Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 11-Preparativos.

FIESTA. Era la mejor palabra que podía describir lo que serían los próximos dos días en la capital Zurima. Los preparativos para la celebración de la Fiesta de Opet habían comenzado; no había tiempo para lamentos o penurias. Era la festividad de Opet, padre y creador del mundo en la cultura brymoriana. La ciudad se decoraba en cada esquina con las más coloridas flores y hojas de palmera; las telas de colores adornaban las paredes de las casas; la música era constante día y noche: arpas, flautas, tambores y sistros (uno de los instrumentos metálicos sagrados de todo el oeste). Las mujeres bailaban al ritmo de la música con túnicas exóticas, ejecutando danzas religiosas en honor a los dioses. Por la noche, la ciudad se llenaba de antorchas y lámparas de aceite que iluminaban casas y templos a kilómetros de distancia. El olor a pan recién hecho y a cerveza se apoderaba del lugar, aunque los fuertes aromas de los inciensos le hacían competencia.

Dentro del anillo principal se vivía una celebración algo similar, pero no igual. El faraón disfrutaba de enormes banquetes junto a las personas más poderosas del reino. Había bailarinas privadas y los asistentes portaban aceites perfumados, de los más refinados que se podían encontrar. Aunque la fiesta era principalmente para honrar al dios, esta se basaba en una gran procesión desde el principio de la ciudad hasta la gran pirámide. La gente cargaba con ofrendas y todo tipo de presentes para entregar a su faraón, ya que este era el mensajero de los dioses en la tierra.

El olor a celebración se coló por una pequeña grieta en el suelo que daba a las cárceles subterráneas de Zurima, donde se encontraban prisioneros Ernes y Artur.

—¿Estás bien, niño? —preguntó Ernes. Sin embargo, era él quien se veía peor; le habían cerrado la herida por donde le cortaron el brazo, pero la cicatriz aún estaba fresca. Solía ser un hombre fuerte, de carácter gentil y caritativo, de piel marrón —característica de los brymorianos—, ojos oscuros y larga cabellera. Pero los días en prisión le habían pasado factura; ya quedaba poco de lo que una vez fue.

—No mucho, la verdad —respondió el pequeño Artur—. Pero no tengo derecho a quejarme; tú estás peor.

Ernes lo miró con un gesto de incertidumbre y soltó una pequeña sonrisa.

—Eres muy amable, ¿sabías? Te preocupas por un desconocido; a lo mejor puedes enseñarle algunas cosas a nuestro torpe faraón.

—Antes, vuestro faraón dijo que habíais robado agua. ¿Por qué lo hiciste?

Ernes bajó la mirada hacia sus pies.

—¿Ves esta marca en mi hombro?

Ernes tenía tres marcas de la pirámide; era el escalón más alto, solo después de los que tenían cuatro, como los guerreros ascendidos o los sacerdotes más allegados al faraón. Aunque, naturalmente, ahora portaba el círculo rojo.

—Es la marca que dictamina la cantidad de agua a la que podéis acceder —respondió el chico, recordando su conversación anterior con Alice.

Ernes parpadeó, sorprendido por los conocimientos del chico. Por lo general, los extranjeros no hacían mucho caso a este tipo de cosas.

—Es solo una marca —objetó Ernes—. No significa nada, solo es el mecanismo para controlarnos. Brymorio ha pasado por muchas épocas de sequía y siempre hemos salido adelante.

Artur guardó unos segundos de silencio.

—Por eso robaste, para oponerte a las leyes.

Ernes miró la pequeña abertura por donde se colaba la luz. Tenía la cara roja y habló con voz seca y cortante:

—Una vez que conoces la verdad, no puedes ignorar la mentira. Radis ha caído en las garras de ese estúpido sacerdote, Nour. Intenté ayudarlo, pero me culpa por lo de su hermano.

Artur reflexionó sobre las palabras que acababa de escuchar; aunque sabía que no era lo correcto, tenía que ser fiel a su espíritu.

—Antes mentí, lo siento mucho —dijo apenado—. En verdad, soy el príncipe de Crown City y heredero de los cinco reinos de Eryndor.

Ernes gruñó, sorprendido ante esas palabras. Su corazón ardió en llamas por un instante, pero al ver la cara del niño, esa ingenuidad intacta pudo calmar su ira y traer paz a su mente.

—No te preocupes, hiciste lo correcto. Protegiste a tu reino; eso es lo que se espera de un rey.

—¡Te prometo que cuando sea rey haré todo lo necesario para ayudarlos! —gritó Artur.

Eran palabras que parecían dar esperanzas a cualquier hombre, por más hundido que estuviera. De alguna manera, se sentían reales y sinceras. Ernes quedó anonadado ante tanta convicción, y se llegó a sentir mal por haber guardado antes algo de rencor hacia el chico.

—Me recuerdas mucho a Ridis —dijo Ernes en tono melancólico—. Siempre fue así de entusiasta, siempre curioso, generoso.

—¿Ridis? —entonó Artur, un poco confuso—. «Es el Gran Maestre de la capital», pensó.

Ernes sonrió y en sus ojos se reflejaron algunas lágrimas.

—Ojalá estuviera vivo. Murió años atrás debido a una enfermedad incurable; muchos piensan que fue de sed, pero solo yo sé la verdad: todo pasó desde que llegó ese sacerdote.

A Artur le retumbaron las palabras; su padre también había muerto recientemente de una enfermedad incurable.




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