Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 15-Construir antes que destruir.

La noche cayó sobre la ciudad y, con ella, un manto de silencio que sumergió a todos en un profundo sueño. La casa era pequeña, obligando al grupo a acomodarse como podía. A Radis le había tocado compartir espacio con Artur y las niñas; naturalmente, había exigido dormir en la habitación principal, pero una sola mirada de Asenet bastó para que el faraón recapacitara sobre su petición. El constante movimiento de los niños, que no paraban de agitarse, le impidió conciliar el sueño.

—Maldición, ¿en qué momento terminé aquí? —se preguntó, frustrado.

Logró zafarse de una de las niñas que dormía sobre él y se dirigió al patio buscando un respiro. Bajó las escaleras con cautela, tanteando la oscuridad; se guio únicamente por la luz de la luna Mun, que esa noche, despejada y brillante, bañaba el entorno con una claridad casi espectral.

Al salir al patio, la brisa nocturna lo recibió con un abrazo cargado de olor a tierra seca. El silencio era tan acogedor y absoluto que Radis podía escuchar sus propios latidos; un contraste perturbador con la constante algarabía de la gran pirámide, donde el ruido nunca cesaba. El patio, en comparación con los vastos templos, era diminuto; en el centro, una vieja fuente seca murmuraba suavemente ante el paso del viento.

—¿Te perdiste buscando el baño? —preguntó una voz desde la penumbra.

Radis se ruborizó y dio un respingo, claramente sobresaltado.

—¿Qué diablos haces? ¿Por qué me das estos sustos?

—Eh… disculpa. No sabía que un faraón se asustara tan fácilmente.

—No estoy asustado, solo… estaba desprevenido —replicó Radis, tratando de recuperar la compostura mientras caminaba hacia la voz y se sentaba en una de las sillas de madera donde Lyonnel y los demás habían compartido cerveza poco antes.

—¿Eres la maga que crea agua? Eli, creo que era tu nombre, ¿verdad?

Eli sonrió ante su pregunta, dejando que la luz revelara su rostro. Sin sus características gafas de cristal grueso y con el cabello suelto, lucía mucho más joven y encantadora, despojándose de la fachada rigurosa que solía proyectar.

—No soy una maga —aclaró con sencillez—. Solo aplico mis conocimientos de la naturaleza para crear soluciones.

—Eres increíble —dijo Radis, bajando la guardia y adoptando un tono menos estirado que el que solía usar bajo el título de faraón—. Lo que has hecho hoy puede cambiar el destino de Brymorio.

Eli le devolvió una mirada amable, conmovida por la sinceridad en sus palabras.

—Esas palabras me recuerdan a un viejo amigo llamado Beto; era un herrero de mi pueblo, al sur de la capital. Siempre decía que los inventos cambian el mundo allí donde la magia no alcanza.

La luna, en su cenit, filtraba pequeños hilillos de luz que se entrelazaban en el patio, iluminando sus rostros. «Sabias palabras», pensó Radis.

—Debió de ser un gran hombre.

—Lo fue —bufó Eli, con un deje de suavidad y tristeza en la voz, mientras se hacía un ovillo en la silla y abrazaba sus piernas—. Pero la gente del pueblo acabó con su vida; lo acusaron de practicar magia oscura solo por el simple hecho de ayudarme.

Radis bajó la mirada, clavándola en el suelo mientras sus dedos se cerraban en un puño tenso. La impotencia lo invadió de nuevo y, con un gesto de amargura, lanzó un golpe seco contra la pared de adobe.

—¿Por qué siempre es igual? ¿Por qué tenemos que cuidar de ellos cuando nos maltratan y abusan de nuestra gratitud?

Eli se le quedó mirando fijamente. Por momentos, vio reflejada en Radis a la Eli de hacía muchos años, la joven que se había sumergido en las profundidades de la amargura. Levantó la vista hacia el firmamento, buscando respuestas en el infinito.

—Corría por el bosque en una noche tan brillante como esta; me encantaba la aventura —comenzó Eli—. En un pequeño descuido… caí en una trampa para animales, un foso de unos tres metros.

Radis torció el gesto, con una expresión a medio camino entre la reflexión y la incredulidad.

—Sobreviví —dijo Eli con una sonrisa nostálgica—. Pero cuando la gente me encontró y me llevó ante el maestre del pueblo, este se limitó a decir que ya era tarde. —Tragó saliva, sintiendo el nudo en su garganta—. Tenía innumerables huesos rotos.

Eli frunció el rostro, dejando que un destello de rabia contenida aflorara en su voz. Esa era, sin duda, la parte que más le dolía revivir.

—Mis padres tampoco hicieron mucho por mí —Eli bajó la mirada, interrumpiendo su relato un segundo—. Dijeron que lo mejor era matarme para acabar con mi dolor.

Radis se puso en pie de un salto, visiblemente conmocionado.

—Malditos sean…

—Pero Beto apareció —continuó ella, y su rostro se iluminó con una calidez renovada—. Me llevó a su pequeña tienda y cuidó de mí. Unos meses después, volvía a caminar; había soldado todos mis huesos con sus hierros. Algo sorprendente, casi imposible en ese contexto… pero solo casi. Alguien con sus habilidades era capaz de cualquier cosa.

Eli se encogió sobre sí misma en la silla, observando cómo un hilillo de luz lunar se deslizaba perezoso por el patio.




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