Grinx estaba cerca de alcanzar la ciudad de los ladrones. Metif le había señalado la ruta en un viejo mapa, pero hacía tiempo que había dejado de consultarlo; probablemente, aquello le había costado algunas horas extra de camino.
Por fin podía disfrutar de algo de paz desde que se involucró en esta aventura. Sin embargo, viajar en solitario no era precisamente de su agrado; la última vez que se vio en tal situación, estuvo a punto de perderse en la oscuridad.
Aunque esta vez era diferente. Tal vez porque estaba haciendo lo que siempre le había apasionado, aquello que lo hacía sentir vivo y que no le permitía encontrar a otra persona dentro de sí. Fue precisamente esa vocación la que, en el pasado, le había llevado a perder a su familia.
Se aisló de aquellos pensamientos y continuó su marcha. «No tiene sentido darle vueltas ahora», se obligó a pensar.
Pasadas un par de horas, se topó de frente con lo que parecía un pequeño asentamiento abandonado en medio del interminable desierto. Desde la distancia no ofrecía señales de vida, pero divisó varios caballos en los aledaños.
Grinx se adentró en el lugar. La ciudad se veía apagada; más que un pueblo, parecía una precaria comunidad. Las casas no eran más que estructuras de palos cubiertas con lonas para resguardarse del calor diurno y el frío nocturno. «Dudo que tengan mucho más dentro», reflexionó.
Mientras avanzaba, notó cómo miradas tímidas lo acechaban desde todos los rincones. Las personas cerraban sus lonas apresuradamente al verlo pasar. No portaba armas visibles —simplemente parecía un viajero solitario—, pero aun así, nadie se atrevía a acercarse.
De pronto, desde detrás de una de las construcciones, salieron dos hombres despreocupados. Sus ropas eran inquietantemente similares a las de aquellos ladrones con los que se había cruzado aquella noche.
—¡Hey, vosotros! —gritó Grinx—. Busco a vuestro líder.
Los hombres, al reconocerlo, se quedaron paralizados, cayendo casi desplomados al suelo por la sorpresa.
—Es uno de los locos de aquella noche —susurró uno de ellos, desencajado.
—¡Corre! —gritó su compañero—. ¡Avisemos a Jax de que nos vienen a atacar!
Ambos hombres echaron a correr, levantando una densa nube de polvo a su paso. Grinx maldijo entre dientes. ¿Tan brutales debieron ser sus golpes aquella noche para que ahora huyeran con solo verlo?
—Bueno, al menos ya sé dónde encontrar al líder.
Mientras avanzaba, pasó junto a un pozo que parecía haber sido un viejo punto de recogida de agua. Allí, observó a un anciano arrodillado frente a la estructura. Grinx se acercó hasta quedar prácticamente a su lado, pero el hombre ni se inmutó.
—¡Hey, anciano! Hola, ¿eres de aquí?
El viejo no dio señales de haberlo escuchado. Grinx, empezando a perder la paciencia, saltó de su caballo, aterrizando con un golpe seco que levantó una nube de tierra.
El anciano, que hasta ese instante parecía una estatua, abrió los ojos de golpe. Al ver al fornido guerrero frente a su rostro, echó a correr despavorido.
Grinx se quedó boquiabierto, rascándose la cabeza.
—Maldición… si no he hecho nada.
—No te preocupes, muchacho —dijo una voz calma que emergía desde el umbral de una estructura ligeramente más imponente que las demás.
Grinx se detuvo, manteniendo la distancia.
—Solo buscaba hablar con el anciano del pozo —explicó, señalando la dirección por la que el hombre había huido.
El recién llegado soltó una carcajada ronca, un sonido que parecía arrastrar años de cansancio. Explicó, con cierto humor negro, que aquello sería una misión imposible: de todas las carencias que azotaban a su comunidad, aquel hombre era el único que compartía con ellos la desgracia de ser sordo.
Grinx frunció el ceño, confundido. «Dificultades», pensó, intentando comprender qué clase de penuria los consumía. El hombre terminó de salir al descubierto, revelándose como una figura frágil que se sostenía con dificultad mediante un bastón de madera desgastada; su pierna izquierda era un añorado recuerdo que le obligaba a un avance lento y tortuoso.
—Acércate, hijo. No me hagas caminar más de lo necesario —invitó el hombre con un tono burlesco que ocultaba un trasfondo de amargura.
Grinx tomó las riendas y condujo a su montura hasta quedar frente a él. Al observar el rostro curtido por el sol y los ojos que aún conservaban un atisbo de autoridad, Grinx lanzó la pregunta que le quemaba la lengua:
—¿Quién eres tú?
El sacerdote suspiró, dejando que la mirada se le perdiera en el horizonte polvoriento. Confesó que, antes de la llegada de aquel tal Nour, solía portar el Cetro Milenario, pero que hoy no era más que un humilde pastor de almas rotas. Grinx, observando la precariedad de aquel lugar —un cojo y un sordo como guardianes de la fe—, no pudo evitar un comentario curioso sobre la aparente indiferencia de su deidad. Lejos de ofenderse, los ojos del viejo brillaron con una chispa de divertida complicidad.
Tras un breve intercambio donde Grinx dejó clara su intención de encontrar al líder, el sacerdote lo analizó con perspicacia. Señaló que no parecía pertenecer a aquel reino, ni tampoco portar la sed de venganza que solía guiar a los visitantes de paso. Le indicó que el líder se encontraba al final del asentamiento, aunque le advirtió, con un tono críptico, que vencerlo no sería tarea fácil.