Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 12-Cuestión de negocios.

La noche trascurría con una calma inusual en Little Thing. La calidad de la comida había decaído notablemente desde la partida de Jany, dejando que el joven Cal hiciera lo que podía entre fogones y sartenes. Por su parte, Mady disfrutaba de esa tregua; la escasez de clientes le permitía dedicarle más tiempo a la niña. Tras las revueltas del desfile real, la capital se había sumido en un silencio tenso. El miedo a salir tras la puesta de sol era palpable; la guardia real, centrada exclusivamente en proteger los puntos estratégicos, había abandonado la vigilancia en los callejones y zonas aisladas, convirtiendo las noches en un terreno desierto.

La atmósfera se rompió cuando una figura encapuchada entró en la taberna. Caminó arrastrando la pierna hasta la barra, pero al intentar sentarse, sus fuerzas flaquearon y terminó desplomándose contra el suelo. Mady, alertada por el estruendo, corrió hacia el recién llegado mientras pedía ayuda a gritos.

—La pierna… por favor, me duele mucho —balbuceó el chico, consumido por el agotamiento.

Mady inspeccionó la extremidad y descubrió una herida profunda, trazada en diagonal. La zona había sido cauterizada con fuego en un intento desesperado por detener la hemorragia, pero el rastro de infección ya era evidente.

—¡Cal! —gritó Mady—. ¡Trae alcohol y agua, rápido!

El joven corrió a cumplir la orden sin cuestionar.

—Tranquilo, muchacho. Estás a salvo aquí —le aseguró Mady, tratando de infundirle calma.

Cal regresó con lo solicitado, agitado por la premura. Mady acercó el agua a los labios del chico mientras, con delicadeza, retiraba la capucha que ocultaba su rostro.

—Bebe un poco —susurró.

El joven, de apenas entre diez y quince años, tenía el cabello bien cuidado y vestía ropas de una elegancia impropia para un vagabundo. No era, en absoluto, un forastero común.

—Esto te dolerá bastante —advirtió Mady—, pero es necesario para limpiar la infección.

Sin dudarlo, vertió el alcohol sobre la herida abierta. El grito de agonía del chico resonó, desgarrador, por todos los rincones de la taberna.

La noche se cernía sobre la Plaza Central. Atrix aguardaba, tenso, tras una columna en el segundo piso de un edificio aledaño a la imponente catedral de Crow City. El templo, una estructura dominada por una cúpula central y protegida por cuatro torres puntiagudas en sus esquinas, exhibía una entrada principal reservada exclusivamente para el sumo sacerdote; el resto de los mortales debían acceder por puertas laterales. Por lo general, la guardia patrullaba la zona con rigor, pero el caos desatado tras la desaparición de Darrel había fragmentado la vigilancia. Las escaramuzas en tabernas y burdeles eran cada vez más violentas, obligando a las tropas a dispersarse en las zonas más conflictivas.

—No sabía que Lord Janix fuese tan devoto de la religión Terna —comentó Erika, aproximándose a él.

—Viene cada noche, cuando el lugar está vacío. Es casi como si quisiera que todos conocieran su rutina.

Erika se situó a su lado. Observaron cómo Janix cruzaba la plaza, desprovisto de su escolta personal, escudriñando el entorno con cautela.

—Podría atravesarle el cráneo con una flecha. A esta distancia, sería difícil fallar.

Atrix soltó un gruñido de desaprobación.

—Casi perdemos a Darrel por tu impaciencia la última vez. Debemos ser precavidos; las costumbres del norte no funcionan aquí.

Erika le respondió con un bufido desafiante. Atrix la observó de arriba abajo, vacilante.

—Veo que empiezas a vestir como una mujer de la ciudad. Aquellos trapos de piel que traías del norte no le hacían justicia a tu figura.

Erika reaccionó con una velocidad felina: lo agarró por el cuello y lo levantó varios centímetros del suelo.

—No me provoques si no deseas terminar como tu amiguito. No soy como la gente de mi pueblo, Atrix; no tienes ni la menor idea de quién soy.

El hombre comenzó a ponerse lívido por la falta de aire, hasta que ella lo soltó, dejándolo caer aparatosamente al suelo.

—La vida de esa pequeña demonio que proteges depende de mi gente. Más te vale medir tus palabras.

Atrix se incorporó, asintiendo. Aunque la chica se mostraba reacia, había una verdad innegable en su cambio; el tiempo en la capital la había transformado, o quizá ella misma había buscado esa nueva faceta.

—Vamos —sentenció él—. Terminemos con esto de una vez.

Descendieron hacia la plaza. La zona estaba desierta, salvo por algunos gatos callejeros que se escabullían entre las casas en penumbra. Al llegar a las puertas laterales, Erika notó que estaban entreabiertas. Se asomó con cautela. El interior de la catedral estaba bañado por la luz de incontables lámparas de aceite, que iluminaban las filas de bancos y una lujosa alfombra de pluma roja. Al fondo, sobre un púlpito elevado, Janix pasaba las páginas de un libro.

—Parece estar leyendo —susurró Erika.

—¿Está solo?

—Eso parece. Entremos con cuidado.

Se deslizaron al interior intentando no emitir sonido alguno, pero apenas superaron el umbral, las puertas se cerraron de golpe. Dos guardias de la seguridad personal de Janix surgieron de las sombras, inmovilizándolos por la espalda y presionando sus armas contra sus gargantas.




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