Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 9-Familia.

—¿Por qué tenemos que cargar todas estas cajas? —preguntó una comerciante que trabajaba junto a su compañero a la orilla del río.

Eran un par de hombres bajitos, con ropas comunes, que portaban el logo de algún comerciante mayor de los ríos.

—El capitán nos peleará si no tenemos todo listo para la salida del sol —respondió su compañero.

—Que se joda el capitán, seguro está ahora con sus putas y bebiendo vino.

Ambos soltaron algunas carcajadas.

—¿Tienes envidia?

—Obvio, solo he podido estar con mujeres feas y beber la bazofia de vino de la capital; esa gente debe tener la lengua destruida de beber tanta porquería…

El hombre no pudo terminar la frase.

—Tú sí que vas a perder la lengua si sigues hablando.

Grinx tenía al hombre atrapado con una mano en el cuello y la otra apuntándole con un cuchillo en la espalda. Lyonnel hacía lo mismo con su compañero. La oscuridad de la noche les había permitido infiltrarse sin haber sido vistos.

—¿Para quién trabajáis? —preguntó Lyonnel, incorporándose por detrás.

—Somos simples comerciantes de los ríos, trabajamos para nuestro capitán, no nos matéis, no os haremos nada.

Grinx gruñó.

—Eso ya lo decidiremos nosotros, si hacéis lo que os decimos.

Ambos comerciantes subieron al barco en busca de su capitán. El barco era pequeño, lo necesario para moverse con facilidad entre los desafiantes ríos y los obstáculos que podías encontrar en estos. Grinx y Lyonnel se escondían detrás de unos barriles de vino al costado del camarote donde se encontraba el capitán. Uno de los hombres tocó a la puerta y llamó.

De la habitación salió un hombre gordo, sin camisa y con los pantalones algo bajados, con una barba desarreglada que le cubría todo el cuello y estaba mojada de la bebida.

—¿Qué diablos queréis? Os dije que no me molestaseis hasta por la mañana.

Ambos comerciantes dieron un pequeño saltito por el grito.

—Es que no podemos con una caja —dijo uno de los comerciantes, llevando un brazo a su nuca, mientras el otro miraba al cielo haciéndose el despistado.

—¡Seréis imbéciles!

El capitán caminó hacia ellos cuando por su espalda aparecieron Lyonnel y Grinx. Seguidos por detrás de los comerciantes, aparecieron Max y Khalit.

—¿Ladrones? —preguntó el capitán—. No tengo mucho más que vino y algunas mujeres; no sois muy buenos escogiendo a sus presas.

—No es dinero lo que buscamos —dijo Lyonnel—. No queremos haceros daño.

El capitán resopló fuertemente.

—Me lo dices con un cuchillo en mi espalda.

—Necesitamos un barco para llegar a Brymorio —dijo Grinx—. Si colaboras con nosotros, podemos pagarte bien.

—¿Y si no colaboro?

Lyonnel y Grinx se miraron el uno al otro sin saber muy bien qué decir.

—No sois peligrosos —dijo el capitán—. Ese de la izquierda es un Ascendido; conozco su símbolo, he negociado con alguno de vosotros en Brymorio. ¿Qué hacen soldados de su talla por estas zonas?

Khalit trató de disimular un poco el símbolo con su ropa.

—Necesitamos llegar a mi pueblo en Brymorio —dijo—. La frontera está protegida por guardias del faraón. Entrar en barco es nuestra única opción. Ayúdenos y se lo recompensaremos bien.

El capitán guardó silencio unos segundos.

—Os ayudaré, pero pasar el control de la puerta principal de Brymorio es complicado; los guardias revisan cada rincón del barco, no tendréis dónde esconderos. Siendo solo cuatro, tal vez algo podamos hacer.

Cuando el capitán terminó de hablar, detrás de la oscuridad de unas cajas aparecieron Mafalda, Eli y Jany. El capitán se llevó la mano a la cabeza y esbozó un pequeño suspiro.

—No te preocupes —dijo Lyonnel—. Si nos descubren, nos haremos cargo nosotros, no os pondremos en peligro, os lo prometo.

—Entraremos de madrugada. A esa hora solo vigilan dos guardias. Esconderos en esos barriles de allá; son de vino terminado, no suelen revisarlos.

En la entrada principal se alzaban dos estatuas gigantescas de piedra, de unos quince metros de altura. Eran dos faraones sentados con sus manos en su regazo y sus imperiales coronas; rendían honor a Cosme I y Rasme II, creadores de la pirámide de Zurima.

Dos jóvenes guardias vigilaban la entrada, como bien había dicho el capitán. Se encontraban en una pequeña casita al costado del río; ambos se sobresaltaron al ver una barca acercarse a esa hora. Por lo general, los mercados de la ciudad abrían con la llegada del sol. Uno de los guardias levantó su mano ordenando el paro del barco.

—¿A dónde os dirigís? —preguntó.

—A Meni, al norte de Brymorio. Llevamos algo de vino.

—Revisaremos ese cargamento.

Uno de los guardias subió a la barca; era un chico joven de mediana estatura, portaba la ropa típica del oeste: túnicas blancas y botas hasta las rodillas. Caminó por todo el camarote mirando en cada pequeño rincón; entró en la habitación del capitán y solo encontró lo mismo que en todos los barcos: bebida y mujeres en su cama.




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