Kaelric
Última carrera de la temporada
Autódromo Nacional De Algarve (Portugal)
El rugido de los motores es lo único que llena el vacío de mi casco, un eco metálico que retumba en mi pecho mientras espero la señal. Estoy en la parrilla de salida del Autódromo de Portugal, la última frontera de esta temporada. El asfalto exhala un calor denso y el olor a neumático quemado y combustible me pone los sentidos en alerta máxima.
Mi mirada viaja hacia el sector de los boxes, donde sé que están ellos. Mis padres, Alessandro y Franciny, y por supuesto, Safiye. Estos meses viviendo juntos en Italia o en cualquier parte del mundo dónde nos encontremos han sido la medicina que mi alma necesitaba. Verla despertar cada mañana, ver cómo sus ojos bicolor recuperaron el brillo y cómo su risa volvió a llenar los pasillos de nuestro hogar, ha sido mi verdadera victoria.
Esa estabilidad es la que me ha traído hasta aquí. Mi mente retrocede apenas unos días, a la carrera anterior, cuando logré esa Pole Position perfecta. Fue un momento de comunión total con la máquina; sentía que la moto y yo éramos uno solo, trazando cada curva con una precisión quirúrgica. Ganar esa Pole no fue solo cuestión de talento, fue el resultado de la paz que tengo ahora.
El semáforo todavía está en rojo y el rugido de las motos me vibra en el pecho.
Estoy en la pole position. La gané con mucho esfuerzo, la trabajé curva a curva, y ahora no significa nada si no cruzo primero la meta hoy.
Respiro hondo dentro del casco.
Algarve es traicionero: subidas ciegas, bajadas que te sueltan el estómago y curvas que no perdonan errores. Aquí no gana el más rápido. Gana el que no duda.
Se apagan las luces.
Salgo limpio. Perfecto.
Primera curva, Curva 1, freno fuerte, bajo dos marchas, mantengo el interior. Siento la moto estable, plantada. Cuando levanto la vista, ya lo sé sin mirarlo: Massimo Monclert viene detrás.
Massimo se pega a mi rueda como una amenaza constante. Y un poco más atrás, con la calma de quien sabe esperar, Gian Luca. Mi compañero de escudería. Mi respaldo silencioso.
Algarve no perdona. Aquí cualquier exceso se paga caro.
Massimo lo intenta temprano.
Vuelta 4: se me mete por dentro en la Curva 5. Aguanto.
Vuelta 7: me aventaja en la recta con rebufo. Le devuelvo la posición en la frenada.
Vuelta 9: vuelve a pasarme. Dura apenas media curva. Lo recupero en la siguiente bajada.
Me está atacando una y otra vez, pero cada adelantamiento suyo es incompleto, apresurado. Quiere demostrar. Yo quiero ganar.
Mientras tanto, Gian Luca hace lo suyo.
Constante. Preciso. Inteligente.
No se mete en el caos, no comete errores. Cada vez que Massimo me ataca, Gian Luca está ahí, listo para capitalizar cualquier fallo.
Mitad de carrera.
Los neumáticos empiezan a caer y Massimo empieza a perder la cabeza. En la Curva 14 se pasa de frenada. No lo suficiente para irse largo, sí lo suficiente para perder ritmo.
Es ahí cuando Gian Luca aparece.
Lo pasa con una maniobra limpia, quirúrgica, como si llevara toda la carrera preparándola. Ahora somos primero y segundo. Colores de la misma escudería dominando Portugal.
Massimo no se rinde.
Aprieta. Nos sigue. Nos persigue.
Pero ya no manda el ritmo.
Últimas vueltas.
Yo cuido la delantera. Gian Luca me cubre las espaldas. No hablamos, no hace falta. En pista nos entendemos.
Última vuelta.
Massimo lo intenta una vez más.
Frena tardísimo en la Curva 1, demasiado. Sale mal. Pierde tracción. Gian Luca se escapa definitivamente.
Última curva.
Abro gas con todo lo que queda.
Cruzo la meta primero.
Gian Luca cruza segundo.
Uno–dos para la escudería.
Massimo llega detrás, derrotado no por falta de velocidad… sino por exceso de desesperación.
Levanto el puño.
No solo gané la carrera.
Demostramos quién manda.
Portugal fue nuestro.
El himno todavía resuena cuando subimos al podio.
El trofeo pesa en las manos, pero no tanto como todo lo que significa llegar hasta aquí.
Gian Luca está a mi lado, segundo lugar, sonriendo como quien sabe que hoy la historia fue nuestra. Nos miramos y no hace falta decir nada. Uno–dos. Escudería perfecta.
Abren las botellas.
El champán estalla y el aire se llena de risas, de espuma, de euforia. Empapo a Gian Luca, él me devuelve el ataque y por un segundo volvemos a ser solo dos chicos que soñaban con correr motos.
Y entonces lo escucho.
—¡IRONHEART! ¡IRONHEART!
El grito baja desde las gradas como un rugido. Mi apodo retumba por todo el Autódromo de Algarve. Sonrío sin poder evitarlo. Miro al frente… y ahí está.
Safiye.
No en la multitud. No lejos.
Ahí, mirándome como si todo el ruido desapareciera.
El mundo se detiene.
Levanto la mano y la señalo.
La llamo sin palabras, con el corazón. Los oficiales dudan un segundo, pero ella sube. Paso a paso. Como si este lugar también le perteneciera.
Cuando llega a mi lado, ya no soy Ironheart.
Soy solo Kaelric. El hombre enamorado y dispuesto a todo por su Solecielo.
La tomo de la mano. El champán sigue cayendo, la gente grita, las cámaras se acercan… y aun así, solo la veo a ella.
Me inclino y la beso.
No es un beso para el espectáculo.
Es un beso de llegamos, de lo logramos, de te elijo aquí también.
Los gritos estallan más fuerte que antes.
Gian Luca se ríe, nos aplaude y da un paso atrás, dejándonos el centro. Tomo el trofeo y Safiye pone sus manos sobre las mías. Juntos lo levantamos.
El metal brilla.
Pero lo que de verdad brilla… es ella.