Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 20- CORRE, CORRE Y VIVE

Atrix observaba con impaciencia cómo la luna terminaba de alzarse sobre el horizonte. Aquella noche, el firmamento lucía una intensidad inusual; las estrellas brillaban con un fulgor tan punzante que, de mirarlas fijamente, parecían capaces de cegar la vista con la misma severidad que el sol de mediodía. Una noche idéntica a aquella, veinte años atrás, fue cuando el destino de su vida se fracturó irremediablemente.

Se había criado en una modesta casa de comerciantes, a las afueras de Crown City. Nunca había disfrutado de una vida acomodada, pero, al menos, poseía algo que el resto de los ciudadanos envidiaba en silencio: tranquilidad. Un privilegio que, bajo el yugo implacable de los Magos Oscuros, se había convertido en una moneda de cambio demasiado cara para la mayoría.

—¿Tan importante es esa maldita niña para ti? —La voz de Erika cortó el silencio, cargada de un sarcasmo tajante mientras se acomodaba a su costado, apoyada contra el marco de la ventana.

Atrix la observó de reojo, alzando una ceja, pero pronto devolvió su mirada al paisaje que se extendía ante ellos, un despliegue de belleza que le resultaba ajeno y doloroso.

—Este sitio dejó de ser mi hogar hace veinte años —respondió él, con la voz teñida de una amargura sorda—. Todo cambió en el instante en que a esos inútiles se les ocurrió reclamar este reino como suyo.

Erika soltó un bufido de desdén. Se ajustó el arco sobre el hombro izquierdo y comenzó a caminar hacia la salida de la estancia, sin detenerse a esperar una respuesta que no llegaba.

—Espero que hoy, al menos, logres ver a esa niña —murmuró ella antes de perderse en la penumbra del pasillo.

Atrix se encogió de hombros, dejando que el gesto disimulara la tensión que le oprimía el pecho. Llevaba días con un nudo insoportable en el estómago, una inquietud que le atenazaba las entrañas. Juntó los dedos en un gesto silencioso, una plegaria muda dirigida a los recuerdos que le acechaban.

«Hoy cumpliré la promesa que te hice», se juró a sí mismo.

Con un movimiento preciso, desenfundó su pequeña daga, ajustó el cinto y se puso en marcha, siguiendo los pasos de Erika hacia la incertidumbre de la noche.

La luna se encontraba en su apogeo, proyectando una luz espectral sobre las calles de la ciudad. El silencio reinaba, una soledad asfixiante que se había vuelto la norma en los últimos días. Dos guardias reales patrullaban el distrito más activo, donde las casas de juego y los prostíbulos se erguían como llagas abiertas en el tejido urbano.

De uno de aquellos tugurios emergió una mujer, envuelta en ropajes desgarrados, huyendo a zancadas. En su precipitada marcha, colisionó contra uno de los guardias.

—¿Estás bien? —preguntó el hombre, cuya ingenuidad era casi una sentencia.

La mujer se detuvo, y bajo la luz de las antorchas, el guardia retrocedió un paso, horrorizado. Su rostro era un mapa de dolor: el pómulo izquierdo presentaba un hematoma violáceo, una ceja abierta por un tajo profundo sangraba profusamente y su labio inferior, destrozado, colgaba hinchado por un golpe seco, brutal.

—¡Malditos hombres! —escupió ella con un hilo de voz lleno de odio.

Sin mirar atrás, se ajustó el vestido andrajoso y se esfumó en la negrura de un callejón, devorada por la noche. El guardia, con la mano instintivamente posada en el pomo de su espada, giró hacia la entrada del local, pero el brazo de su compañero le cerró el paso.

—No es nuestro problema —sentenció el otro con una calma gélida.

El guardia se sacudió el brazo de su compañero con un arranque de furia.

—¿Y qué demonios es nuestro problema, entonces? —espetó, con el rostro encendido—. ¿Vagar de un lado a otro, sordos y ciegos ante la podredumbre? No me hice guardia para patrullar como un inútil y luego ahogar mi vergüenza en bebida en mis horas libres.

Su compañero negó con la cabeza, una sombra de desprecio dibujada en sus labios.

—Te esperaré aquí fuera. Ten cuidado.

Sin esperar una respuesta, el guardia se internó en el establecimiento, donde la penumbra y el olor a sudor rancio le dieron la bienvenida.

Afuera, los minutos se estiraron como horas. El guardia que esperaba, consumido por una impaciencia que le revolvía las entrañas, comenzó a tamborilear los dedos sobre su escudo.

—¿Qué diablos estás haciendo? —gruñó para sí, dando un paso hacia el umbral.

De repente, el aire se rompió. Una avalancha de clientes salió despavorida del local, empujándose unos a otros en un frenesí de terror. El guardia intentó abrirse paso entre la multitud, forcejeando contra la marea humana, pero al entrar, sus ojos se clavaron en el suelo del vestíbulo: su compañero yacía inmóvil, con una espada atravesándole el pecho.

Un charco de sangre oscura se expandía lentamente bajo el cuerpo. El guardia se quedó petrificado, incapaz de articular palabra, hasta que un sonido metálico lo devolvió a la realidad. A un costado, un grupo de hombres se preparaba con armas desenvainadas, sus manos goteando con el carmesí de una carnicería que apenas comenzaba.

—¡Guardias! —rugió uno de ellos, con una sonrisa salvaje mientras se lanzaba al ataque.

El guardia huyó despavorido, rasgando el silencio de la noche con gritos agónicos. Las viviendas, como si respondieran a un conjuro de terror, se iluminaron al unísono, emitiendo luz hacia las calles. Un segundo grupo de patrulleros, alertado por el estruendo, acudió al lugar con las armas en alto, pero se quedaron paralizados al observar lo que perseguía al hombre: una jauría de insurgentes que se movían con la ferocidad de bestias, blandiendo filos tan gélidos y afilados como el viento invernal.

En cuestión de minutos, la ciudad se transformó en un hervidero de muerte. El orden se disolvió, dejando paso a una guerrilla insaciable donde los guardias reales y una milicia civil, sospechosamente bien armada, se enzarzaron en una carnicería sin cuartel.




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