermen y rara vez despiertan.
Darrel se quedó mirando a la joven y, sin saber bien por qué, esas palabras hicieron que los poros de su piel sintieran un breve escalofrío. Últimamente, estoy muy paranoico, pensó.
—Esta noche está programado que llegue un barco del norte con vastas cantidades de alcohol. ¿Quisiera que lo reciba yo? Si no es mucha molestia, mi Lord.
Darrel parpadeó varias veces. ¿Cómo sabe eso?
—No hace falta, iré yo mismo en persona. Últimamente, ha llegado mucho alcohol del norte; la caña de azúcar no se da en climas fríos.
La misteriosa chica soltó un gruñido.
—Dicen las malas lenguas que todo su alcohol proviene del este, y que ellos solo se encargan de la fermentación y la destilación.
El comandante frunció el ceño con fuerza mientras se llevaba la mano al mentón.
—¿No sabía que en la iglesia dieran clases de comercio del reino?
—Eso no lo aprendí en clase, mi Lord —dijo ella mientras entraban en la sala de reuniones, donde esperaban Lord Janix y Lord Atrix junto con las otras dos escribanas de reuniones, a las que ella se unió.
La sala tenía un ambiente tenso; realmente todos los días desde la muerte del rey y la desaparición posterior del príncipe se respiraba ese ambiente.
—¿Alguna noticia de Lyonnel? —preguntó Darrel—. Ya son cuatro días sin ningún mensaje suyo.
—Me temo que no, mi Lord —contestó Atrix—. Los caminos más allá del reino son, por así decirlo, complicados.
Janix arrastró su silla hacia delante, provocando un ruido bastante molesto. Colocó sus manos en el borde de la mesa mientras levantaba una ceja.
—Va siendo hora de que pensemos en una decisión —objetó—. Mis mensajeros me comentan que empieza a haber rumores en todos lados de que su enfermedad empeoró.
Darrel le devolvió el ruido con su silla y golpeó con fuerza la mesa.
—¡Tenemos un príncipe aún! Hasta donde sé, no se ha confirmado que haya perecido. No se tomarán decisiones hasta entonces.
Janix bufó mientras cruzaba las piernas y levantaba la cabeza con indiferencia.
—Muy honorable de tu parte, Darrel —añadió Atrix—. Pero la incertidumbre es el primero de muchos enemigos; luego viene el miedo y todo desemboca en el caos.
—Del pueblo me encargo yo. Esta tarde haremos un desfile real por la ciudad; solo se hacen cuando el rey lo ordena. Nos dará algo de tiempo.
La sala se quedó unos segundos en silencio. La tensión se podía sentir en las miradas.
—La mentira tiene patas cortas, mi honorable Lord —murmuró Janix—. El trono nunca ha pertenecido a ninguna familia. La elección de Darius fue entre todos; ¿por qué no llevar a cabo una nueva elección?
Todos miraron a Darrel con rostros ambiciosos, esperando una respuesta.
—Esta vez es diferente; todos querrán el trono, llevando a todo Eryndor a una guerra para que, cuando termine, solo haya casas vacías que gobernar.
Darrel se puso en pie y señaló uno a uno a los presentes en la sala.
—Además, aún tenemos un rey; espero que nadie lo haya olvidado.
Todos en la habitación guardaron silencio; sus miradas eran tensas, con un toque de desagrado.