Calor.
Esa era la palabra que mejor podría describir el lugar. Alice y Artur se movían a lomos de un camello, de camino a los aposentos del faraón. Las personas a su alrededor corrían de un lado a otro portando ropas muy ligeras; algo que para alguien de la capital podría considerarse un poco atrevido, pero que, viendo el clima, resultaba lo más lógico.
La ciudad era lo más distinto que Artur había conocido a su corta edad. Zurima era la gran capital de Brymorio y se dividía en tres distritos alrededor de la gran pirámide, hogar del faraón, y del templo Karnah, hogar de sacerdotes, sirvientes y guerreros ascendidos. El primer anillo de la ciudad estaba compuesto por humildes casas de adobe, casi compactas las unas con las otras; un método antiguo de construcción, poco eficiente en cualquier otra ciudad, pero que en Zurima cumplía con su cometido, ya que la lluvia escaseaba. El segundo anillo era de casas de piedra, un poco más sofisticadas, donde el comercio ya afloraba. Eran viviendas con diminutos balcones y un constante olor a incienso barato. El tercer anillo contaba con la pirámide y todos los templos de la ciudad, el lugar de la gente con buen estatus dentro del reino. Allí los hogares eran más lujosos, los aromas refinados y las columnas se alzaban como obras de arte talladas por los más habilidosos trabajadores de la piedra.
Artur encontraba curiosas a todas aquellas personas que portaban marcas similares a la de Alice en el hombro, aunque no se atrevía a preguntar directamente.
—¡Si no llueve nunca! ¿Cómo se mantiene la vegetación? —preguntó finalmente, frunciendo el ceño.
Alice lo miró y resopló.
—¿Es lo mejor que se te ocurre?
El chico se puso colorado como un tomate y se rascó un poco la nuca.
—La verdad es que sonó un poco tonto —admitió con algo de vergüenza—. No se ve ninguna planta por aquí. —Guardó silencio unos segundos antes de insistir—: ¡En verdad quiero saber qué son esas marcas!
Alice se tomó unos instantes al escuchar la pregunta. No porque la tomara por sorpresa, sino porque era justo lo que esperaba.
—Es la posición de cada individuo dentro del reino, dependiendo de su capacidad y utilidad para con este.
Artur entrecerró los ojos, no por desconfianza, sino por pura curiosidad. Inclinó la cabeza hacia delante, estudiando a un hombre que cumplía sus labores en un mercado de pan.
—¿Entonces sois todos esclavos? —Su voz salió más baja, más atenta. Estaba realmente intrigado.
—No exactamente. La marca solo define la cantidad de agua a la que podemos acceder.
Al escuchar esas palabras, Artur recordó la escena anterior con la vasija de agua. La temperatura de su cuerpo se elevó y no pudo sentir más rabia en su interior; a pesar de haber pasado tanto tiempo leyendo, no tenía ni idea de cómo funcionaba el mundo, pues solo sabía de cuentos de hace más de mil años.
—Como podrás ver, el agua no es un recurso que abunde por esta zona desde la muerte del anterior faraón, Ridis, y el ascenso de su hermano al trono. Este tomó algunas medidas.
Artur notó cómo todo a su alrededor estaba completamente cubierto por el polvo y la arena. Sin duda, la lluvia era bastante nula.
—El agua solo se puede conseguir de tres formas acá en el oeste —continuó ella—. Una es de la lluvia, pero hace tiempo que el dios Tlaloc nos abandonó.
Unos niños se acercaron pidiendo algo de agua, pero Alice se los quitó de encima rápidamente con un movimiento.
—La segunda es la desalinización del agua de mar, algo que solo pueden realizar algunos sacerdotes.
Artur levantó las cejas, sorprendido. Había leído sobre esto. Los sacerdotes tenían que calentar el agua hasta que se evaporara y luego enfriarla, un proceso trabajoso que contaba con un límite claro: la energía de los sacerdotes no era infinita y no podían calentar y enfriar constantemente.
—Y la tercera —la chica tragó saliva antes de continuar— es la Gran Reserva de Anubis. Está bajo tierra y, mediante acueductos subterráneos, transporta el agua a todo el reino.
—Suena interesante. El tercer método es como los pozos y reservas de agua de Crown City —dijo el chico.
Alice notó el entusiasmo en su voz. Se le veía algo más relajado y hablador; lo que más llenaba al chico era el conocimiento.
—Hay algunas diferencias: su agua proviene de la lluvia; acá el agua es fósil.
El niño parpadeó, sorprendido y boquiabierto.
—¡Fósil! ¿Eso qué significa?
La muchacha se cruzó de brazos y dejó ver una breve sonrisa. Sabía que preguntaría eso.
—Agua que estuvo estancada mucho antes de que nosotros existiéramos, lo que significa que no es infinita y, a medida que pasan los años, empieza a escasear. Por eso portáis esa marca en el hombro, porque cuanto más útiles seáis al reino, más agua os merecéis.
De pronto, Alice cambió radicalmente la voz a un tono más grave.
—Esa fue la idea en un principio; con el paso del tiempo se ha ido diluyendo y hoy en día solo las personas allegadas al faraón disfrutan de cierta comodidad.
Los ciudadanos a su alrededor se veían abandonados, débiles y sin energía. Como siempre, las restricciones a los más desfavorecidos eran extremadamente duras, al punto de hacerlos morir de sed.