El niño que alzó su escudo
En la torre sin cielo donde dormía el miedo,
la reina solía llorar en silencio
mientras el dragón vestía de hombre
y escupía fuego entre cenas y rezos.
El castillo era un cuarto sin luz,
el trono, una silla vacía.
Y el rugido —esa costumbre—
se sentaba a la mesa como un huésped fijo.
Pero el niño,
el pequeño,
el que jugaba con espadas de almohada
y coronaba a su madre con besos,
un día dejó de jugar.
Porque vio a la reina encoger su corona
y esconder su voz en el cajón de la culpa.
Así que forjó su escudo con dibujos rotos
y ató una capa con hilos de rabia.
No dijo nada,
pero se plantó entre el dragón y el alma herida.
No gritó.
No lloró.
Solo sostuvo la mirada
como se sostiene el mundo cuando tiembla.
Y el dragón,
ese monstruo que nadie llamaba por su nombre,
retrocedió.
No porque el niño fuera más fuerte,
sino porque era el único que no temblaba.
Desde entonces,
el castillo aún huele a cenizas,
pero la reina vuelve a soñar despierta.
Y el caballero —sin armadura—
vigila desde el pasillo,
como quien sabe que el amor
es el verdadero escudo.