Pole Position En Tu Corazón

Capítulo 31

Safiye

Ahora que estoy en los brazos de Kaelric me siento protegida y apoyada, sé que debí decirle sobre lo que ocurrió y no dejar que se preocupara pero salí tan rápido del hotel y luego no podía cargar mi teléfono, además que él tenía una carrera y no quería distraerlo.

Vamos camino al hospital a ver a mi madre, Sahara me llamó molesta por lo que le pasó a mi madre como sí yo tuviera la culpa. Dice que se cayó en el baño y se quebró un brazo está estable aunque ella no ha querido verme estuve al pendiente desde que llegué. Hace poco me llamó que quería hablar conmigo y por eso voy rumbo al hospital.

El aire del hospital siempre me ha parecido pesado, cargado de un olor a limpieza que no logra desinfectar la culpa, Kaelric se quedó en el pasillo a esperarme. Al entrar a la habitación, el corazón me martilleaba contra las costillas, ese ritmo errático que solo ella sabe provocarme.

La vi allí, tan pequeña en esa cama blanca, pero con la sombra de su juicio proyectándose sobre toda la estancia. En cuanto mis ojos se encontraron con los suyos, no vi consuelo, ni el alivio de una madre que ve a su hija. Solo vi ese veneno familiar.

— Mírate —escupió, sin saludar—. Llegas tarde. Seguramente estabas esperando a que diera mi último suspiro para no tener que cargar conmigo. ¿Has venido a ver cómo terminas de matarme?

— He venido a verte porque soy tu hija, madre —respondí, manteniendo mi voz en un tono neutro, como me enseñaron en terapia.

— ¡Mi hija! —se rió con amargura—. Una hija que me deja pudrirme en esa casa o mejor dicho pocilga. Si me hubieras dado el dinero que te pedí para redecorar la casa, para hacerla digna, yo no estaría aquí en el hospital y con un brazo fracturado. Me caí por tu tacañería, Safiye. Por tu egoísmo. Me tienes viviendo en una pocilga mientras tú juegas a ser qué una mujer empresaria.

Sentí el calor subiendo por mi cuello. Antes, me habría disculpado. Antes, habría llorado. Pero hoy las palabras de la terapeuta eran un escudo.

— No, madre. Lo que te pasó fue un accidente. Te doy todo lo que puedo a ti y a mi hermana, siempre de prioridad ustedes y después yo, me obligabas a solventar los caprichos de tu hija preferida y siempre hacia todo para ver si algún día tú me dabas ese cariño que tanto deseo tener. Pero para ti nunca es suficiente. Querías convertir la casa en un museo de tu soberbia y tu propio cuerpo te pasó factura. No me culpes por las leyes de la gravedad ni por tus caprichos.

Sus ojos se abrieron de par en par, encendidos en odio. Dio un golpe en el colchón.

— ¿Cómo te atreves? ¡Maldigo el día en que naciste! Si no fuera por ti, él seguiría aquí. Tu padre… él murió por tu culpa, hubiera deseado una y mil veces que tú muerieras ahí quemada y no Aldrick. Tú eres una asesina nos dejaste a mi y a tu hermana sin tu padre, lo mínimo que debes hacer es mantenernos dignamente.

El recuerdo me golpeó. El humo negro, el crujir de las vigas y el calor insoportable que aún siento en mis pesadillas. Por un segundo, el mundo se tambaleó. Pero entonces, recordé la voz en el consultorio: Safiye, el sacrificio de otros no es una deuda que debas pagar con tu infelicidad, además tú padre no hizo ningún sacrificio lo qué él hizo fue un acto de amor hacía ti.

Me acerqué un paso más a su cama, no con miedo, sino con una determinación que ella jamás había visto.

— Él entró en ese fuego por amor, madre. Algo que tú no alcanzas a comprender —le dije, y mi voz era ahora un muro de piedra—. Él me salvó porque me amaba, y no para que yo pasara el resto de mi vida siendo tu esclava o tu saco de boxeo. Él me dio la vida para que la viviera, no para que la enterrara contigo en este odio.

Ella trató de interrumpirme con un sollozo fingido, pero continué:

— Si él estuviera aquí, le rompería el corazón verte usar su muerte como un arma contra su propia hija. Me culpas por el incendio, me culpas por el dinero, me culpas por respirar… pero la realidad es que el único incendio que no se apaga es el que tú tienes por dentro. Y yo ya no voy a ser el agua que intente sofocarlo.

Me di la vuelta. Sus gritos llamándome “asesina” e “ingrata” rebotaban en las paredes, pero por primera vez, no se pegaron a mi ropa. Caminé por el pasillo del hospital sintiendo que, aunque él murió en el fuego para sacarme de aquella casa, hoy, finalmente, yo estaba saliendo del incendio de verdad.

Me encuentro con Kaelric y lo primero que hace es abrazarme y yo recibo ese abrazo porque realmente lo necesitaba. Ahora paso a caja para pagar la cuenta del hospital.

— Señorita, cuánto es por la Señora Elisa Kingsley —pregunto

— Safiye permite encargarme de esto— me dice Kaelric, a lo que yo niego con la cabeza.

— No, tú no debes hacerlo yo soy su hija, además tú ni siquiera la conoces.

— No lo hago por ella, lo hago por ti, déjame apoyarte por favor — súplica y veo que es sincero con lo que dice.

— Está bien gracias Kaelric.

Luego de pagar nos fuimos al hotel a darnos un baño y a comer algo, Kaelric es mi mayor apoyo y he aprendido tanto con él. Le agradezco a la vida por haberlo puesto en mi camino.

Al día siguiente recibo una llamada del hospital diciendo que le dieron de alta a mi madre y que mi hermana no ha ido por ella.

— Ya te dije que puedo ir sola— le estoy repitiendo a Kaelric quién insiste en acompañarme— No quiero que mi madre te insulte a ti también.

— No me importa, como tu novio yo debo estar ahí acompañandote y protegiéndote de ese campo minado al que vas — responde él

— Está bien pero te quedas en el auto

— Sí, de acuerdo —responde

El ambiente en la habitación del hospital era asfixiante. Mi madre ya estaba sentada en la silla de ruedas, con ese gesto de amargura esculpido en la cara. Kaelric estaba a mi lado, su presencia era lo único que me impedía desmoronarme o salir corriendo de allí. Su energía era tranquila, un contraste absoluto con el caos que emanaba de la mujer en la silla.



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Editado: 19.03.2026

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