Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 27-El mundo más allá de la vida

Una lejana tormenta tronaba con rabia en las Altas Montañas del norte, allá en el nacimiento del río. Una acumulación de nubes oscuras se juntó, desatando un trueno que golpeó con fuerza la tierra. Esa fue la última descarga antes de la salida de un inminente sol radiante.

La luz se colaba de entre los cristales del castillo, bañando el rostro de Artur, que se despertó de sopetón, tocándose instintivamente el cuello donde recordaba haber sido alcanzado por la daga de aquel creyente.

—¿Dónde estoy?

A sus alrededores se alzaban montañas de libros a mares. Libros con un color oscuro. Unos arriba de otros, en el suelo, en las mesas de lectura. Desde los tomos más gruesos hasta aquellos que narraban pequeñas canciones de comerciantes del mar. Artur sintió en su olfato aquel olor característico de los libros, ese olor natural de la composición del papel y el paso del tiempo.

El chico caminaba acariciando con sus dedos cada estantería, cada tomo. Sus instintos más primitivos comenzaban a traicionarlo, dejándole escapar una sonrisa genuina y un resplandecer en los ojos frente a semejante deleite de arte.

¿Cuánto conocimiento podía haber en esta sala? Historias, aventuras, cuentos, leyendas. Todo lo que un amante de la lectura pudiera desear. Artur flotaba como una polilla en un gigantesco jardín hasta que un símbolo en el lomo de uno de los manuscritos llamó su atención. Con sus manos apartó a los adyacentes, de un soplo limpió bien la cubierta y encontró la tan excéntrica cruz de Tierra Santa.

Era el libro que leía hace un momento. Inmediatamente sintió un punzón en el cuello. Es verdad, yo no estaba aquí, pensó. Salió corriendo de un plumazo en busca de la salida, cuando al pasar a través de dos estanterías vio al fondo ese inolvidable lugar en donde tantas y tantas veces se refugió a leer horas y horas.

Su mente comenzó a encajar las piezas. Lanzó una mirada panorámica al lugar. Aunque duplicaba en libros a ese sitio, no cabía la menor duda: era la biblioteca del castillo en Crown City. En su garganta se formó un nudo al observar ese mar de páginas. Era lo que siempre había deseado. Tener todas las escrituras de Eryndor. Miró sus manos temblorosas; estas tenían un brillo que, aunque leve, contrastaba un poco con la claridad del lugar a pesar de la luz del sol.

—Acaso estoy muerto...

Salió corriendo despavorido entre los pasillos del castillo. Conocía estos caminos, había pasado toda su vida en ellos. Por eso le resultaba tan chocante el no cruzarse con ningún guardia, o al menos con alguna de las innumerables sirvientas que atendían en él. Abría cada puerta en cada habitación, pero el resultado era el mismo: todas albergaban la nada absoluta.

Corrió hacia el salón principal de los aposentos. Tal vez estaban todos reunidos. A medida que se acercaba, un olor familiar le llegó a la nariz. Era ese tan característico incienso que tanto quemaba su padre en sus tardes libres. Cuando era niño, corría detrás de ese olor esperando para lanzarse a los brazos de su progenitor y disfrutar de una tarde sumergidos entre libros e historias.

Apresuró el paso para llegar cuanto antes. El salón se encontraba exactamente como lo recordaba: esa espectacular mesa de madera en el medio, cada lámpara de aceite con formas imposibles y decoradas con las más extravagantes joyas, y esas cálidas alfombras de piel de las que tanto se quejaban las sirvientes por tener que limpiar.

Un sentimiento de paz le golpeó el pecho. Caminó hacia el centro del salón. Enfrente de él encontró a su padre dándole la espalda; estaba en el suelo con un par de libros a su lado, haciendo gestos algo extraños, más bien se podrían decir graciosos. Artur lo rodeó por su derecha hasta ver que el hombre jugaba con lo que parecía ser un niño.

El cuerpo se le empezaba a helar. Tomó algo de aire para calmar la tensión; tal vez era su mente enviándole recuerdos de su niñez, pues muchas personas contaban que los humanos veían sus más queridos recuerdos a la hora de morir.

El hombre desbordaba una alegría incandescente. Artur nunca había visto esa mirada en su padre. No es que no hubiera recibido cariño, pero hay algo en los humanos que es incapaz de mentir, y esos son los ojos. En la mirada de su padre, siempre muy a lo profundo, notaba un vacío; en cambio, esta mirada parecía plena, feliz, satisfecha.

El niño con el que jugaba, por el contrario, no se parecía en nada a él. Era difícil saber cómo había sido de pequeño, pero había un detalle que lo delataba: todo su cabello era negro al igual que el de Darius, nada parecido a sus mechones dorados. Además, el pequeño portaba ropa de un color oscuro, muy parecido al de los libros de antes.

Podía escuchar sus voces, pero era como si ellos no notasen su presencia. El brillo de su cuerpo seguía sin encajar en el ambiente. Al fondo, detrás de unas inmensas cortinas blancas, se escucharon los pasos y la voz de una mujer que se acercaba.

—No puede ser —murmuró el chico—. Madre.

Artur nunca llegó a conocerla, pero su rostro no le era desconocido; había decenas de pinturas de ella a lo largo de los pasillos del castillo. Dio un paso hacia allí buscando sentir el calor del abrazo de una madre que nunca pudo tener, cuando quedó petrificado al ver a la criatura que portaba Diana en sus brazos. Darius y el otro niño salieron corriendo a abrazarla.

—Qué diablos es esto, acaso ella...

Aunque su padre nunca le llegó a hablar de ella, en el castillo los rumores volaban como pan recién horneado. Entre las sirvientas se comentaba que él era un bastardo, que la reina no podía tener hijos; otros decían que Diana había vendido su alma a un mago oscuro a cambio de que este le proporcionara una criatura, por lo que había muerto después de dar a luz.

Rumores o no, la posibilidad de dos hijos nunca existió. Si hubo una posibilidad de que existieran, solamente sería en la mente de Diana, en sus anhelos.




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