Safiye
El nudo en mi garganta se sentía como si hubiera tragado cristales. Me senté en el borde de la cama, hundiendo la cara en mis manos mientras el eco de los gritos de mi hermana seguía rebotando en las paredes de mi cráneo. Cada palabra hiriente que me lanzó era un dardo directo a mi confianza, un recordatorio de por qué siempre me había sentido “la rara”, la que no encajaba.
Lloraba con una desesperación silenciosa, de esa que te sacude los hombros y te deja sin aire. Pero, incluso en medio de mi colapso, podía escuchar la voz de Kaelric resonando desde el pasillo. Él me había defendido. Se había plantado frente a ella con una firmeza que yo nunca tuve, protegiéndome como si fuera lo más valioso del mundo.
El calor de su presencia
Escuché el suave crujido de la puerta. No necesité levantar la vista para saber que era él; su energía siempre traía consigo una calma que yo no sabía darme a mí misma. Sentí cómo el colchón se hundía a mi lado y, un segundo después, sus brazos me rodearon con una fuerza protectora.
Me aferré a su camisa, empapándola con mis lágrimas, mientras él apoyaba su barbilla sobre mi cabeza. Hace años no lloraba así y es que tampoco me lo permitía, durante tanto tiempo guarde mis emociones que ahora todo exploto como una bomba.
— “Ya pasó, Safiye. Respira,” me susurró, y su voz era el único ancla que me impedía salir flotando en mi propio dolor. “No creas ni una sola de las palabras que te dijo. Eres increíble, eres fuerte y eres luz, aunque ahora sientas que todo es oscuridad.”
Se separó un poco, lo suficiente para obligarme a mirarlo. Sus ojos azules buscaban los míos con una intensidad que me desarmaba.
— “No tienes por qué seguir cargando con el peso de las expectativas de los demás,” continuó, apartándome un mechón de pelo mojado de la cara. “Yo veo quién eres de verdad, y te prometo que esa mujer es maravillosa.”
Sus palabras fueron el impulso que necesitaba. Me puse de pie y caminé hacia el baño, ignorando el temblor de mis piernas. Me miré al espejo. Durante años, me había escondido detrás de esos lentes de contacto, tratando de ocultar lo que la naturaleza había decidido hacer distinto en mí.
Llevé mis dedos a mis ojos y, uno a uno, me quité los lentes.
Cuando regresé a la habitación, me sentí desnuda pero, por primera vez, no tenía miedo. Miré a Kaelric directamente, dejando que viera mis ojos bicolor de nuevo en todo su esplendor, sin filtros ni mentiras. Él me sonrió con una mezcla de orgullo y ternura que me hizo querer llorar de nuevo, pero esta vez de alivio.
— Mañana será el primer día —le dije, reafirmando lo que ya le había confesado antes de la pelea—. Mañana empiezo la terapia. Voy a sanar esto, Kaelric. Por mí, y por nosotros.
Él se levantó, tomó mis manos y las besó, sellando una promesa que, esta vez, estaba decidida a cumplir.