La sangre bañaba la pared del fondo en un tono rojo oscuro. Cada golpe era como música para sus oídos. La oscuridad de la habitación era un reflejo de lo que podría ser la mente de esa pobre alma, víctima de lo que sabía, pero no podía —o no quería— decir.
La mirada del joven Osiris denotaba angustia y decepción. Resoplaba al compás de cada impacto del verdugo. Su padre se acercó a su lado; con un leve soplido, apartó algunos cabellos que le obstruían la visión. El niño tuvo que alzar la vista para alcanzar el rostro de su progenitor.
—Últimamente vienes mucho aquí —dijo el hombre con voz ronca—. Esa cicatriz en su cuello podría ser la causante de ese tono.
Osiris permaneció en silencio unos minutos. Observaba con muecas de desagrado cómo el torpe verdugo ponía fin a su trabajo. Una enorme lanza se alzó ante el interrogado.
—¿Vas a hablar o prefieres morir?
La víctima se limitó a bufar con desdén, consciente de su final. La lanza penetró con fuerza el cráneo, terminando la sangrienta obra de arte de la pared del fondo. Un arte abstracto y, para muchos, grotesco; pero, bajo el juicio de Osiris, aquello no era más que una derrota para el torturador.
—Ha perdido —afirmó Osiris con firmeza.
Su padre lo miró enarcando una ceja, incrédulo. El verdugo ya estaba recogiendo sus armas, mientras el interrogado yacía sumergido en su propia sangre.
—¿Por qué piensas eso? —preguntó Atón.
—Es un duelo —expresó Osiris—. Una batalla entre el dolor y el aguante. Si el verdugo no logra obtener la información, ha perdido.
Padre e hijo entraron en la habitación tras la marcha del verdugo y de que un par de guardias sacaran a rastras el cuerpo del fallecido, dejando un rastro carmesí a sus espaldas.
—No todos los hombres hablan —dijo Atón mientras pasaba la mano sobre las herramientas de tortura que descansaban en la mesa.
Osiris se detuvo frente a la pared del fondo. Aquel derroche de sangre solo confirmaba su teoría.
—Si no logras extraer la información, has perdido —sentenció—. Matar a tu prisionero solo denota falta de pericia y carencia de honor.
Atón asintió con la cabeza mientras, con una pequeña tela, limpiaba los instrumentos. Sabía por experiencia que la mejor forma de eliminar la sangre era cuando aún estaba fresca.
—Aún eres joven e ingenuo —comentó el padre—. Apenas eres capaz de vincular tus ideales con la realidad.
—El ingenuo eres tú, padre. Mira esta pared: por mucha sangre que corra por ella, el muro permanece intacto. Los humanos somos igual; podemos mancharnos las manos y luego limpiarlas.—La sangre comenzaba a escurrirse dejando ver nuevamente el color de la pared—. Lo que no puedes limpiar es la mancha en tu honor como hombre.
El muro de piedra que tenía enfrente le recordó aquella pared de aquel día. Desde entonces, nunca volvió a cruzarse con su padre en la sala de torturas. «Nunca pudiste soportar el peso de la verdad, padre», pensó.
Osiris observaba con mirada afilada a aquellos tres hombres. Esa noche, ellos serían sus interrogados y él cumpliría su papel de verdugo como tantas otras veces; solo que, esta vez, no tenía que buscar maneras ingeniosas de obtener información. Esa noche podía matar sin más preámbulos.
Jany tragó saliva. El sudor no dejaba de correr por su frente, pero cada gota se sentía fría, como una bola de nieve del norte. El aire en el ambiente pareció esfumarse y el ruido de la batalla en los alrededores cesó. Un mundo entero cabía en esos segundos en los que sus miradas se cruzaron.
Khalit se lanzó al frente, con su piedra brillando con intensidad. La lanza de Osiris arremetió contra él, pero un movimiento ágil de manos le permitió esquivar el arma. Khalit lanzó un puñetazo directo al rostro de su oponente, pero, al brillar la piedra de Osiris, este apareció un par de metros a su lado. Osiris se perfiló para contraatacar, pero tuvo que defenderse de la embestida del bastón de Jany.
El humo del fuego de los alrededores complicaba cada vez más el campo de batalla. Osiris seguía pareciendo imbatible; su sobrino lograba mantenerle el ritmo, pero el inspector Jany comenzaba a dar muestras de fatiga.
—Tienes que aguantar —las palabras de Maxi se repetían continuamente en su cabeza.
Osiris también comenzaba a impacientarse. Sus oponentes lo atacaban, pero eran embestidas predecibles y poco peligrosas. Parecían buscar desgastarlo, una estrategia que le resultó estúpida: su piedra nunca se agotaría. Decidió cambiar de táctica.
Salió disparado como un relámpago hacia su sobrino. Khalit apenas pudo reaccionar y, por puro instinto, se cruzó. Como Osiris tenía previsto, el bastón de Jany fue a por él. Con un astuto movimiento de pies, cambió su trayectoria y se dirigió hacia el chico.
Jany quedó petrificado ante aquel movimiento. En sus pupilas se reflejaba la llegada de su enemigo, envuelto en rabia. Cuando la lanza de Osiris estaba a punto de penetrar el rostro del joven, este salió disparado hacia un lado. Osiris miró atrás, confundido. Khalit había sujetado el bastón y, moviéndolo con fuerza, logró cambiar la posición del chico a tiempo.
Jany yacía tirado en el suelo, desprotegido. Osiris se percató de ello y se perfiló rápidamente para rematarlo. Sin embargo, la piedra de Khalit brilló con una intensidad cegadora. Se lanzo a lo loco a por su tío. Osiris sonrió. Era justo lo que esperaba.
Cuando menos lo esperaban, Osiris se detuvo en seco. Aguardó el ataque de su sobrino con una frialdad gélida. Un instante antes del impacto, su piedra brilló, desvaneciendo su presencia. Khalit golpeó el aire vacío, quedando totalmente expuesto; esta vez, Jany no tenía el bastón en mano para cubrirlo. Fue entonces, al ver como el pánico se apoderaba de sus sentidos, cuando este comprendió la trampa: la urgencia desesperada lo había arrojado al ataque, descuidando cualquier resquicio de retaguardia. Era exactamente lo que su tío buscaba.