¿Cuánto cambiaría nuestra vida si supiéramos el desenlace de nuestras decisiones?
-—Umm… es mucho más de lo que esperaba —dijo Osiris, viendo el panorama que tenía ante sus ojos—. Una pelea en campo abierto sería un suicidio… Tomaron una buena decisión.
—Señor, las tropas están listas —comunicó el guardia a su lado.
Osiris analizaba con exhaustivo detenimiento el lugar. Sus hombres, a su lado, apretaban con fuerza sus lanzas, listos para la acometida. Sin embargo, una sensación rara le corría por el estómago. A lo mejor era la barricada de madera que veía frente a la entrada de Meni; tal vez fueran esos arcos apuntando hacia ellos, o tal vez era esa sensación espesa en el aire.
—Cambiaremos de plan —ordenó, girando su caballo hacia las tropas.
Un rezo. Una súplica. Un aliento. Un suspiro. ¿Cuántas emociones juntas podía albergar aquella simple barricada de madera? Manos sobre hombros. Palabras de aliento. Basura; nada de eso funcionaba ahora. Si esta era la última noche, es que no estaban destinados a llegar mucho más lejos.
«No puedo perder la compostura», seguía repitiéndose Grinx. Las miradas, los gestos… todo lo exponía. Si todo salía bien, era por el esfuerzo conjunto. Si todo salía mal, era su culpa. ¿Qué es la culpa?
Intentar luchar y fracasar; eso no puede considerarse culpa. Cada fracaso es una muerte. Eso tal vez te haga culpable, o responsable. ¿Quién mata? ¿El arma que golpea? ¿El hombre que la agita? ¿El dios que escribe nuestro destino? ¿O las palabras de aliento, que dan falsas esperanzas?
Una mano fría, apoyada en su hombro, calmó el mar de dudas de la mente del hombre.
—Tranquilo —murmuró con templanza absoluta Khalit en su oído—. Estamos preparados.
Grinx tragó saliva. Un ruido. El primero en caer al suelo sin haber comenzado el combate. Apoyos. Brazos con brazos. Incertidumbre. Seguridad. Experiencia. Juventud. ¿Qué es lo que tanto se perdería esa noche?
La primera lanza asomó en el horizonte. Los cuerpos se tensaron. Seguido, se mostraron más. El avance comenzó. Pasos firmes, recios, unísonos. Un ejército atacaba. Temblores. Arrepentimiento. Falta de seguridad y confianza. Simples civiles defendian.
Una flecha voló errática hacia los enemigos. Una queja.
—No os precipitéis —gritó Grinx, cuando su arco era el más tensado de los ahí presentes.
—No son muchos —susurró Khalit.
—Por nuestro bien, eso espero.
Una orden. Los guardias apretaron el paso. Era como estar en la mar y ver una ola gigante sobre tu cabeza. ¿Qué piensas en ese momento? «Los dioses me ayudarán». ¿Y si no existen tales dioses? ¿Qué te ayuda? En la guerra existe un dios absoluto: la determinación.
El primer guardia real cayó víctima de la trampa. Seguidos, sus compañeros. Olor húmedo. Tierra mojada. Arenas movedizas. El ejército se hundía.
—¡Ahora!
Flechas. Muchas. Escudos en alto. El acero contra el acero. Primeros muertos. Meni contaba con la delantera; Eli había dejado un regalito por el camino. La lluvia de flechas seguía. Cada impulso por salir te hundía cada vez más profundo.
—Jefe, los soldados han caído en una trampa.
Osiris levantó la mirada. Era eso. Han usado el agua del río para humedecer la arena.
—Caballería —ordenó el hombre—. Atacad por los flancos.
Dos hordas de jinetes saltaron a la marcha, bordeando al grupo de compañeros que caían presas de una arena que engullía todo a su paso.
—¡Grinx!
—Aún no. Deben estar más cerca.
La ráfaga de lluvia continuaba contra los soldados inmóviles. Mientras tanto, una espera. Grinx, con un nudo en la garganta, esperaba la señal. La caballería se acercaba a paso veloz. Solo hombres con los nervios de hierro podían mantener la postura ante dos avanzadas de jinetes por cada lado, dispuestos a atropellarlos.
Un destello en lo alto de la torre más alta de Meni. La señal.
—¡Jax! —un grito capaz de dejar sordo a cualquier oyente cercano.
De detrás de los dos grupos de soldados salieron los cazadores. Como víboras escondidas en las arenas, los hombres a caballo de Jax se habían escondido para tomar la espalda de los enemigos. Los tenían rodeados: flechas por delante y espadas por detrás.
En la cúpula de mando enemiga, una sonrisa saltó.
—Emboscada… no me parece mal —bufó Osiris—. Un truco algo predecible.
Dio la señal a su capitán, el cual lanzó en un segundo la orden. Otras dos hordas de jinetes salieron a la marcha en busca de las espaldas de los hombres de Jax. Emboscada a los emboscadores. Depredadores cazando depredadores. Solo un resultado: sangre contra sangre; gana quien tenga más hombres.
—¿Qué puedes hacer ahora, querido enemigo? —dejó escapar Osiris las palabras al viento.
Cuando la ola está a punto de aplastarte y la determinación no alcanza, ¿qué haces? ¿Vuelves a rezar? No. La ola es implacable. ¿Se puede derrotar a un enemigo implacable? Sí, no, tal vez… depende del segundo dios que guía a los hombres en la guerra: la preparación.
—Poco a poco vas revelando a tus hombres —escupió Grinx, también al viento.
Sin ni siquiera verse a los ojos, los dos comandantes parecían estar compartiendo una conversación fluida. A lo mejor ese era ese sentimiento. Esos hombres que pudieron experimentarlo, y en vez de llamarlo estupidez, decidieron llamarlo el ARTE DE LA GUERRA.
—¡Abrid las puertas! ¡Ahora!
Grinx y sus compañeros en la barricada abandonaron sus puestos para adentrarse en la ciudad a toda velocidad. La primera horda de caballería no tuvo otra opción que adentrarse también. Los hombres de Jax los tenían acorralados.
—¡Vamos, compañeros! —gritó Jax—. ¡Golpeen con fuerza esas monturas!
Lograron entrar también en la ciudad, acorralando a la primera horda de jinetes y cerrándole la puerta en la cara a la segunda. Osiris hizo una mueca de rabia.
—Esto era lo que buscabas. Estás destrozando a mi ejército por partes.