Los movimientos del caballero eran extraordinarios. Con cada paso sutil, parecía atraer los feroces ataques de las dos chicas. Mafalda buscaba su espalda con determinación, mientras Alice se lanzaba al frente, empleando su desvanecer para fracturar la guardia del hombre. Pero un soldado de su calibre poseía mil y una formas de neutralizar una ofensiva combinada.
Atheus lanzó una estocada frontal que impactó de lleno en Alice, enviándola a volar varios metros por el aire. Mafalda se apresuró a capitalizar la postura comprometida del caballero, pero sin siquiera mirar atrás, él soltó un codazo que la chica esquivó por puro instinto, perdiendo en el proceso cualquier oportunidad de contraatacar.
—Buena reacción —elogió él.
Mafalda corrió al lado de Alice para ayudarla a ponerse en pie y reorganizar la estrategia. Mientras tanto, Radis observaba la escena desde su cómoda silla en el patio. Lo habían invitado a unirse al entrenamiento, pero se había negado con un gesto desdeñoso, exclamando que no había nada más patético que un faraón obligado a ensuciarse las manos en una pelea.
—Me sorprende que puedas usar esa habilidad —dijo el caballero, señalando a Alice—. Nunca había visto a nadie emplear uno de los poderes de los Ascendidos sin el auxilio de una piedra.
Alice lo miró, descolocada. Una sensación ácida le recorrió la garganta.
—Si pasas suficiente tiempo entrenando con alguien, terminas absorbiendo parte de su poder —explicó Radis con tono casual—. Aunque, claro, nunca llega a ser tan potente como el original.
—Solo puedo usarlo durante unos segundos —añadió Alice con voz cargada de dolor—. Siempre fui la peor alumna de mi maestra.
Atheus la observó, frunciendo el ceño. Algo en esa explicación no terminaba de encajarle.
—¿Conoces a quienes sí lograron superarte? ¿Sabes si ellos también pueden manifestar esa habilidad?
Alice sufrió un repentino shock; su mente se quedó en blanco. Nunca se lo había cuestionado. Kamill siempre le repetía que ella era la única que no se había graduado de sus enseñanzas, pero la pregunta era inevitable: ¿quiénes sí lo habían hecho? En todo ese tiempo, jamás se había cruzado con ninguno.
Atheus dejó entrever una sonrisa pícara antes de lanzarse de nuevo al ataque.
Al poco rato, las dos chicas estaban exhaustas, mientras que el hombre ni siquiera tenía la respiración agitada. Radis, que ya veía venir el previsible desenlace, se puso en pie dispuesto a marcharse. El momento en el que el maestro explica a sus alumnos que “lo dieron todo” y finge valorar su esfuerzo le causaba tanto asco como cualquier otra actividad alejada de sus aposentos.
Sin embargo, una repentina brisa le azotó el rostro, captando su atención por completo. Atheus estaba haciendo algo distinto a lo que se espera de un maestro: en lugar de frenar, aplaudir y elogiar, se lanzó contra las chicas con una ferocidad renovada.
El caballero descargó un espadazo desde lo alto que impactó con violencia en el espacio entre ambas, separándolas de un golpe. Las dos quedaron estupefactas, con el miedo congelándoles hasta la última fibra de su cuerpo. Ni siquiera los sentidos más afinados de Mafalda habían sido capaces de advertir la velocidad de aquel ataque.
—Si pensáis que por esforzarse y darlo todo seréis capaces de ganar en un campo de batalla, estáis muy equivocadas.
El hombre volvió a cargar la espada de madera sobre el hombro y se giró para dar por finalizado el entrenamiento. Radis lo observó, pensando: «¿A qué diablos ha venido eso?».
Mafalda, aún perpleja, tendió la mano para ayudar a Alice a incorporarse.
—Vamos, ponte de pie… olvida esto.
Las palabras detuvieron al caballero en seco.
—Si queréis mejorar, más vale que no olvidéis esto —gruñó el hombre.
Mafalda y Alice sintieron cómo una amargura les recorría el estómago. Lo habían intentado, y creían que eso era lo que contaba. Radis se dio el lujo de quedarse a escuchar; el caballero iba a hacer, finalmente, lo que se supone que debe hacer un maestro: enseñar.
—Aquellos que olvidan la frustración de perder, al día siguiente siempre serán mediocres —continuó el hombre—. Mantengan este sentimiento, abrácenlo y deseen que algo así no se vuelva a repetir; es un elemento clave para mejorar. Pero aquellos que lo olvidan, que se desconectan de los sentimientos que los trajeron hasta donde están… SIEMPRE SERÁN MALOS.
Un silencio tenso se instaló entre las chicas, tan pesado que parecía difícil respirar. Alice bajó la cabeza, apretando el puño contra su costado; las palabras de Atheus le habían dado donde más le dolía, revelando la fragilidad que ella misma intentaba ocultar. Mafalda, que normalmente habría estallado en una réplica furiosa, se mantuvo callada, con el pecho agitado por una mezcla de impotencia y vergüenza. El caballero tenía razón: habían buscado el consuelo del esfuerzo cuando lo que necesitaban era el hambre de la victoria. Se miraron fugazmente, compartiendo un entendimiento mudo: aquel no sería el último entrenamiento del día.
Alejados de la casa, Artur y Lyonnel daban un paseo por la ciudad. El niño había insistido en ir solo, pero Lyonnel se lo había negado, alegando que podía ser peligroso. Aunque el acto de violencia que habían presenciado al llegar respaldaba las precauciones del hombre, pasear por aquellas calles le hacía sentir como un completo exagerado.
Tierra Santa parecía sacada de un cuento de hadas. La gente se saludaba con amabilidad, el aroma a pan recién horneado y vino inundaba el aire, y los niños jugaban sin preocupaciones. Incluso habían entrado en una pequeña cripta donde una anciana los había bendecido, pintándoles un punto rojo en la frente. Lyonnel se lo había borrado nada más salir, pero Artur lo lucía con alegría.
A pesar del buen ánimo del chico, Lyonnel era incapaz de dirigirle la palabra. Siempre se le había dado bien arengar a soldados ruidosos, pero nunca imaginó que sería tan difícil hablar con alguien que no tenía ni la mitad de su edad.