HACE TREINTA Y CINCO AÑOS ATRÁS
El campamento esperaba ansioso la señal. Alguno que otro ya había dado el primer sorbo a su jarra; eran conscientes de que, tarde o temprano, recibirían su castigo, pero por el momento tocaba disfrutar. El sacerdote continuaba recitando la oración, mientras dejaba escapar entre dientes una pícara sonrisa, a sabiendas de la tortura por la que estaba haciendo pasar a su gente.
—Bastante han sufrido ya —dijo Darius, colocando su mano sobre el hombro del religioso—. Mira esas caras; parecen que van a explotar en cualquier momento.
El sacerdote lo miró de reojo y le hizo una mueca.
—Sin la bendición de los TRES SUPREMOS no podemos comenzar la celebración.
—¿Acaso esperas que se aparezcan, suenen una campana o algo así?
El sacerdote frunció el ceño, enfadado.
—No te burles de nuestra fe.
Darius soltó una ruidosa carcajada.
—Yo… imposible… pero todo en esta vida tiene su momento, ¿no crees?
El sacerdote bufó con soberbia y apresuró el ritmo de sus oratorias. Pasados un par de minutos, por fin soltó la frase que daría inicio al caos:
—¡SHAIZ, HAATME y UTARATA aprueban nuestra celebración!
Los juglares rompieron la angustia con una melodía acelerada. Era tan perfecta que habría sido digna de acompañar cualquier canción de los coros de Solarys. Lástima que aquellos hombres hoy solo beberían y bailarían como enfermos, demasiado alterados para notar la excelencia de cada nota. Sin embargo, eso no bajaría el ánimo de los músicos; cada uno se iba a dejar el alma esa noche. No siempre se conseguía una victoria como aquella: si lloraban cuando perdían, ¿cómo no celebrar cuando ganaban?
De entre todos destacaba un apuesto niño rubio que tocaba una flauta dorada. Su respiración se mantenía constante y sus dedos se movían a una gran velocidad, con exactitud milimétrica. Lyonnel notó cómo la mirada del niño se mantenía fija; probablemente nadie más se había dado cuenta, pero frente a sus ojos había un diminuto ente marcándole el ritmo.
«¿Acaso su flauta tiene un Zylos?», pensó.
Luego miró a su cintura, donde descansaba Tormenta.
—Si al menos pudiera hablar con el mío… —dijo con un gesto de resignación.
A su lado, un hombre cayó desplomado, haciendo añicos la mesa que tenía delante y arrasando con la poca comida que quedaba. Lyonnel miró a su costado y vio a un par de hombres afilando sus puños; entre ellos, cómo no, estaba Grinx.
—Maldición, ya empezaron.
¿Qué era una celebración sin unas buenas peleas? No se necesitaban grandes motivos: una mirada malinterpretada, celos por alguna mujer, un favor mal devuelto… Realmente no importaba, si es que acaso existían motivos reales. Pelear era fundamental para que la celebración alcanzara su apogeo.
Como no podía faltar, también estaba el baile. El círculo alrededor de la fogata era un espectáculo en sí mismo. Cada baile era más particular que el anterior; no existía tanta diferencia entre el grupo de salvajes peleando y aquellos bailando, pero ¿qué más daba? Solo un estúpido aburrido se pondría a juzgar a alguien en esa situación.
Diana encabezaba la cola, marcando el paso, seguida por Darius, y así sucesivamente hasta formar una fila gigantesca que atraía a más y más gente. Lyonnel se había apartado detrás de una carpa para que la cola no lo succionara.
Su sorpresa fue mayor cuando encontró a Max detrás de unas cajas, intentando conquistar a un par de damas. Una de ellas le lanzó un bofetón que lo hizo dar una vuelta sobre sí mismo. Lyonnel se llevó la mano a la frente mientras su amigo se acercaba con la cara roja como un tomate pero, como siempre, con el espíritu intacto.
—¿Acaso no te cansas de que te rechacen? ¿Por qué no paras?
Max soltó una carcajada y tomó a su amigo por el cuello, dándole unos golpecitos en la cabeza.
—Si paro, nunca lo conseguiré —dijo alegremente—. Además, no puedo dejar que ese maldito de Darius me gane; bastante tengo con que me quitara a Diana.
Ambos miraron a la chica. Atrás había quedado esa pobre niña que rescataron en la torre. A pesar de sus heridas y sufrimientos, había elegido el camino de seguir adelante. Los boticarios de Solarys no podían creer cómo seguía viva cuando llegó; trataron sus daños con rapidez, pero, irremediablemente, hubo secuelas permanentes. Entre ellas, daños severos en su útero debido a una herida profunda en esa zona.
—Bueno, me voy —dijo Max—. Me han comentado que ha llegado una chica nueva al campamento. Dicen que tiene un bastón que se expande. A lo mejor tengo suerte esta vez.
Lyonnel lo despidió con la mirada y continuó observando el caos de la celebración. Ya empezaban a caer los primeros, ya fuera por la bebida, por los golpes o por el simple cansancio. Como siempre, el cierre de cada fiesta llegaba cuando todos estaban tiesos en el suelo. Ya el sacerdote les pasaría factura al día siguiente por todo el daño causado a las instalaciones.
—Hey… ¿acaso no celebras? —comentó Darius, que se había acercado a su lado con un par de jarras para compartir.
Lyonnel parpadeó, sorprendido. Siempre le pasaba lo mismo con él: a pesar de que solo era unos cinco o seis años mayor, Darius se veía demasiado maduro. A su corta edad, ya era comandante y muchos lo postulaban como el próximo rey cuando el reinado de los Magos Oscuros cayera.
—No, gracias. No me gusta el sabor del alcohol.
Darius lo miró fijamente a los ojos y soltó una carcajada. Aún seguía siendo ese mismo joven que años atrás llegó con sus amigos a su campamento de guerra.
—¿Crees que exista alguien que beba porque le guste el alcohol?
Lyonnel lo miró torciendo el gesto y encogiéndose de hombros. Darius le entregó la jarra y se sentó a su lado.
—Míralos —dijo, señalando al frente—. Solo beben para embriagarse. Aunque solo sea una noche, son estas las que les permiten mantenerse en pie en cada batalla.