Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 14-Moral y dignidad.

El cielo se había despejado por completo, cediendo el paso a un sol inclemente que abrasaba la tierra con una intensidad cegadora. Cada ráfaga de aire caliente, seca y sofocante convertía cada paso en una lucha contra el agotamiento; el regreso se estaba tornando un calvario.

El grupo avanzaba en un silencio sepulcral, con las cabezas gachas y el ánimo roto. Habían cumplido la misión, sí, pero Lyonnel sabía bien que, en la guerra, no existe victoria que no deje cicatrices. Era inevitable que algunos quedaran atrás. Tras cada enfrentamiento, el mismo veneno se infiltraba en sus pensamientos: una culpa tenaz que le carcomía el alma, un tributo que ya había aceptado pagar por el simple hecho de liderar.

Jany, en cambio, no había pronunciado palabra. La actitud alegre que lo definía se desmoronaba con cada hora que dejaban atrás. Se había unido a esto por un capricho egoísta, pero ahora, la realidad lo golpeaba con dureza. ¿Qué habría pasado si él no hubiera estado allí? ¿Realmente valía la pena el precio pagado por la vida de aquel niño? Sus ojos buscaron la figura del pequeño, quien cabalgaba a lomos del caballo de Lyonnel. Una rabia sorda empezó a brotar desde sus entrañas, nublándole el juicio. Dio un paso brusco hacia el animal, pero una mano firme y sosegada se posó sobre su hombro.

—Es solo la deshidratación, Jany —murmuró Mafalda. Su voz sonó como un bálsamo sobre el incendio interno del chico—. Solo es sed.

Jany fijó la mirada en la serenidad de su compañera; la llama de su ira se apagó tan rápido como había surgido.

—Tienes razón —respondió, avergonzado.

—Todo saldrá bien, te lo aseguro —añadió ella con una sonrisa triste—. No te atormentes con escenarios que ya no existen. Max habría hecho lo mismo por cualquiera de nosotros.

—Ella tiene razón —intervino Grinx desde la retaguardia, con un deje amargo—. Siempre nos complicaba las misiones por esa manía de salvar a los demás.

El chico soltó un suspiro largo, cargado de un peso que empezaba a aligerarse.

—Gracias a eso, yo también sigo aquí —repuso Eli, caminando a su lado—. Así era tu padre.

Las palabras fueron el ancla que necesitaba. Jany enderezó la espalda; no era momento de hundirse en la autocompasión. Tenía que recomponerse.

—¡Eh, mirad! —la voz de Lyonnel rasgó el aire—. ¡Veo algo parecido a un oasis más adelante! Acerquémonos; con suerte, encontraremos agua.

El grupo cambió de rumbo con la urgencia de los moribundos. La sola mención de un oasis había encendido una chispa de esperanza, pero al llegar, la realidad les propinó un golpe brutal: el espejismo se disolvió ante sus ojos. Solo quedaban restos de vegetación calcinada y un lecho de arena donde, antaño, la vida había fluido. La agonía regresó, más pesada que antes.

—Necesitamos agua. Si no bebemos, los guardias nos darán caza antes de que caiga el sol —comentó Ernes, con la voz quebrada por la aridez—. A este paso, no llegaremos.

—Meni no debe estar lejos —insistió Alice, buscando un optimismo que nadie compartía—. Con un poco de esfuerzo, podemos conseguirlo.

Lyonnel le lanzó una mirada fulminante que heló el aire. Aunque Artur le había rogado que tuviera paciencia con ella —asegurando que sus motivos eran justificados y que, pese a todo, ella había actuado con bondad—, la culpabilidad de la chica por los sucesos recientes era una herida abierta. Alice, sintiéndose juzgada, buscó refugio tras la espalda de su hermano.

El silencio se volvió asfixiante, roto únicamente por el crujir de la arena bajo sus pies. Estaban al límite, consumidos por la sed y el agotamiento, cuando un gemido agónico chirrió desde un costado:

—Agua… por favor… os lo suplico.

Era el faraón. Su aspecto distaba años luz de la magnificencia de la mañana: sus ropajes elegantes eran ahora harapos impregnados de polvo, y su corona, el símbolo de su poder, se había perdido en el caos de la huida.

—Si encontráramos agua, tú serías el último en probarla —espetó Alice con un desprecio apenas contenido.

Aunque sus palabras destilaban odio, provocaron una risa amarga y unánime en el grupo. Era un alivio cruel, pero por fin habían encontrado algo que los unía: el rechazo absoluto hacia aquel hombre.

—Por favor —insistió el faraón, ignorando el desprecio, con la voz rota—. Invéntala, haz algo… solo la necesito.

El verbo “inventar” resonó en el aire como una campana. Para Eli, esa palabra fue una llave maestra que abrió un compartimento oculto en su memoria: la imagen de aquel hombre que, tiempo atrás, había rescatado tanto su cuerpo como su espíritu gracias a su ingenio.

—Tengo una idea —dijo Eli, deteniéndose en seco—. Quizá esto pueda salvarnos.

Eli se acercó a su montura y, con movimientos precisos, extrajo varios objetos de su morral: unas varillas metálicas de apenas diez centímetros, un trapo oscuro y el abanico que la había asistido en aquel día fatídico de búsqueda. El grupo observaba la escena con total desconcierto. Mafalda sintió un escalofrío al recordar experimentos pasados de la chica; buscó la mirada de Jany, pero este solo se encogió de hombros, resignado. Lyonnel y Grinx, por el contrario, permanecían en un silencio expectante y tranquilo.

—¿Tienes la más mínima idea de lo que planea? —susurró Artur desde la grupa del caballo de Lyonnel.




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