Kaelric
Las últimas risas todavía flotan en el aire mientras estrecho manos, recibo abrazos y escucho despedidas que se mezclan con música lejana y copas brindando por nosotros. No dejo de sonreír, pero mis ojos siempre regresan a ella.
Safiye está hablando con su amigas, riendo con esa risa que me desarma desde la primera vez que la escuché. Cuando gira para buscarme con la mirada y nuestros ojos se encuentran, me regala esa sonrisa que siempre siento como un hogar.
No puedo creer que ya sea mi esposa.
Gian Luca me da un golpe suave en el hombro.
— Hermano, si la sigues mirando así, vas a provocar otro escándalo romántico —bromea.
— Déjalos —dice alguien más riendo.
Solo niego con la cabeza, pero sé que no pueden entenderlo. Porque cuando miro a Safiye, todavía siento ese vértigo dulce… como si todo esto pudiera desaparecer si parpadeo demasiado rápido.
Nos despedimos uno por uno. Abrazos largos. Promesas de visitas. Felicitaciones que siguen cayendo sobre nosotros como lluvia cálida. Finalmente, tomo la mano de Safiye entre la mía, entrelazando nuestros dedos.
—¿Lista, esposa? —le susurro, acercándome a su oído.
La forma en que se sonroja nunca dejará de ser mi debilidad.
Salimos del lugar y el aire nocturno nos recibe, fresco, tranquilo, como si el mundo hubiera decidido darnos un respiro después de tanta emoción. El auto ya nos espera. Le abro la puerta, y ella sube mirándome con esa mezcla de felicidad y nervios que me hace querer besarla otra vez.
Durante el camino al aeropuerto, no suelto su mano ni un segundo. Ella apoya la cabeza en mi hombro y yo beso su cabello, aspirando su perfume, memorizando el momento.
Porque este… este es el comienzo de todo.
Cuando llegamos, el aeropuerto está más tranquilo de lo que esperaba. Tenemos todo listo. Equipaje, documentos… y una sorpresa que llevo guardando meses.
— Todavía no me dices exactamente a dónde vamos —dice, entrecerrando los ojos con sospecha.
Sonrío.
— Costa Rica.
Veo cómo su expresión cambia primero a sorpresa… y luego a una felicidad pura que ilumina todo su rostro.
— Renté una villa… solo para nosotros —continúo, acercándome más—Está frente a la playa. Tiene piscina privada… y ninguna interrupción.
Sus ojos brillan de una forma que me deja sin aire.
— Quería que nuestro primer viaje como esposos fuera… perfecto. Tranquilo. Solo tú y yo… sin ruido, sin carreras, sin cámaras, sin nadie más.
Acaricio suavemente su mejilla con el pulgar.
— Solo nosotros empezando nuestra vida juntos.
Ella aprieta mi mano y apoya su frente contra la mía. En ese gesto simple siento más que en mil palabras.
Me avisan que el avión está listo, viajamos en mi avión privado.
Me levanto, tomo nuestras maletas y luego su mano otra vez, porque ya es costumbre… y también necesidad. Caminamos hacia la puerta de embarque y, por primera vez en mucho tiempo, no siento la presión de una competencia, ni la adrenalina de una pista.
Solo siento paz.
La miro mientras avanzamos.
Mi esposa.
Mi hogar.
Mi mejor carrera ganada.
Y sé, con una certeza absoluta, que lo mejor de mi vida apenas está comenzando.
***
La villa nos recibe en silencio, envuelta por el sonido lejano del mar. Abro la puerta y por un segundo me quedo inmóvil. La luz es suave, cálida, y el aire huele a flores frescas. Pétalos de rosas cubren el suelo como un camino trazado solo para nosotros, y las velas iluminan cada rincón con un brillo íntimo, casi sagrado.
Safiye se detiene a mi lado. Siento cómo su mano aprieta la mía, sorprendida, emocionada. No dice nada, pero no lo necesita. La forma en que respira, la manera en que mira todo como si estuviera dentro de un sueño, me dice que esta noche ya es perfecta.
— Kaelric… —susurra, con la voz temblorosa.
La miro. Aún lleva en los ojos la emoción del viaje, del día, de todo lo que hemos vivido para llegar aquí. Me acerco despacio, como si el momento pudiera romperse si me muevo demasiado rápido, y apoyo mi frente contra la suya.
— Bienvenida a nuestra primera noche juntos —le digo en voz baja.
La beso, dejando que el mundo se reduzca a ese instante. Afuera, las olas marcan el ritmo, constante, profundo.
Nos separamos para tomar aire y me vuelvo a acercar a ella despacio, como si el momento mereciera ser cuidado. Mis manos aún sienten el calor de las suyas cuando la beso otra vez, pero este beso es distinto. No es el beso emocionado de la fiesta ni el de la llegada. Es lento, profundo, cargado de todo lo que somos ahora.
Safiye responde con suavidad, apoyando una mano en mi pecho. Puedo sentir su respiración mezclándose con la mía, irregular, sincera. El mundo se reduce a ese contacto: sus labios, su cercanía, la forma en que el tiempo parece estirarse solo para nosotros.
Cuando se separa apenas, me mira por un segundo… y luego da un paso atrás.
No dice nada.
La luz de las velas acaricia su piel cuando deja caer el vestido con cuidado, como si fuera parte de un ritual. Se queda frente a mí, vestida con una lencería sencilla pero hermosa, hecha más poderosa por la forma en que la lleva, por la seguridad tranquila que hay en sus ojos.
Me quedo inmóvil.
Embobado es poco.
Siento que el aire se me escapa de los pulmones. No porque esté viendo solo su cuerpo, sino porque estoy viendo a la mujer que amo, a mi esposa, entregándome ese momento con una confianza absoluta.
— Safiye… —murmuro, casi sin voz.
Ella sonríe, un poco tímida, un poco segura, y se acerca de nuevo. Pongo mis manos en su cintura con cuidado, como si temiera romper algo precioso. La beso otra vez, más despacio aún, dejando que el beso hable de admiración, de deseo, de ternura.
El tiempo avanza sin que lo notemos. Entre besos suaves, caricias lentas y miradas que lo dicen todo, la noche nos envuelve. No hay prisa, no hay urgencia. Solo la certeza de que este momento es nuestro, construido paso a paso, respiración a respiración.