El guardia arrastraba el cadáver como si fuera un simple saco de arena. Caminaba con la cabeza gacha, abrumado por la rutina de un camino que empezaba a cansarle; era el cuarto cuerpo que transportaba en lo que iba de semana. Irrumpió sin miramientos en la cámara privada, un santuario reservado en exclusiva a los altos sacerdotes y al mismísimo faraón.
Su llegada alteró los rostros altivos de los allí presentes, desatando un murmullo de quejas y ecos indignados. Sin embargo, aquellos hombres y mujeres estirados se marcharon con paso firme y despectivo, actuando como si la tragedia no fuera con ellos. El guardia les gruñó al verlos pasar.
Al fondo de la habitación, Asus le indicó que se acercara con un leve gesto de la mano. A su lado, Nour seguía emborronando hojas, ajeno a la tensión ambiental.
El guardia avanzó hasta el centro de la sala y esbozó una reverencia tensa.
—Otro más que se suicida en protesta —soltó. Las palabras vibraban con una furia contenida.
El pecho de Asus se contrajo. Golpeó la mesa con un puñetazo seco que hizo tambalear la pesada estructura de madera y suspendió en el aire el polvo más antiguo de las paredes. Mientras tanto, Nour ni siquiera levantó la vista de sus anotaciones.
El guardia dejó caer el cuerpo en el suelo, se giró para deshacer sus pasos y, justo antes de cruzar el umbral, lanzó una última frase, afilada como un puñal:
—No fue esto lo que se nos prometió.
Asus apretó los puños. Las mandíbulas tensas y la sangre hirviendo en sus mejillas contrastaban con la cómoda indiferencia de los nobles que acababan de salir. Su primer impulso fue rugirle al guardia, exigirle respeto, pero el olor metálico de la sangre fresca que emanaba del cadáver le obligó a tragarse la saliva con amargura.
Asus caminó hacia el cadáver. Tenía cortes de cuchillo por todo el cuerpo; una carnicería tan espantosa que recordaba más a un asesinato atroz que a un suicidio. Se le hacía impensable que un hombre tuviera el valor —o la desesperación— para hacerse algo así a sí mismo.
—¡No fue esto lo que dijimos que haríamos! —rugió Asus, barriendo de un manotazo los platos de comida de la mesa.
Nour dio un respingo. La ira desmedida de su soberano lo tomó desprevenido. Miró el cuerpo solitario con una mueca de desprecio.
—No es más que un tonto.
Asus se lanzó sobre él como un animal salvaje. Estrelló su antebrazo contra el delgado cuello del sacerdote y lo empotró contra la pared. Nour soltó un chillido agudo, una mezcla entre su habitual voz inocente y el chillido de una rata acorralada.
—¿Así es como ayudas a tus faraones? —le susurró Asus al oído—. ¿Diciendo que todos son tontos?
El cuerpo de Asus comenzó a emitir un leve brillo, un calor divino que hizo que el sacerdote jadeara de dolor. Por primera vez, el miedo asomó en el rostro amargado de Nour. Sin contemplaciones, el faraón lo arrojó con fuerza hacia el suelo, haciéndolo rodar escaleras abajo como un fardo de ropa vieja.
—¡Mira la cara de ese hombre! —le gritó Asus desde lo alto—. ¿Te parece un tonto? Yo solo veo a alguien que prefirió destrozarse la piel antes que seguir viviendo en la miseria que provocas.
Nour se recompuso de la aparatosa caída de mala gana. Se apartó el cabello de los ojos y comenzó a recoger las hojas que habían volado por toda la estancia. Aquella patética escena encendió una bombilla en la mente de Asus, quien finalmente comprendió el panorama completo. «Conque es esto», pensó con náuseas. «Solo pudres las cabezas de quienes se sientan en el trono para saciar tu propia amargura».
El faraón bajó las escaleras y pasó por su lado, dedicándole una última mirada de asco al debilucho sacerdote.
—A partir de ahora quedas relevado de tus funciones. Volverás a la costa a desalinizar agua con los esclavos.
Nour lo fulminó con la mirada. De pronto, sus ojos se tornaron completamente negros, densos como una noche sin estrellas. De sus manos brotaron hilos de sombra que se abalanzaron e infectaron el cuerpo del desprevenido faraón.
El cuerpo de Asus se elevó unos centímetros del suelo, flotando indefenso hacia el sacerdote. La bruma oscura comenzó a filtrarse y a brotar de cada uno de sus poros.
—Pensaba que eras diferente a esos estúpidos mortales que juegan a ser héroes —susurró Nour. Su voz ya no era humana; vibraba con un eco aterrador, como si sus entrañas ardieran en llamas.
A unos metros, el cadáver del suelo comenzó a consumirse bajo la misma bruma negra hasta que el humo se solidificó en una esfera oscura y densa. Nour la atrapó en el aire y se la tragó de un bocado.
—Asqueroso —bufó el sacerdote, saboreando la esencia.
Con un movimiento de dedos, Nour hizo descender al faraón y obligó a la bruma restante a integrarse por completo en el sistema nervioso del rey.
—A partir de ahora, harás exactamente lo que yo te diga.
En un instante, el cuerpo de Asus recuperó la gravedad, pero su voluntad ya no le pertenecía. Su mirada se perdió en el infinito y unas profundas ojeras sombrías se marcaron bajo sus ojos, dándole un aspecto espectral, casi demoníaco. Mecánicamente, el poseído faraón se giró hacia la salida y cruzó el umbral, azotando la pesada puerta de la cámara con un estruendo que resonó en todo el palacio.
El ruido causó que los tímpanos de Jany ardieran por la vibración provocada por el choque de su arma contra la poderosa lanza de Khalit. Los muchachos practicaban bajo el sofocante calor de la tarde, arropados por el vigor de un pueblo que se preparaba con todos los utensilios que tenía a mano.
—De pie, vamos a por otra ronda —dijo Khalit con una poderosa sonrisa, mientras ofrecía su brazo sudoroso al chico.
Jany lo tomó con fuerza y se incorporó. Sus huesos crujieron al ponerse de pie. «¡Maldición! Ni el entrenamiento con Lyonnel lo había agotado tanto». Khalit golpeaba con una fuerza digna de lo que se esperaba de un guerrero ascendido.