Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 21-PULGATORIO

El grupo llegó a las inmediaciones de la majestuosa muralla de piedra que resguardaba la ciudad. El portón, tallado en madera de alta calidad, exhibía una ornamentación tan intrincada y detallista como la que decoraba los templos de Zurima. En la parte superior, una pequeña escultura capturaba todas las miradas: un hombre con las manos unidas en un gesto de súplica, implorando a una figura que parecía asomarse desde el cielo.

La efigie despertó reacciones dispares. Radis y Alice bufaron con evidente desdén, mientras que el resto del equipo vacilaba ante la audacia de representar a un dios con la figura de un humano.

Artur, por su parte, sentía un cosquilleo recorriéndole el estómago. En sus lecturas clandestinas, había encontrado relatos sobre mortales que ascendían a la divinidad; historias que sus profesores, defensores de la fe Terna que regía Eryndor, siempre desestimaban como simples mitos. Aquello le resultaba fascinante. La idea de que cada reino adorara a una deidad distinta le obligaba a cuestionarse la naturaleza misma de la fe: ¿es acaso lo que dictan los libros sagrados o es, sencillamente, aquello en lo que elegimos creer?

En un rincón de la puerta, casi mimetizado con el entorno como un indigente más, un hombre corpulento yacía sobre la arena. Su tupida barba negra lucía descuidada y su melena estaba recogida en una coleta tosca. A su lado, semienterrada en el suelo, descansaba una botella de alcohol de marca extranjera; un detalle que no pasó inadvertido para Lyonnel. Intrigado por la procedencia del licor, el guerrero se acercó con la intención de obtener información, pero apenas acercó su mano, una hoja brillante que permanecía camuflada en la arena surgió con una velocidad pasmosa, deteniéndose a milímetros de su cuello.

El filo gélido contra su piel hizo que cada vello de su cuerpo se erizara. El resto del equipo adoptó poses de combate instantáneamente, pero el vagabundo levantó una mano, deteniendo cualquier hostilidad.

—Tranquilo —dijo con voz sosegada—. Soy un simple vejestorio.

Lyonnel soltó una risa nerviosa. Para ser un “simple viejo”, los reflejos que había demostrado eran sobrehumanos. El hombre se puso en pie y se sacudió la arena de las ropas con parsimonia.

—¿Qué hacen por aquí el faraón del reino y un viejo comandante de la guerra?

Lyonnel parpadeó, completamente sorprendido. Era la primera persona que lo reconocía en mucho tiempo, exceptuando a la joven Mafalda.

—Venimos a por ayuda —espetó Radis con voz arrogante, mirando al extraño por encima del hombro.

El viejo lo observó, analizándolo de pies a cabeza con una parsimonia que hizo que Radis se removiera, visiblemente incómodo bajo ese escrutinio. Tras una pausa que se sintió como una eternidad, el hombre habló, su voz destilando sequedad.

—Aquellos que alguna vez llamaron “sueños estúpidos” a las ideologías de los míos —dijo, marcando cada palabra—, hoy vienen a pedir nuestra ayuda.

Radis apretó los dientes, conteniendo una respuesta airada, y lanzó una mirada cargada de tensión a Lyonnel. Durante todo el viaje, le había advertido que negociar con esta gente sería una tarea imposible; hacía años que se habían desconectado por completo de cualquier vínculo con Brymorio.

—Los vuestros os apartaron solo por pensar diferente —escupió el hombre, dando un paso al frente—. No os bastó con expulsarnos de la ciudad; también os dedicasteis a perseguirnos por el desierto como si fuéramos alimañas.

—Eso fue hace mucho tiempo, ya no importa —objetó Radis, tratando de restarle importancia.

El anciano bajó la cabeza, dejando escapar un suspiro cargado de decepción.

—Matasteis a todos los que quisieron huir, y ahora que vuestra situación ha empeorado, ¿simplemente cambiáis de opinión? Muchos de los míos perecieron en esos caminos buscando libertad.

La angustia se apoderó del grupo. Radis intentó mantener su postura firme, pero las palabras del hombre le doblegaron el espíritu. De niño, su propio hermano le había narrado las inmensas barbaridades y las cacerías que el reino había emprendido contra los Creyentes de la Cruz. Fueron años oscuros donde familias enteras morían intentando escapar de Zurima y otros pueblos hacia un refugio que nunca llegaba.

Alice, en silencio, observaba detenidamente un pequeño símbolo que asomaba entre los ropajes polvorientos del viejo: un caballo rojo sobre una cruz. Solo lo había visto una vez en su vida, el día que, siendo apenas una niña, fue abandonada en el desierto junto a su hermano. De aquella jornada trágica, ese símbolo era lo único que se le había quedado grabado a fuego en la memoria, pues fue un caballero que lo portaba quien los defendió y salvó sus vidas aquel día.

—Eres un caballero de la Orden Sagrada —soltó Alice, con un hilo de voz cargado de asombro y reconocimiento.

Los oídos de Artur se afinaron repentinamente, su pulso acelerándose ante la mención. Había leído sobre ellos en sus antiguos tomos: caballeros orgullosos, que dedicaron su vida a proteger a los desesperados que huían en busca de un lugar mejor.

El hombre soltó una leve sonrisa, una expresión cargada de una melancolía profunda y contemplativa.

—Eso fui en su momento —respondió, su mirada perdiéndose en el horizonte árido—. Hoy solo soy un estúpido… —dejó la frase en el aire, sumiendo al grupo en un silencio expectante—. Me llamo Atheus. Venid conmigo.

Al compás del chirrido de las puertas, un camino empedrado dividía la ciudad en dos mitades claramente diferenciadas. Era como contemplar dos versiones distintas del arte de un pintor reflejadas sobre un mismo lienzo. El lado izquierdo era un derroche de detalles y contrastes que se fusionaban en los coloridos reflejos proyectados por las gigantescas vidrieras de cada construcción; cada estatua y cada relieve proclamaban un amor incondicional hacia la poderosa cruz que coronaba cada morada.

El lado derecho, en cambio, parecía la sombra proyectada detrás de una luz cegadora. Sus estructuras eran simples, exhibiendo una estética que parecía rechazar toda ostentación frente a la exuberancia de su contraparte. La primera impresión del grupo fue que aquella zona debía ser ajena a la cultura religiosa de la ciudad, pero un detalle capturó su atención de inmediato: a pesar de la austeridad, la misma cruz se alzaba imponente sobre cada estructura.




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