Poderes de vida y muerte

CAPÍTULO 29-La inocencia de las palabras.

Las marcas en el camino parecían abrazarle los pies en cada paso al pequeño Nhain. Aunque el cielo se escondiera en la oscuridad, para él sería imposible perderse; ese camino era su religión. Junto a su sombra marchaban los sacos de cebada que arrastraba cada mañana desde Zurima hasta su humilde hogar en el alto desierto.

Tarareando su canción, se abría paso entre montañas de arena que, a su vista, no eran más que simples obstáculos a vencer en su imaginario. Afrontaba cada uno con determinación implacable. A lo lejos asomaba una formación rocosa; el color rojizo mezclado con el marrón de una de ellas resaltaba singularmente.

El voladizo natural en la base del acantilado de piedra servía como entrada al lugar. Nhain rugió con fuerza, cargando en sus hombros los sacos para que estos no fueran destrozados por las pequeñas piedras que se desprendían por el suelo en las inmediaciones del agujero.

Dentro, el fino pasillo era iluminado por velas en filas, una detrás de otra, como si de las mismísimas tropas de guardia del reino se tratara. El chico reía a carcajadas al sentir el calor de las velas abraszándole el rostro; era como sentir el abrazo cálido de una madre, lo que significaba que estabas en casa.

Al fondo del estrecho camino, un mar de velas iluminaba el ambiente, como no podía ser de otra manera; por algo su casa era conocida como "El pueblo de las luces". Cada rústica casa de madera y telas se iluminaba con alguna de ellas. El olor dentro era tan fuerte y chocante que, de no estar acostumbrado, podría marear a cualquier persona.

Como de costumbre, el chico corrió a la acogedora plaza central, donde siempre se encontraba su abuelo Nour, rodeado de velas quemando sus plegarias a los dioses de Brymorio, rezando por un sol iluminante y por una abundante tormenta de lluvia.

—¡Aaabbuelo, miira… he vuelto aaa conseguir comida!

Nour se giró hacia él con una sonrisa orgullosa. Pocas eran las veces que Nhain lograba llegar con algo, pero el esfuerzo del niño era más que meritorio. Haber perdido a sus padres tan pronto hubiese sido el catalizador perfecto para caer en una vida llena de malicias y apartada de los dioses; pero Nhain era un alma genuina, alegre hasta un punto irrompible.

—Has conseguido dos sacos —comentó Nour sorprendido, dándole una caricia en el pelo—. Estoy muy orgulloso de ti.

—¡Aaavisemoleess aa todooos, paara que que quee veengaan!

Nour tomó su bastón, el cual descansaba en la arena, y dio un par de golpes al suelo, creando un temblor en todo el lugar. Nhain siempre quedaba boquiabierto con ese truco. Muchos pensaban que era cuestión de fuerza, pero el chico sabía que los toques se trataban de sutileza: tocar el punto exacto para que la tierra vibrará.

Al ver los sacos del joven, todos corrieron al unísono. —¡Cebada! —gritó uno de ellos. Nour, riendo, les pedía calma y compartía una porción con cada uno. Muchos gritaban de alegría, bramando por el sabroso pan que prepararían ese día; otros solo agradecían con lágrimas en los ojos.

Los primeros habitantes de esta cueva habían sido listos: esta se encontraba justo encima de las aguas subterráneas del Anubis. El faraón era consciente de esto, pero había permitido un pequeño pozo siempre y cuando se usara con conciencia. Aún así, Brymorio por esa época no era una víctima de la sequía, aunque empezaban a asomar indicios. En cuanto a la comida, era diferente.

Cada mañana, hombres del pueblo salían en busca de sustento. Con que solo uno consiguiera volver con algo significaba la vida para la gente habitante en esa humilde gruta en la montaña. Hombres grandes y hábiles seguían sorprendidos por la capacidad que tenía el chico para conseguir comida. Tal vez era porque daba pena a la gente de la ciudad y podían empatizar con él, o tal vez su curiosa manera de trabarse al hablar les causaba risa. Fuera como fuera, Nhain se sentía igual de bien con la comida que con el desborde de elogios que recibía cuando lograba llegar con las manos llenas.

Una vez repartidas las porciones del día, Nour y Nhain volvieron a su humilde hogar a cocinar las ganancias de la jornada. El niño sonreía más de lo normal; el pan de cebada era su favorito, a comparación del de trigo. Mientras esperaba la comida, cayó presa de un brillo que parecía venir de una caja en una esquina de la casa.

—¿Quuee es es eee eso, abbuello? —preguntó curioso, mirando de reojo la caja.

—Eso es nuestro regalo para el Faraón este año en la Fiesta de Opet. Uno de nuestros exploradores dio con ella abandonada en el desierto.

Era una gema preciosa, verde cristalina, capaz de hipnotizarte si la veías un largo rato. Una belleza única que resaltaba en aquel lugar.

—Puede que se le haya caído a algún comerciante extranjero. Con ella recibiremos la gratitud del Faraón y, con ello, la de los dioses. Este pueblo prosperará.

Los ojos del niño brillaban con la misma intensidad de la gema, embelesado ante semejante preciosidad.

—¿Has escuchado algo de lo que te he dicho, Nhain? —preguntó Nour mientras le servía su porción de pan recién horneado.

—Loo lo siento… —dijo el chico rascándose la nuca—. Solooo quu que ees un regalo o aasi.

Nour lo miró serio un segundo; luego resopló, dibujando una sonrisa en sus labios.

—Es un regalo, uno que te hace gritar, saltar, morir de la sorpresa.

Esa noche, abuelo y nieto pudieron irse a la cama con los estómagos saciados, en busca de recargar energía para afrontar la próxima salida del sol.

Con los primeros rayos de la mañana, Nhain tomó su equipamiento. A pesar del extenuante calor, cubría todo su cuerpo con telas finas para evitar al máximo las quemaduras. Como cada mañana, Nour le preparaba un concentrado de agua y ácido de plantas autóctonas de Brymorio, el cual no calmaba el rugido de las tripas, pero al menos servía de fuente de energía.

El chico puso rumbo a la capital en busca de nuevos desafíos. Ese día no era cualquiera en la ciudad; los preparativos de la fiesta habían comenzado y, como cada año, esos días eran como sentir el caos en la piel, aunque para Nhain era un fuego que le animaba el espíritu. Cuanto más trabajo, más posibilidades de conseguir comida.




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