Dijiste: “tengo que dejarte ir”,
y fue casi como un suspiro quieto.
Me soltaste y me abandonaste
cuando más necesitaba verme.
Frío el libro del viento y veneno
que provocó el vendaval de mi silencio,
y digan lo que digan los demás,
yo también tengo que dejarte ir.
Me salvaste.
Me golpeaste,
sin siquiera haber tocado tu piel.
Me engañaste,
me humillaste;
yo solo esperaba un minuto de tu amor.
Me soltaste y me dejaste ir
cuando más te necesitaba.
Te he necesitado sin saber cómo expresarlo,
guardando mi vida en tus manos blancas.
Me arrastro por una escalera en tu estrella,
pero estaba sin escalón, y tú ya habías subido.
Me soltaste.