Lyonnel y los demás se sumergían en lo profundo del desierto, camino a Tierra Santa. El calor del día lo habían soportado bien, aunque solo era el primero de los cuatro o cinco días que tenían por delante. Mafalda y Alice se pasaban el camino hablando sobre temas de mujeres. Radis intentaba soltar alguna queja, pero nadie le hacía caso. Lyonnel marchaba preocupado al frente. Confiaba plenamente en Grinx, pero la pelea contra los guardias del reino sería complicada. Artur no sacaba ojo del libro que había encontrado en la casa de los Marwa. Este hablaba de la historia de los faraones y de cómo fue estableciéndose el reino de Brymorio.
Al caer la noche, el grupo se asentó bajo el refugio de una gigantesca roca solitaria del desierto. Mafalda acató las órdenes de Lyonnel y se puso a montar lo que serían sus casas estos días: unos palos con algo de tela para protegerse un poco del frío y de los insectos de la noche. Alice se colocó a su lado para ayudarla a levantar la que sería para las chicas.
—¿Qué hace una chica del este viajando con estos hombres? —preguntó de pronto.
Mafalda guardó silencio unos segundos.
—Hace años que no piso Elderholl —respondió esta—. Ya no queda nada para mí en ese lugar.
Ambas siguieron tirando de la lona para lograr tensarla en los palos que habían clavado en la arena.
—Y con respecto a tu pregunta…
Alice la miró de reojo. La chica no se veía cómoda hablando de ese tema.
—No te preocupes. No tienes que contarme nada.
Mafalda se llevó la mano a la nuca y sonrió nerviosa.
—Lo siento, no es por ti. Es que aún no sé qué busco realmente.
Alice notó el rostro sudoroso de la chica y no quiso seguir preguntando. Cambiaron la conversación a temas triviales como los que habían tenido durante el día mientras seguían dándole forma a las casas.
Al poco rato, todos se habían quedado dormidos. Mafalda estaba totalmente agotada, pero no lograba conciliar el sueño. Esa pregunta seguía dándole vueltas en la mente: ¿Qué buscaba realmente? Quería ser una gran mujer como la reina Diana, pero ¿cómo lograría eso? Se había aventurado con Lyonnel a rescatar a Artur, pero eso no era más que una excusa. Aún tenía miedo de enfrentar lo que realmente era. La frustración de nunca haber dominado los poderes de su pueblo la atormentaba cada noche. Maldijo para sí misma mientras se forzaba a cerrar los ojos y rezar para que no fuera una de esas noches.
El bosque se veía tan brillante como siempre, repleto de hojas que parecían cristales. Pequeñas bolitas de humo blanco danzaban de un lado a otro. Mafalda siempre pensaba que eran los espíritus de las plantas. Se encontraba aturdida, como cada vez que tenía esos sueños. Era consciente de ellos, pero de alguna manera no podía salir de ahí. Su alma parecía dejar su cuerpo y viajar hacia ese bosque. Corría por entre los árboles en todas direcciones, pero su final siempre era el mismo. Al fondo de un lago azul se dejaba ver una cascada, la cual cubría la entrada a una cueva.
—Ayuda, no tengo tiempo. Necesito que vengas a por mí.
Esas palabras se repetían en cada sueño. El miedo de acercarse le consumía el cuerpo. Las bolitas blancas se alinearon como indicándole el camino hacia la cueva. Sostuvo sus manos temblorosas. No hacía mucho había incitado a Lyonnel a que no se rindiera; qué difícil era a veces aplicarse a uno mismo sus propios consejos. Respiró profundo y comenzó su marcha hacia la cueva. Al acercarse, las voces de ayuda se hacían cada vez más agudas. Miró hacia atrás buscando esa gran sombra negra que aparecía cuando el sueño estaba por terminar. No encontró nada. Tragó saliva y continuó su camino.
La cueva por dentro era oscura, llena de estalagmitas y picos que erizaban la piel de solo verlos. Muy al fondo de esta se podía ver algo. Entre las dudas y el miedo, intentó acercarse para ver lo máximo posible. Divisó una silueta negra, acompañada de unas tres más pequeñas.
—¿Qué eres? ¿Por qué me buscas?
Las palabras retumbaron dentro de la cueva. La silueta no parecía inmutarse. Caminó un poco más cuando notó cómo su cuerpo empezaba a ser arrastrado hacia la silueta. De esta también salió una sombra blanca parecida a las bolitas del bosque. Mafalda distinguió que era un animal, algo parecido a una pantera.
—Ella está muriendo —dijo la sombra blanca.
Mafalda sintió como si las palabras vinieran de ella misma; la sombra no parecía hablar. Intentó decir algo, pero notó que no era necesario: su cabeza le enviaba señales. Miró a la sombra y pensó para sí misma: «¿Quién eres?»
A su cabeza vinieron unos susurros.
—Soy el alma de tu otra vida.
La chica parpadeó, sorprendida por las palabras. «Mi otra vida», pensó. «¿A qué te refieres?»
—Si ella muere, tú también lo harás —viajaron por su mente las palabras—. Él viene a por ella.
Mafalda recordó la gran sombra negra. En cada sueño que tenía, esta se acercaba más a la cueva. La chica intentó ver más allá. Al fondo se veía a una pantera arropando a sus dos cachorros. Esta tenía una pata destrozada y cubierta de sangre.
—¿Eres mi Vínculo?
El reino de Elderholl se encontraba a los costados de un bosque llamado el Bosque Sensorial. Las leyendas cuentan que en él habitan las vidas de los elderianos en su forma pura. Muchos especulan haber establecido un vínculo con su versión del bosque, pero a día de hoy nadie que haya entrado en él ha salido con vida.