Safiye
Cuando tomo la mano de Kaelric, el mundo se aquieta.
La iglesia desaparece. Roma se vuelve un susurro lejano. Solo estamos nosotros dos, frente a frente, con las manos entrelazadas y una promesa latiendo en el aire. Siento su pulso. Rápido. Nervioso. Vivo. Y sonrío, porque sé que no estoy sola en esto.
El sacerdote nos invita a decir nuestros votos.
Respiro hondo.
Siempre fui buena poniendo límites.
Nunca hablando desde el corazón.
Pero hoy… hoy quiero hacerlo.
— Kaelric —empiezo, y mi voz tiembla apenas— Pasé mucho tiempo creyendo que no necesitaba a nadie. Que amar era un riesgo que no podía permitirme.
Lo miro a los ojos.
— Y aun así, llegaste tú… paciente, honesto, quedándote incluso cuando te pedí que te fueras.
Aprieto un poco más su mano.
— Prometo elegirte incluso cuando tenga miedo. Prometo no huir cuando la vida se complique. Prometo confiar en ti como tú confiaste en mí desde el principio.
Sonrío entre lágrimas.
— Te prometo un amor real, imperfecto, pero valiente. Y caminar a tu lado, siempre.
Él traga saliva. Sé que le cuesta hablar. Sé que siente profundo.
— Safiye —dice—Te amé antes de que me creyeras. Y te amaré incluso en los días en que dudes de ti misma.
Su voz se vuelve firme.
— Prometo cuidarte, respetarte y elegirte todos los días. No como Ironheart, no como el piloto… sino como el hombre que quiere volver a casa contigo.
Las lágrimas ya no se pueden contener. Las mías. Las suyas. No las escondemos.
El sacerdote nos mira con una sonrisa y hace la pregunta que cambia todo.
— ¿Aceptas a Kaelric Blazehart como tu esposo…?
No dudo.
No pienso.
No huyo.
— Sí —digo— Sí, acepto.
— ¿Aceptas a Safiye como tu esposa…?
— Sí. Con todo lo que soy —responde Kaelric.
Las palabras resuenan en la iglesia, pero lo que siento resuena mucho más fuerte. Cuando intercambiamos los anillos, sus dedos tiemblan. Los míos también. Y en ese pequeño gesto entiendo algo simple y enorme a la vez:
No necesito ser fuerte hoy.
Solo necesito ser sincera.
— Pueden besarse —dice el sacerdote.
Kaelric se acerca despacio, como si quisiera memorizar el momento. Me besa con ternura, con promesas, con futuro. La iglesia estalla en aplausos, pero yo solo siento paz.
Porque hoy, frente a todos…
Dije que sí.
Y esta vez, me quedo.
***
Luego salimos de la iglesia y nos dirigimos al salón dónde se llevará a cabo la fiesta. Llegamos y hacemos nuestra entrada tomados de la mano como el señor y la señora Blazehart.
El lugar está muy bien decorado, debo admitir que se ve de ensueño, está lleno de rosas blancas mis favoritas, de esto se encargó Kaelric y el sabe lo que me gusta y ahora que lo pienso no me ha dicho dónde será la luna de miel.
— Oye amor, no me has dicho que destino nos espera en nuestra luna de miel — le pregunto mientras nos sentamos en nuestros lugares.
— Amore mio— comienza diciendo — te dije que eso sería una sorpresa
— Pero ya nos casamos — replicó
— Sí, pero no te diré nada aún, espera un poco más
— Ya no quiero esperar — hago un puchero— Yo quiero saber
— Todo a su debido tiempo mi Solecielo — me besa la frente.
Todo el ambiente está cargado de mucha felicidad, no puedo creer que ya sea una mujer casada y que mi esposo sea el mejor hombre del mundo. Luego Anuncia nuestro primer baile como recién casados y nos levantamos tomados de la mano y empezamos a bailar lentamente, lo veo a los ojos y es todo lo que necesito para ser feliz esos hermosos ojos azules me acompañaran toda la vida.
Sigue el baile con su madre y es hermoso ver el amor que se tienen.
Pasamos a bailar todos y nos divertimos al compás de la música, los chicos tienen a Kaelric y lo lanzan hacia arriba mientras el sostiene una botella de champán, se ve tan feliz.
— Amiga ya es hora de la sorpresa — dice Susan acercándose a mí.
— Bueno vamos entonces — procedo a levantarme
Susan y yo junto a otras chicas vamos hacer un baile y para el final me quedó yo haciendo un solo. Me cambio los tacones y me coloco unos tenis. Ya estoy lista.
La música cambia y siento ese cosquilleo familiar en el pecho.
Mi amiga me aprieta la mano y me guiña un ojo; las demás chicas ya están listas. Respiro hondo. Es solo un baile, me digo… pero sé que no lo es.
Salimos juntas a la pista y el ritmo nos envuelve. Los focos se mueven, las risas se mezclan con los aplausos, y por un momento me dejo llevar. Mis pasos fluyen, coordinados, seguros. Siento el cuerpo ligero, libre. Bailamos como una sola, como si el mundo alrededor no existiera.
Y entonces, una a una, ellas se van retirando.
Lo noto de inmediato.
El espacio se abre a mi alrededor y el corazón me da un vuelco. Ahora soy solo yo… y él.
La música baja un poco, se vuelve más lenta, más íntima. Levanto la mirada y lo encuentro. Kaelric está ahí, apoyado despreocupadamente, pero sus ojos… sus ojos no saben fingir. Me miran como si el resto de la fiesta se hubiera desvanecido.
Bailo para él.
Cada movimiento es una confesión que no me atrevo a decir en voz alta. Giro, dejo que el vestido siga mi ritmo, que mis manos hablen por mí. No hay provocación vacía, es algo más profundo: es desafío, es deseo, es mírame, estoy aquí.
Me acerco un poco más, lo justo para que sepa que este momento es suyo. Mis ojos no se apartan de los suyos. Sonrío apenas, esa sonrisa que siempre lo descoloca.
Siento el calor en las mejillas, el pulso acelerado, pero no me detengo. Porque ahora entiendo algo con claridad absoluta:
No estoy bailando para la gente.
No estoy bailando para la música.
Estoy bailando para Kaelric.
Y él… él lo sabe.
Le doy un beso a mi esposo y me voy hacia el cambiador junto a Susan para ponerme el otro vestido. Este otro vestido es blanco pero más corto pero igual de hermoso.