Un joven Lyonnel corría desesperado por los campamentos de guerra. Esa noche caía una gran tormenta, lo que hacía que el camino de tierra fuera un barro difícil de atravesar. Era la tercera vez que llegaba tarde esta semana a reportar sus informes; sabía que el comandante esta vez lo castigaría. Sus compañeros lo veían pasar a toda prisa desde el refugio de sus carpas y algunos vitoreaban al pobre chico. Holl no era alguien a quien pudieras torear con una simple excusa, a pesar de que esa noche la lluvia era más intensa que en cualquier otra noche.
Lyonnel llegó al campamento principal. Entró casi rodando por la puerta y terminó de rodillas en la entrada. Holl y su hija Annie se le quedaron mirando, sorprendidos por la repentina y vistosa entrada. El chico tenía todo el cabello empapado, cubriéndole la frente, y su ropa llena del barro que había ido acumulando por el camino.
—¡Vengo a entregar mi informe! —gritó a toda prisa mientras se ponía en pie y limpiaba algo su ropa.
Annie se tapó la boca con la mano, pero las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba. Holl, en cambio, lo atravesó con la mirada, sin parpadear.
El campamento se sentía cálido gracias a los pequeños candelabros de las esquinas. En el centro había un gran mapa de todo Erymdor y la posición de los ejércitos de la oposición. Ellos se encontraban al sureste de la capital; era la quinta noche que pasaban ahí fuera.
—Llegas tarde —sentenció Holl. Su voz, grave y rotunda, imponía un respeto que el barro no podía manchar.
El hombre era alto, robusto; imponía respeto aun cuando su rostro se veía amable.
—Si llegas tarde cuando tus hombres estén en combate, solo encontrarás cadáveres.
—¡Lo siento mucho, comandante! —gritó mientras hacía una pequeña reverencia y no paraba de gotear y mojar todo el suelo.
Annie se le acercó y con unos trapos le secó un poco su cabellera, mientras tomaba los informes.
—El mensaje llegó esta tarde, fue recogido por los guardias de la torre y llevado al piso más alto —leyó la chica.
El joven dejó el trapo y retomó su postura.
—Fue justo como usted dedujo, capitán. En la torre se debe encontrar algún mago oscuro; le deben haber enviado los planes de los futuros ataques.
Holl frunció el ceño. La noticia era crítica.
—Si lo que viste es correcto, debemos atacar esta noche —dijo mientras tomaba algo de alcohol de su copa—. No debemos perder más tiempo; esta guerra está llegando a su fin.
Holl se puso en pie y caminó hacia el mojado chico. Colocó sus manos en los hombros del joven.
—Buen trabajo, hijo. Pero que sea la última vez que llegas tarde.
Lyonnell clavó la vista en el suelo embarrado y soltó un bufido corto, apretando los puños a los costados.
—Reúnete con el loco del norte y dad de comer a los caballos; os avisaremos cuando la operación comience.
La decepción se borró del rostro de Lyonnel en un segundo. Sus ojos se abrieron más y una sonrisa enorme le iluminó la cara. Era la primera vez; por lo general, se la pasaba castigado y solo le ordenaban misiones de vigilancia.
—¡Sí, comandante! —gritó antes de salir corriendo hacia la zona de los caballos.
Holl retomó su vuelta a su silla para seguir disfrutando de su trago y el olor a lluvia que tenía la noche. No lo había planeado, pero el clima le ayudaría en el asalto que planeaba llevar a cabo. Parecía que los Tres se habían puesto de su lado.
—¿Por qué eres tan duro con él? —preguntó Annie desde su silla—. Se esfuerza mucho por cumplir sus tareas.
—No es solo con él —respondió este mientras daba un sorbo a su copa—. Necesito que mis hombres sean fuertes; la guerra está en un punto crucial, cada batalla importa.
Annie tensó los labios y desvió la mirada hacia el mapa.
—Entonces, ¿por qué atacar esta misma noche? Los magos ya no tienen muchas más fichas que mover; solo les queda refugiarse en la capital y defenderse de un ataque de todas nuestras fuerzas.
Holl gruñó al escuchar la reprimenda de Annie. Sus palabras llevaban razón, aunque le costara admitirlo.
—No tengo tiempo —dijo este mientras tocaba su costilla.
Un escalofrío recorrió la espalda de Annie. Se abrazó los brazos con fuerza mientras observaba el gesto endurecido de su padre.
—¿Sigue empeorando? —preguntó.
—Elia me ha dicho que no tiene cura, es un veneno que infecta poco a poco a los órganos. Me recomendó alejarme de la batalla y hacer reposo junto con un tratamiento; eso me permitiría retrasar el avance del virus.
Annie se levantó bruscamente de un salto. Y como una tormenta comenzó a rugir.
—¿Y qué por qué aún sigues aquí? —gritó enfadada, dejando caer la silla donde estaba sentada.
—Soy el comandante del ejército, ¿dónde quieres que esté? —gritó Holl aún más enfadado—. Cada vez me peleas igual que tu madre, maldición.
Annie volvió a sentarse. Tenía la cara roja de la vergüenza; nunca le había gritado así a su padre.