Nos encontramos en esta silla,
a punto de morir por vanidad.
Incluso si fuera solidaridad,
lo que hiciste sabes que estuvo mal.
No tuve la decencia de irme
sin armar una revuelta,
y estoy en llamas;
lo sabes y no me apagas.
Te admiraba todos los días,
era tu amigo desde que sabías
que yo para ti solo dolería;
incluso después me lo decías.
Maldito sea tu nombre,
deseo nunca haberte conocido.
Ahora derramo mis tripas,
deseando tener tu valentía.
Hicimos una gran torre
con ladrillos de mentiras.
Incluso cuando sabías que no era mi culpa,
te defendiste sabiendo que esto suma
a mi dolor enojado, que te ve con lupa.
Desde que llegué a ser como tú,
dijiste que te había humillado.
Presumes ahora tu premio de sinceridad;
jamás diría que es falsedad,
pero diría que me dolió
la vez que juraste que yo te engañé
y que la amistad fue la que manipulé.
Ahora sigo escribiendo tu nombre
porque, después de todo el pavor,
hablaste sobre mí sin temor.
Me negaste exclamar la verdad
y tus amigos me empezaron a molestar.
Le grité al cielo por una razón;
me dijo que los dos no tenemos corazón.
Sabía que te tenía que dejar
y así, al abismo, empecé a manejar.
No fue mi elección irme así,
pero tú sabes lo que hiciste,
tú sabes lo que me hiciste.
Ahora tocas mis tripas,
con eso te inscribes a otro concurso.
Pero cuando te solté mis tripas
nunca logré tener tu valentía
ni tu hipocresía para decir
que los que se ofenden por insultos
son los que tienen culpa en sus mundos.