La noche había cedido el lugar al tenue sol mañanero. Max miraba borroso el rostro de ese hombre que tenía enfrente. Había llegado a este cuarto el día anterior con diez dedos en sus manos; ahora solo le quedaban siete.
La habitación estaba totalmente oscura. Una solitaria antorcha iluminaba el rostro de los presentes, a ellos y a todo tipo de herramientas que se habían usado esa noche.
Osiris daba vueltas en círculos en el centro del cuarto. Usaba una saya blanca, la cual había sido totalmente teñida por la sangre; su torso era el de un hombre robusto.
—¿Ha dicho algo? —preguntó Asus, irrumpiendo en la habitación.
El hombre cuidaba su caminar. No quería terminar empapado de la sangre que manchaba todo el lugar. Osiris gruñó fuertemente.
—No es alguien que hable fácilmente, por lo que veo.
Asus levantó las cejas, sorprendido. Sabía por experiencia lo duro que era su hermano con los interrogatorios. Los rumores lo describían como una bestia despiadada, sedienta de sangre.
—Si no dirá nada útil, mejor acabemos con él de una vez.
Osiris interpuso el paso de su hermano con su brazo.
—Es mi prisionero —gruñó—. No te metas en esto.
Los hermanos guardaron silencio, mirándose con el ceño fruncido. Durante unos segundos nadie se movió. Max podía oír la respiración agitada de ambos y juraría que, de haber habido una espada entre ellos, ya estaría desenvainada.
—Esper...
Un guardia intervino en la habitación de golpe, trastabillando. Logró recomponer su postura y se levantó el casco que le tapaba los ojos. Tragó algo de saliva al ver sangre en cada rincón.
—¡Traigo noticias importantes! —gritó.
Los hermanos relajaron sus tensiones y dirigieron su atención al guardia.
—Puedes hablar —ordenó Asus.
—El grupo de fugitivos se refugia en el pueblo Meni. Los ciudadanos los protegen.
Max parpadeó al escuchar las palabras. En su rostro se dibujó una leve sonrisa de satisfacción. «Han logrado escapar», pensó. Osiris miró de reojo y vio la emoción en el rostro del torturado hombre.
—Buen trabajo, puedes retirarte.
El guardia salió a toda prisa de la habitación. Asus procedió a sentarse en una caja solitaria que tenía a su costado. No sabía bien cómo, pero era de las pocas cosas en el cuarto que no estaba cubierta de sangre. Llevó sus manos al rostro y dejó escapar algo de aire de su pecho.
—Perdóname, Osiris, no está siendo mi mejor momento.
Su hermano caminó hacia él y colocó sus manos en sus hombros, jadeando un poco.
—Es esto lo que querías; debes ser fuerte.
Asus levantó la mirada y esbozó una pequeña sonrisa. La tensión abandonó ligeramente sus hombros. No importaba cuántos años tuviera o cuántas responsabilidades cargara sobre su espalda; frente a Osiris seguía sintiéndose como un hermano menor.
—Yo me encargaré de esto —afirmó Osiris—. Tú ve a gobernar.
—El pueblo está más tranquilo después de que le dijimos que capturamos al culpable —dijo Asus, mirando de reojo a Max.
Osiris lo tiró de los hombros, poniéndolo en pie.
—Dame unos cuantos guardias y alguna caballería. En unos días arrasaré esa ciudad.
Asus asintió y prosiguió a marcharse.
—¡Hermano! —gritó Osiris antes de que este saliera—. Ordena que cierren todo el reino. Que nadie entre o salga.
—No podemos confiar en nadie —bufó Asus, enojado—. Si esa gente entró, es porque algún guardia lo permitió.
Osiris le asintió con la cabeza y retomó los asuntos que tenía pendientes.
Caminó hacia una pequeña mesa de madera, la cual tenía todo tipo de herramientas: desde cuchillos afilados hasta tijeras gigantescas de hierro y alguna que otra soga. Tomó las tijeras, levantándolas hacia la luz de la antorcha para observarlas bien. Luego miró a Max, el cual seguía rebozado de confianza a pesar de tener el cuerpo destrozado, dedos cortados y un ojo a punto de desprendérsele de la cara. Aún mantenía el mentón en alto.
Osiris soltó una carcajada grave que resonó por toda la habitación. Las hojas de las tijeras chirriaron entre sus dedos mientras las observaba unos segundos más, como si estuviera valorando seriamente volver a utilizarlas. Pero decidió dejarlas otra vez en el mismo lugar y procedió a marcharse.
—¿Por qué? ¿Por qué no los matas de una vez?
El robusto hombre paró en seco su marcha y giró hacia el prisionero.
—La sangre de esta habitación no es solo mía —dijo Max, aun saboreando su propia sangre en la boca. La sala tenía todo tipo de sangre. Desde la más fresca de Max hasta alguna otra que ya parecía pintura roja en las paredes.
—No será difícil uno más, supongo.
Osiris se cruzó de brazos y miró al pobre hombre levantando una ceja.
—Podría, pero no te lo mereces.
Max abrió los ojos bruscamente, algo que le causó dolor en el que tenía lastimado.