Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 13-Invasión en la Fiesta de Opet.

La espada apuntaba directamente a su rostro, un rostro que reflejaba un sentimiento difícil de describir: el sentimiento de alguien que sabía que iba a morir. ¿En qué podría pensar una persona cuando un pedazo de acero viene directo hacia ella? Tal vez es cuando te das cuenta de que pocas cosas son tan insignificantes como tener el privilegio de vivir.

Dos horas antes

Hacía décadas que no llovía en Brymorio; hoy no parecía que fuera a ser diferente, pero por alguna razón las nubes tapaban el sol más de lo normal. El inmenso calor había menguado algo, dando paso a leves brisas de aire fresco que erizaban la piel.

Boom, boom, sonaban los tambores; nada iba a detener la celebración. Zurima se sumergía en el caos. Copas chocando por doquier, bailes, música, niños correteando y puestos en cada esquina con sus más extravagantes reliquias. Poco a poco se empezaba a ver la parte frontal del gran desfile: montones de hombres y mujeres que llevaban en sus hombros decenas de ofrendas hacia el templo. Habían empezado la ruta desde el anillo exterior, recogiendo cada regalo que recibían.

Asus se encontraba en los balcones superiores del templo Karnak; observaba todo el espectáculo desde la lejanía. Nunca había sido alguien que se integrara bien en la sociedad, pero, inconscientemente, tenía la misión particular de velar por ella, tal vez debido a su posición como ascendido.

—No pensé verte aquí —dijo Asus a Kamill, que se acercaba con pasos delicados a su espalda—. Pensé que no te gustaban las celebraciones.

—Efectivamente, no me gustan; la gente se comporta como animales con los que es imposible razonar —respondió ella—. Solo pasaba a ver tu cara de preocupación.

Asus vaciló.

—Sigues pensando que no tengo que hacerlo —dijo con tono serio.

Kamill se cruzó de brazos y miró el desorden de la gente abajo.

—No es de mi incumbencia lo que hagas; siempre fuiste diferente a nosotros tres. Pero, a pesar de eso, Metif siempre te complació en todo.

—Es nuestro deber proteger el reino; nuestra familia lo ha hecho por generaciones. Por algo somos los herederos de las piedras.

Kamill lo miró levantando una ceja.

—Conque eso es lo que te dices para convencerte a ti mismo. Por ahí viene tu querido socio.

El sacerdote Nour se acercaba desde uno de los túneles que daban a la terraza.

—Si aún quieres escuchar a tu hermana, te recomiendo que no te juntes con ese tipo de gente.

Kamill se marchó pasando por el costado del agitado Nour. Este hizo una pequeña reverencia.

—Preciosa dama, se retira de la celebración. Hoy será un gran día.

—No recuerdo cuándo fue el último gran día de Brymorio —bufó Kamill—, o tal vez sí; puede que fuera cuando los sacerdotes solo se limitaban a purificar el agua del mar y no susurraban como moscas a los oídos.

Nour le lanzó una mirada directa de desprecio a la mujer y esta respondió con un gesto indiferente, siguiendo su marcha.

—Es imposible que le ganes con palabras —dijo Asus entre risas incómodas—. Siempre fue su arma más letal.

—Una mujer inteligente —señaló Nour—, aunque también me han llegado rumores de que es una experta en combate.

Asus levantó la mirada, dejándose llevar por los recuerdos.

—Pues sí, a ella y a Osiri siempre se les dio bien el combate. En cambio, a Metif y a mí se nos complicó un poco.

—Ya veo. Lástima que el viejo Metif no esté aquí en este momento.

—No importa —dijo Asus con rostro serio—. El agua está lista.

Nour se frotó las manos.

—Sí, mi señor, la misma agua que le robó esa hermosa sonrisa a estas personas —respondió, mirando la alegría de la gente que cada vez estaba más cerca de las puertas del templo.

Asus inspiró una bocanada de aire.

—Esa misma agua será hoy la que los libere; de no ser así, pasaremos a mi plan.

—Como usted desee, mi faraón —dijo el sacerdote haciendo una pequeña reverencia.

—Aún no me llames así.

La caravana de gente entró de golpe en el templo. Dentro, la fiesta era otro nivel de celebración; la palabra contención brillaba por su ausencia, todo era derroche. Había mesas abarrotadas de comida que podía abastecer a medio reino, y el vino y la cerveza se derramaban de las jarras. El faraón estaba pletórico, vestido con una elegante túnica blanca y capa dorada, junto a su majestuosa corona que resaltaba entre cualquier joya de ese salón.

—¡Por fin han llegado! —gritó Radis—. ¡Todos a celebrar!

El salón se volvió un completo caos: hombres saltando sobre otros por la comida, otros bailando al ritmo de los tambores mientras observaban a las hermosas bailarinas de la vieja Ananai. Aunque hoy había dos que llamaban más la atención. Mafalda se movía portando un vestido de lino muy ajustado al cuerpo, y Eli usaba una falda corta y cascabeles sonoros por todo el cuerpo.

En una de las mesas exclusivas se encontraba la vieja Ananai rodeada de Lyonnel y los otros dos. Portaban armaduras de la guardia real de Brymorio que les cubrían hasta la cara. Lyonnel observó que había mucha guardia dentro del salón. Ciertamente había entrado mucha gente de fuera y toda la atención estaba prácticamente concentrada allí dentro, tal y como lo habían planeado; tal vez Max y Jany no tuvieran problemas en los calabozos. Pero algo llamó su atención en particular: había algunos guardias que portaban pequeñas bolsas en sus cinturones.




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