—Por más que lo intento, no logro entenderlo. ¿Por qué solo algunos tienen ese privilegio y otros no?
Osiris renegó con la cabeza, apartando un mechón rebelde de la frente antes de cruzar los brazos con pesadez.
—La vida nunca ha sido justa con nadie. Por eso mismo, vivir con honor es lo único que verdaderamente te honra.
Su hermano menor lo miró arqueando una ceja, dejando escapar un leve pliegue divertido en los labios ante tanta solemnidad.
—Tú siempre con tus discursos y tus palabras complicadas... —sentenció antes de ponerse en pie de un salto y echar a correr por el pasillo—. ¡El último en llegar a la mesa se queda sin pan!
Osiris soltó un quejido de frustración, pero de inmediato se lanzó a perseguirlo a toda velocidad. Las escaleras de piedra del templo eran empinadas y traicioneras; para sus padres siempre habían representado un constante dolor de cabeza, pero para ellos eran poco menos que un tobogán improvisado por el que deslizarse sin mirar las consecuencias.
En medio de su ruidoso alboroto, cruzaron a toda carrera frente a la habitación de Metif, quien permanecía absorto y entretenido estudiando la compleja disposición de sus mapas. Al escuchar el revuelo, asomó la cabeza con curiosidad genuina y, tras captar al vuelo los gritos sobre el pan, abandonó sin pensarlo el papel y la tinta para unirse al caos y abalanzarse tras ellos.
Aproximándose de golpe al tramo final de la escalera que conducía directamente a la cocina, los tres hermanos intentaron descender de forma simultánea en un último y desesperado esfuerzo por ganar. El resultado fue inevitable: terminaron atascados de golpe entre las estrechas paredes, un nudo de extremidades que se desmoronó y acabó rodando a trompicones por cada uno de los escalones restantes.
Al aterrizar en la cocina, su madre los esperaba con la cuchara de la sopa en mano, inclinada hacia adelante y con el entrecejo tan tenso que parecía a punto de romperse. Los tres bajaron la mirada al unísono, dibujando muecas de fingido arrepentimiento. Conocían de sobra aquella postura: las carreras para ver quién llegaba primero eran divertidas, sí, pero siempre desembocaban en el mismo e inevitable castigo.
Una joven Kamill bufo desde la mesa con suficiencia, mientras soplaba con paciencia la cuchara humeante.
—Niños... siempre haciendo tonterías.
—Abrid la mesa de una vez —ordenó Yhali, golpeando rítmicamente la palma de su mano con el mango de madera—. Vuestro padre debe estar al llegar y no toleraré retrasos.
Al poco rato, un mantel de lino blanco y fina seda cubría la robusta mesa de madera, transformándose de inmediato en un festín que irradiaba colores vivos, formas tentadoras y aromas embriagadores. El agua también abundaba. Asus intentó colar el brazo sigilosamente para robar un mendrugo de pan, pero solo consiguió un manotazo seco y la tajante reprimenda de su madre. El olor a masa recién horneada flotaba en el ambiente, volviéndose irresistible y haciendo salivar a los tres hermanos.
La puerta principal se abrió de par en par con un chirrido solemne. Por ella cruzó el umbral un esbelto hombre de porte imponente, con la lanza en una mano y el escudo firmemente sujeto en la otra. Su armadura brillaba con destellos limpios, y cada paso firme que daba parecía hacer temblar los mismísimos cimientos del templo. Aton no solo portaba la figura imponente de un veterano guerrero; cada fibra de su ser, su pausada y calmada forma de hablar, y esa mirada infinitamente segura transmitían una profunda paz y confianza a cualquiera que tuviera la fortuna de estar a su lado. Con gestos mecánicos, colocó su capa sobre el respaldo de una silla y tomó asiento junto a su familia.
—Han llegado noticias —comentó el hombre, rompiendo el silencio con voz grave—. Al parecer, la avanzada de un tal Darius está dando su fruto; cada vez esta guerra se acerca más a su fin.
Yhali apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos.
—Si todos cooperaran de una vez por todas, tal vez por fin lograríais acabar con esos malditos magos.
Aton vaciló un instante, frotándose la barbilla con gesto pensativo.
—Es complicado. A lo largo de estos años ha habido algunos intentos de alianza, pero jamás un acuerdo firme. Falta una figura, un hombre que sea capaz de representar a todos por igual.
—¡Ese puedes ser tú, padre! —gritó Asus con los ojos abiertos de par en par, incapaz de contener la emoción.
Osiris le propinó un pequeño golpe en la nuca a modo de regaño, un movimiento imprudente que no pasó desapercibido: su madre le clavó una mirada tan afilada y aterradora que el chico se encogió de hombros al instante, pegando el cuerpo a la silla.
—El lugar de nuestro padre está al lado del Faraón —explicó Kamill con tono serio, cruzándose de brazos—. Protegerlo siempre ha sido la sagrada labor de esta familia.
—No hables como si fueras nuestra hermana —murmuró Osiris entre dientes, esbozando una mueca de fastidio.
Yhali golpeó la superficie de la mesa con las palmas abiertas, haciendo que los platos y cubiertos dieran un violento salto y tintineaban al unísono.
—¡No quiero más comentarios! Se acabó. Es hora de comer en silencio.
La familia reposaba con tranquilidad, observando cómo un brillante sol anaranjado teñía la tarde en una cálida y acogedora experiencia. Aton siempre se la pasaba cumpliendo sus labores en la pirámide, por lo que estos momentos en familia eran esas pequeñas gotas de energía que lo impulsaban a seguir adelante.
—Asus se sigue preguntando por qué nosotros tenemos estos privilegios —gritó Osiris de repente, señalando a su hermano menor.
Asus se puso rojo como un tomate, fulminando a su hermano con la mirada. Luego, con los ojos entrecerrados, miró a su padre de reojo. El hombre tomó un profundo respiro antes de soltar una sola palabra.
—Es porque nuestra familia son los guardianes de las piedras —comentó Metif con seguridad—. Algún día nosotros seremos Ascendidos también, al igual que nuestro padre, y protegeremos el reino.