No pienso en ti, no te creo.
Hay libros apócrifos que me hacen,
me hacen ateo; no te creo
que exista la luz y un credo.
Todas esas palabras son basura,
porque no me rehúso con el mechero
a decir que en Dios yo no creo.
Pero no los ofendo, no los detesto.
Lo que me molesta es ver en su destello
que dejan su vida a lo no visto bello.
No soy un creyente honesto
y toda mi familia es devota en esto,
pero decir que la violación
es una bendición de Dios,
¿decir que abortar es pecado
porque Dios dejó ese regalo?
Me parecen enfermos sus argumentos,
porque agradecemos al vacío
y no al esfuerzo de alguien honesto.
Agradecemos para quitarnos el esfuerzo
de haber conseguido con dolor el dinero.
Dicen que debemos amar para vivir,
pero ¿por qué a los colores los quieren extinguir?
Porque sería una broma ridícula saber
que, con todo esto, jamás lo podrán conocer.
Así que me ves aquí, frente a la iglesia:
no odio a Dios, odio a sus acosadores,
porque ser creyente y obsesionarse es distinto,
y voy a dar con este mi último grito.
No me importa lo que diga el asesino bautizado,
el violador que recibió el perdón divino.
Voy a quemar la Biblia frente a su camerino.