Safiye
Todavía me cuesta creerlo cuando miro el anillo en mi mano.
A veces me descubro tocándolo sin darme cuenta, como si temiera que todo haya sido un sueño hermoso del que pueda despertar. Pero no lo es. Kaelric es real. Nosotros somos reales. Y dentro de dos meses, seré su esposa.
La noche en Portugal quedó grabada en mí para siempre. No solo por la sorpresa, ni por las rosas, ni por la forma en que se arrodilló frente a mí… sino porque, por primera vez, me sentí elegida sin condiciones. Sin tener que ser fuerte. Sin tener que resistir.
Ahora todo es movimiento.
La boda se está preparando con una precisión casi tan meticulosa como una carrera de MotoGP. Kaelric se ríe cuando lo digo, pero sé que lo entiende quiere que todo salga perfecto, no por la prensa ni por su fama, sino porque sabe lo importante que es para mí.
Su madre, la señora Franciny, ha sido un regalo inesperado. Me acompaña a cada prueba, a cada decisión, con una ternura que no invade, que sostiene. A veces me toma la mano y me dice que estoy hermosa, que Kaelric siempre fue distinto, que conmigo lo ve completo. Yo sonrío… y guardo esas palabras como un tesoro.
La lista de invitados parece interminable.
No podía ser de otra manera.
Kaelric es famoso y su mundo viene con él:
Todo el equipo de ingenieros, el mánager, el coach, personas que han visto sus caídas y sus victorias desde la primera fila. Gian Luca será su padrino, orgulloso, protector, como un hermano que eligió. Susan, mi madrina, ha estado conmigo desde el primer momento, calmándome cuando el vértigo me alcanza y recordándome que también merezco esta felicidad.
Todo está siendo cuidadosamente arreglado el lugar, las flores, la música, cada detalle pensado para que ese día no sea un espectáculo… sino una promesa.
Y Kaelric está ahí en todo.
No delega. No desaparece. No huye.
Me acompaña a elegir, opina, se equivoca de telas, se burla de sí mismo y luego me mira como si yo fuera lo único que importa en una habitación llena de gente. A veces lo observo en silencio y pienso que el mundo nunca lo conoció de verdad.
Yo tampoco… hasta ahora.
Me estoy casando con un hombre que corre a más de 300 km/h, pero que supo esperar por mí. Con alguien que nunca me exigió creer, solo sentir cuando estuviera lista.
La boda será de ensueño, sí.
Habrá luces, invitados, miradas y aplausos.
Pero lo que de verdad importa…
Es que, por primera vez en mi vida, no tengo miedo de decirlo:
Soy amada.
Y esta vez, me quedo.
Despedida de Solteras
La idea era simple.
Inofensiva.
Perfecta.
—Una copa —dije.
—Solo una —repitió Susan.
Me arreglé para la ocasión con un vestido verde hermoso y salí con mi amiga, Kaelric también saldría con Gian Luca.
Susan y yo aquí estábamos un bar acogedor, música suave, luces bajas y nosotras dos brindando por la futura boda. Nada de locuras, nada de excesos. Solo risas, confidencias y ese cosquilleo extraño de estar a punto de cambiar de vida.
—Relájate —me dijo Susan— Eres la novia más tensa que he visto.
Le di un sorbo a mi copa justo cuando ocurrió lo imposible.
Porque el universo tiene sentido del humor.
Kaelric Blazehart y Gian Luca entraron al bar.
Casi escupo el vino.
—No —susurré—. No, no, no.
Susan giró la cabeza, los vio y sonrió como si hubiera ganado la lotería.
—Esto se va a poner interesante.
Intenté esconderme detrás de la copa. Inútil. Kaelric ya me había visto. Esa sonrisa suya, esa mezcla de sorpresa y “¿qué haces aquí?”, apareció de inmediato. Se acercaron a nuestra mesa, saludos rápidos, bromas… todo normal.
Demasiado normal.
Hasta que un hombre del bar —alto, simpático, con exceso de confianza— decidió que era buena idea coquetearme.
Error.
Gravísimo error.
Yo estaba a punto de aclarar la situación cuando sentí el cambio en el ambiente. Levanté la vista y vi a Kaelric. Tenso. Quieto. Sonriendo… mal.
— ¿Todo bien aquí? No te gustaría que te invite un trago hermosa—preguntó el hombre.
— Perfecto todo por aquí y no gracias estoy bien así—respondí.
Kaelric dio un paso adelante.
— No —dijo— No está perfecto.
Gian Luca suspiró como quien ya sabe cómo termina la historia.
No pasó ni un minuto. Un comentario fuera de lugar, un gesto de más… y Kaelric perdió completamente la noción de que era una despedida tranquila. Hubo un empujón, un golpe rápido, gritos, y de pronto seguridad separando a todos.
— ¡KAELRIC! —le grité, entre molesta y conteniendo la risa.
Susan aplaudía. Literalmente.
— Esto supera mis expectativas —dijo encantada.
Salí del bar antes de que la escena creciera más. Afuera, la noche nos recibió con lluvia. Fina, constante, casi cinematográfica. Me crucé de brazos, esperando.
Segundos después, Kaelric salió también.
Mojado. Culpable. Celoso.
— ¿En serio? —le dije, ladeando la cabeza—¿Golpear a alguien en mi despedida de soltera?
—Te estaba coqueteando —respondió, como si eso lo explicara todo.
— ¿Y? —sonreí con burla—. ¿No eras tú el hombre seguro de sí mismo?
Me acerqué un paso.
— ¿O es que Ironheart se pone celoso?
— No celoso —dijo—. Protector.
— Claro —reí—. Muy protector. Muy… cavernícola moderno.
La lluvia nos empapaba. Su traje estaba arruinado. Mi cabello también. Y aun así, nunca lo vi más hermoso.
— Te gusta —dije en voz baja— Admítelo.
— Me encanta —respondió sin dudar— Porque eres mía.
— Y tú eres mío —repliqué.
Nos quedamos frente al coche, el mundo reducido a gotas cayendo y respiraciones cerca. Él se inclinó, yo no me aparté.
El beso fue inevitable.
Lento. Cálido. Bajo la lluvia.
De esos que hacen que todo lo demás deje de importar.