Kaelric
Estaba grabando una entrevista cuándo recibí la llamada de Safiye, ella nunca llama así, contesté la llamada y cuando escucho su tono de voz un escalofrío recorrió mi espalda, sentí miedo. Dejé tirada la entrevista porque no hay nada más importante en este mundo que ella.
Voy en la moto y me salto todos los semáforos, tengo que llegar lo antes posible, mi Solecielo me necesita.
El motor de la moto ruge debajo de mí yo apenas y lo escucho,tengo el teléfono conectado al casco, la llamada sigue en curso.
— Safiye… respira conmigo —digo, firme, aunque por dentro todo se me está yendo de las manos—. Ya voy. No me cuelgues.
Al otro lado solo hay respiración rota. Un sonido irregular, agudo, como si el aire no le alcanzara.
Eso me aprieta el pecho más que cualquier curva que tomo a toda velocidad en las competencias.
Aprieto el acelerador.
Las luces pasan borrosas. Mi mente solo piensa en ella, en el fuego, el humo, en ella estando sola. Asustada.
No. No. No.
— Estoy a minutos, ¿sí? Solo aguanta un poco más.
Un gemido ahogado atraviesa el intercomunicador.
Siento algo frío instalarse en mi estómago.
Llego por fin
Freno de golpe frente al edificio, dejo la moto casi tirada, el ascensor está ocupado, entonces decidí subir por las escaleras y subo los escalones de dos en dos. El corazón me late desordenado, no como en una carrera: esto es distinto. Esto duele.
—Safiye, ábreme la puerta —digo, ya frente a ella.
Silencio.
Solo su respiración, lejana, distorsionada por el teléfono.
— Safiye —más fuerte—. Amor por favor ábreme ya estoy aquí
Nada.
No pienso
Solo actuó por impulso
Retrocedo un paso y embisto la puerta con el hombro. Una vez. Dos. La madera cede con un crujido seco que resuena en todo el pasillo.
— ¡Safiye!—. gritó nuevamente
El olor a quemado golpea mi nariz
La veo
Está en el piso de la cocina, encogida, con la espalda contra el mueble. Las rodillas contra el pecho. Tiembla como si tuviera frío, pero el aire está caliente. Demasiado.
Su mano derecha está ensangrentada, roja contra el suelo claro. No parece darse cuenta.
Sus ojos están abiertos, perdidos, llenos de pánico puro.
— No, no, no… — cruzo la habitación en dos zancadas y caigo de rodillas frente a ella—. Hey, hey, estoy aquí. Estoy aquí.
La llamada sigue abierta. Escucho mi propia voz duplicada, metálica, saliendo del casco, me lo quito y lo tiró a un lado.
— Mírame —digo tomando su rostro con cuidado—. Safiye, mírame a mí.
Ella no responde. Su respiración es rápida, superficial, descontrolada.
En este momento siento rabia. Miedo. Culpa. Todo junto.
— Respira conmigo —ordeno con suavidad desesperada—. Uno… dos… conmigo.
Le envuelvo la mano herida con la manga de mi chaqueta sin pensarlo, presionando para detener la sangre. Luego la acerco a mi pecho, obligándola a sentir mi ritmo.
— Escucha mi corazón —susurro—. Estoy aquí. No pasó nada más. Ya terminó.
Por primera vez, ella parpadea.
Una lágrima cae.
Y en ese momento entiendo con una claridad brutal, que llegué justo a tiempo, pero que ese miedo… ese miedo no se borra tan fácil.
Minutos después, el silencio ya no es amenazante.
Solo existe el sonido bajo de la respiración de Safiye, ahora más lenta, más humana.
Me encargo de limpiar la herida con cuidado extremo. Mis manos, acostumbradas a la precisión y la fuerza, se mueven como si tocara algo frágil, irremplazable, y eso es ella para mí. Ella hace un pequeño gesto de dolor, pero no se aparta.
— Lo siento… —murmura ella, sin mirarme
Yo niego con la cabeza de inmediato.
— No —respondo firme, pero suave—. No tienes nada que sentir.
Coloco la venda alrededor de su mano con paciencia, asegurándome de que no apriete demasiado. Mis dedos rozan los de ella y Safiye suspira, cansada. No de sueño aún, sino de todo lo que pasó.
Cuando termino, dejo el botiquín a un lado y me siento en el suelo, apoyando la espalda en el mueble. La atraigo hacia mi pecho sin apuro, dándole tiempo a decidir… pero ella se deja ir enseguida.
Se acurruca contra mi como si ese fuera el único lugar seguro que conoce., la rodeo con ambos brazos. Uno firme en su espalda, el otro protegiendo la mano vendada. Mi barbilla descansa sobre su cabello. Huele a humo todavía, a shampoo y a algo íntimo que me aprieta el corazón.
— Estoy aquí —susurro, más para mi que para ella—. No voy a irme.
Safiye asiente apenas. Sus dedos se aferran a mi camiseta con la última fuerza que le queda. El temblor desaparece poco a poco.
Pasamos minutos así en la misma posición.
Tal vez más.
El peso de su cuerpo cambia. Su respiración se vuelve profunda, regular.
Está dormida, no me muevo enseguida. Me quedo mirándola, memorizando este momento, como si el mundo pudiera volver a romperse en cualquier segundo.
Con cuidado infinito, la levanto y la cargo en brazos. Es ligera, demasiado para todo lo que acaba de vivir. Ella se acomoda en mi pecho, buscando calor incluso dormida.
Camino despacio hasta su habitación, la dejo sobre la cama, sin soltarla del todo. Le quito las pantuflas, la cubro con la manta y me quedo a su lado un segundo más, asegurándome de que esté bien.
Antes de apartarme apoyo la frente en la de ella.
— Duerme —murmuro—. Yo siempre cuidaré de ti.
Y por primera vez desde que sonó esa llamada, logro respirar de verdad.
Acerco una silla a la cama y me quedo toda la noche ahí cuidando de ella.