Safiye
Nunca pensé que Roma pudiera sentirse tan silenciosa.
La ciudad eterna respira afuera, majestuosa, antigua, viva… y aun así, dentro de la habitación todo es calma. La luz de la mañana entra despacio por las ventanas altas, acariciando el vestido colgado frente a mí. Blanco. Sencillo. Perfecto.
Hoy es el día.
Susan está conmigo desde temprano. Me ayuda con el maquillaje, con una paciencia infinita, como si supiera que necesito cada segundo para asimilar lo que está pasando.
— Respira —me dice sonriendo— Te vas a casar, no a salir a pista.
Río suavemente.
Kaelric diría exactamente lo mismo.
Cuando la puerta se abre y entra Franciny, todo cambia. Su presencia es cálida, firme, como si trajera consigo un pedacito de hogar. Me mira sin decir nada durante unos segundos y sus ojos se llenan de emoción.
— Ven —me dice, acercándose.
Me ayuda a ponerme el vestido con manos cuidadosas, casi reverentes. Cuando termina, se queda frente a mí, observándome como solo una madre sabe hacerlo.
— Safiye… —empieza, y su voz se quiebra apenas— Estás hermosa. No solo por el vestido, sino por la mujer que eres.
Trago saliva.
— Kaelric siempre fue fuerte —continúa— pero contigo aprendió a ser suave. Tú no lo cambiaste… lo completaste.
Me toma las manos.
— Gracias por elegirlo incluso cuando te dio miedo. Gracias por verlo como nadie más lo hizo.
Siento los ojos llenarse de lágrimas.
— Gracias por confiar en mí —logro decir— Por recibirme así.
Ella sonríe y besa mis manos.
— Hoy no solo ganas un esposo. Ganas una familia. Y yo… una hija.
Susan se gira discretamente para “retocar algo” que claramente no necesita retoque.
Respiro hondo frente al espejo. La mujer que me devuelve la mirada ya no es solo la que aprendió a ser fuerte. Es una mujer que se permite ser amada.
A lo lejos, las campanas de la iglesia comienzan a sonar. Una iglesia impresionante, antigua, de piedra clara y techos que parecen tocar el cielo de Roma. El lugar donde dentro de minutos caminaré hacia Kaelric.
Mi corazón late rápido.
Pero no de miedo.
De certeza.
Porque hoy, en esta ciudad eterna, prometo algo que también quiero que sea eterno:
Elegirnos. Siempre.
Kaelric
Nunca una parrilla de salida me había hecho sentir así.
Estoy de pie frente al altar de una de las iglesias más impresionantes de Roma y, aun así, siento que el suelo podría ceder bajo mis pies en cualquier momento. Mis manos sudan. El traje me queda perfecto, pero el corazón late demasiado rápido. Mucho más rápido que a 300 km/h.
Respiro.
No funciona.
A mi lado, Gian Luca me mira de reojo. Sonríe. Esa sonrisa de hermano que sabe exactamente lo que pasa por mi cabeza.
— Tranquilo —murmura— No es una carrera. No puedes perderla.
— Cállate —le respondo en voz baja— Si me desmayo, prométeme que no te ríes.
— No prometo nada —dice— Pero tranquilo… ella ya dijo que sí una vez. Hoy solo viene a confirmarlo.
Lo miro.
— No ayudas.
— Sí ayudo —contesta— Si no estuvieras nervioso, ahí sí me preocuparía.
Las campanas suenan.
El murmullo de la iglesia se apaga poco a poco.
Y entonces… las puertas se abren.
El aire cambia.
La veo.
Safiye entra tomada del brazo de mi padre, avanzando despacio por el pasillo central. El vestido cae sobre ella como si hubiera sido creado solo para este momento. Su rostro está sereno, sus ojos brillan… y yo me quedo sin palabras.
Literalmente.
Se me olvida cómo respirar.
Se me olvida dónde estoy.
Solo existe ella.
Nunca había estado tan hermosa. No por el vestido, ni por el lugar, ni por Roma. Hermosa porque está ahí… caminando hacia mí. Eligiéndome.
Cuando llega frente al altar, mi padre le da un beso en la mejilla y pone su mano en la mía. Tiemblo. No de miedo. De emoción.
Me inclino un poco y le susurro, con la voz baja y honesta:
— Estás… increíble.
Sonrío apenas.
— Creo que acabo de volver a enamorarme de ti.
Ella sonríe. Esa sonrisa que siempre fue mi debilidad.
— Y si en algún momento dudas —añado— Solo mírame. Estoy aquí. Siempre.
Nos colocamos frente al altar. El sacerdote comienza a hablar, pero yo apenas escucho las primeras palabras. Miro a Safiye, tomo su mano con cuidado, como si fuera lo más valioso que tengo. Porque lo es.
Hoy no corro.
Hoy no compito.
Hoy prometo.
Y por primera vez en mi vida, no necesito ganar nada…
Porque ya lo tengo todo.