—¿Afirma usted saber estar bajo la gracia del Señor?
Básicamente, desde la creación del ser humano, la creencia en fuerzas más allá de la conciencia ha estado presente en el inconsciente colectivo. La fe se comporta como un arma de doble filo: muchas veces es aquello que no ves y te impulsa a seguir; otras, es lo que te ciega y te hace cometer acciones radicales. Pero, realmente, ¿qué es la fe? ¿Qué es creer en el Señor o creer en general?
TRES HORAS ANTES
Tierra Santa emanaba un olor agridulce esa mañana. La gente se movía sin prestar atención a su paso; todo era una carrera desenfrenada hacia la catedral de la ciudad. Una cantidad ingente de amuletos y objetos —cruces, en su mayoría— adornaban a cada persona; todas portaban algo. ¿Tendrían esos objetos algún valor real o solo serían piezas donde refugiaban su fe? El sudor también ocupaba un espacio en la decoración.
Artur los miraba desde el tejado de la casa de Atheus. Para él, esas cosas solo eran adornos. La religión Terna no tenía amuletos ni simbología; toda su historia se basaba en la creencia en los TRES dominadores del mundo: la naturaleza, los animales y los Magos Oscuros. Aunque, según cuenta la leyenda, ante el control de estos, el último SUPREMO era un humano.
Pero esta gente era diferente. Tenían escrituras, profecías, mandamientos, pecados y rutinas de rezos. Los sacerdotes ternarios se regocijaban de tener códigos y doctrinas, pero, para Artur, no eran más que patrañas para asegurar su lugar en los reinos de Eryndor. No era de extrañar que, en Brymorio, creyeran en sus propios dioses.
El chico tomaba notas en una hoja; su ansia de conocimiento no cesaba nunca. Cada nueva experiencia le hacía sentir chispas en su interior. Dibujando a la gente correr, cayó en la cuenta de algo simple, pero que para alguien que no creyera sería difícil de entender:
—Para esta gente, creer es su forma de vivir —gritó.
Mafalda y Alice se sobresaltaron. Estaba tan tranquilo y, de repente, el chico había soltado un grito. Artur se sonrojó y volvió, apenado, a centrarse en su dibujo. Tormenta, pensó, he dicho un pensamiento en voz alta.
Pero se trataba de eso. La manera de entender la vida para este pueblo era así. Cada problema, calamidad, logró, enseñanza o angustia lo achacaban a la palabra de su Señor. Herejía. La palabra le resultaba desconocida al chico. Matar a alguien por no creer sería algo insólito en la capital; allí, incluso, la creencia en los SUPREMOS era vista por algunos como simples habladurías. Aquí, en cambio, hasta podrías ser quemado vivo.
¿Cómo es posible que gente capaz de profesar amor pueda sumir al mundo en tanto odio?
Artur terminó su dibujo y lo observó con una mueca. No había quedado exactamente como quería, pero no estaba mal.
—¿Crees que el plan funcione? —preguntó Alice, tajante.
Mafalda la miró seriamente.
—Hacerle creer a esta gente que su dios no existe —respondió, resoplando dubitativa—. Son capaces de matar por él; no creo que duden ahora.
Artur observaba a las chicas hablar. Hacer que no existe... no era exactamente ese el plan. Los maestros de Artur siempre repetían una frase cuando querían regocijarse en su propio ego: «Un verdadero maestro no dice, demuestra».
La gran campana de la catedral marcó el inicio de la ceremonia. Tanto hombres como mujeres vestían túnicas oscuras; Atheus, en cambio, había elegido esa mañana una túnica roja, llamativa y desafiante. A pesar de su reciente negación por la fe, había encendido una vela al alba y susurrado plegarias mientras la cera se consumía junto a sus deseos.
Artur y los demás se apresuraron para conseguir sitio en los asientos superiores del recinto, una reciente modificación en las capillas dedicadas a los santos con la intención de albergar a más fieles en su interior.
Radis experimentó un leve escalofrío al pisar aquel lugar. Sus ojos se tensaron al divisar el altar mayor, donde se alzaba un deslumbrante crucifijo rodeado de velas y flores. La belleza del sitio golpeaba el alma de los presentes con la intensidad de lo sagrado; era como levitar en un lugar ajeno a la tierra, una sensación de divinidad absoluta.
Una vez ocupados los asientos en lo alto de la catedral, apareció Atheus. El silencio consumió el lugar. El hombre observó ambos ambones: en uno se hallaba un anciano encorvado y de cabello níveo, a quien sus acompañantes llamaban Papa; en el opuesto, resaltaban las figuras de cinco hombres que observaban con mirada inquisitiva.
Antes de que Atheus diera paso a la acusada, la tensión se hizo patente. Los comentarios sobre sacramentos y eucaristía dejaban entrever la realidad de Tierra Santa: un pueblo entregado a una causa, pero dividido en sus motivos y condiciones.
Atheus pidió calma y, con voz ronca y casi tiritante, dio paso a la acusada.
Las puertas se abrieron de par en par con el estruendo monstruoso de la madera rascando el suelo. La luz se coló iluminando el pasillo central, formando una pasarela que sugería la entrada de un rey. Sin embargo, lo primero que apareció fueron unos pies cansados, amoratados por el poco respiro que permitían los grilletes.
Luego, una cabellera desaliñada, cuyos mechones parecían enredarse entre sí como lianas infinitas. En sus manos destacaban unas uñas negras, casi tanto como las de cualquier herrero tras horas golpeando el testarudo hierro.
La sala era un hervidero de emociones: miradas de compasión, rabia que quemaba el alma, desdén chulesco o admiración transformada en adoración. Pero solo una persona era un mar de sentimientos encontrados. Atheus observaba desde la distancia, dejando ver cómo se quebraba algo dentro de sí. Aquella niña que una vez se mecía en sus brazos, hoy era juzgada bajo las mismas creencias que él mismo le había transmitido.
Los caballeros dejaron a la dama frente al altar y retrocedieron un par de pasos.
—Hoy estamos aquí en presencia de nuestro Señor —comenzó a dictar Atheus—. Es nuestro deber juzgar a aquellos que han violentado los mandamientos divinos de nuestro santo testamento. A continuación, cada parte puede expresar su posición.