Todos dicen saber.
Todos creen entender.
Se nombran expertos
de lo que no pueden ver.
Te juzgan con saña,
te miden el mal,
con una ignorancia
que es casi mortal.
Dicen: "no es nada",
o "podría ser peor",
minimizando
tu propio dolor.
Pero cada alma
es un mundo aparte,
un lienzo de sombras,
un quiebre, un arte.
Cada vivencia,
un peso distinto,
un paso a ciegas
en el laberinto.
El trauma no tiene
una sola medida,
son mil cicatrices
en una herida.
No siempre se nota,
no siempre se ve,
el monstruo camina
al ritmo del pie.
Hay algo en común
en esta agonía:
querer escapar
de la luz del día.
Huir de lo real,
del ruido, del miedo,
perderse en la sombra,
soltar el enredo.
No es odio a la vida,
ni falta de honor,
es solo el deseo
de no sentir dolor.
Ponerse la máscara,
fingir la alegría,
mientras por dentro
crece la sangría.
Reír con extraños,
parecer normal,
mientras te ahoga
un mar de metal.
Pasar desapercibido,
no molestar,
porque si opinas,
te van a juzgar.
Mejor el silencio,
mejor la distancia,
que dar explicaciones
de tanta importancia.
Pero al llegar la noche,
cuando el mundo calla,
se pierde por fin
la última batalla.
Rompemos en llanto,
sin filtros, ni frenos,
lejos de juicios,
de ojos ajenos.
Es el desahogo,
la tregua sagrada,
donde la culpa
se queda enterrada.
Llorar la tristeza,
soltar el ayer,
porque en esa sombra
podemos ser.
Mañana de nuevo
la máscara al sol,
pero hoy en lo oscuro,
no hay más control.
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Editado: 29.07.2026