Kaelric
Salimos del circuito cuando el sol ya empieza a caer sobre Portugal. El ruido del día queda atrás y, por primera vez, no hay prisas. Solo ella y yo.
En el hotel me cambio el traje con manos más nerviosas que antes de cualquier carrera. Cuando salgo, Safiye todavía no está lista. La espero afuera, apoyado en el coche, el motor apagado, la ciudad respirando lento a nuestro alrededor. En mis manos, un ramo de rosas blancas. Simples. Elegantes. Como ella.
La puerta se abre.
Y el mundo se detiene.
Safiye aparece con un vestido blanco corto, delicado, perfecto, como si la noche hubiera sido creada para enmarcarla. Su cabello cae libre, su sonrisa es tímida… y yo entiendo, sin necesidad de palabras, que ya gané la carrera más importante de mi vida.
— Estás… —empiezo, y me quedo sin aire— Estás hermosa.
Ella se acerca y toma mi mano. Subimos al coche. No pregunta nada. Confía. Y eso lo vuelve todo aún más grande.
Conduzco hasta las afueras, lejos del ruido, hasta un lugar escondido entre árboles y silencio. Cuando bajamos, ella lo ve.
Un jardín iluminado, rosas rojas y blancas por todos lados, luces cálidas marcando el camino como estrellas caídas sobre la tierra. El aire huele a flores y a promesas. En el centro, una mesa preparada solo para nosotros.
Cenamos despacio. Reímos. Nos miramos más de lo que hablamos. Cada segundo se siente eterno y breve al mismo tiempo.
Cuando el postre llega, me levanto.
Safiye me mira, confundida.
Camino hacia ella, siento el corazón golpeando más fuerte que a 300 km/h. Me arrodillo frente a ella y el mundo vuelve a quedarse en silencio.
— Safiye —digo, mirándola a los ojos—. El mundo cree que soy de hierro, pero tú sabes la verdad.
Respiro.
— Desde el primer día te elegí, incluso cuando me rechazaste. Incluso cuando dudaste. Nunca quise que cambiaras… solo quería caminar a tu lado.
Saco el anillo, con un diamante incrustado y luminoso. Lo di hacer especialmente para ella, único porque ella lo vale
— No te prometo una vida perfecta —continúo— pero sí una vida honesta. Te prometo elegirte todos los días, en calma y en tormenta, en victoria y en caída.
Sonrío, con la voz temblándome por primera vez sin vergüenza.
— ¿Te casarías conmigo?
Sus ojos se llenan de emoción. Asiente. Una vez. Dos.
—Sí, acepto mi amor
La abrazo, todavía de rodillas, y el jardín se llena de aplausos suaves, de luces, de vida. Le coloco el anillo con cuidado, como si fuera lo más valioso que tengo. Porque lo es.
Ella no salvó a Ironheart.
Ella eligió a Kaelric.
Y yo, por fin, llegué a casa.