Safiye
Un año después
Ha pasado un año.
A veces me cuesta creer lo rápido que el tiempo puede volar cuando la vida, por fin, se siente en equilibrio. Sigo estudiando ingeniería aerodinámica y no voy a mentir hay días duros, noches largas, ecuaciones que me hacen dudar de mí misma. Pero ya no huyo de eso. Aprendí a quedarme, a respirar, a confiar en que puedo.
La terapia sigue siendo parte de mi vida. Ya no como un salvavidas desesperado, sino como un ancla. Un espacio donde ordeno mis pensamientos, donde abrazo mis heridas sin vergüenza y celebro mis avances, incluso los pequeños. He entendido que sanar no es dejar de sentir, sino aprender a vivir con lo que duele sin que te gobierne.
Y en todo eso… Kaelric está.
Siempre.
Lo acompaño en cada carrera, en cada viaje, en cada momento de presión. Lo conozco lo suficiente para saber cuándo necesita palabras y cuándo solo silencio. A veces basta con tomarle la mano antes de que se ponga el casco, mirarlo a los ojos y recordarle quién es, incluso cuando él lo olvida.
— Confía —le digo— Tú sabes hacer esto.
Y él siempre sonríe de esa forma que me dice que mi voz lo ancla a tierra.
También hay derrotas. Días en los que no gana, en los que la frustración pesa más que los trofeos. En esos momentos no intento arreglar nada. Solo estoy. Lo abrazo. Le recuerdo que su valor no se mide en podios, sino en la pasión con la que vive lo que ama.
Él hace lo mismo por mí.
Cuando dudo, cuando me canso, cuando siento que el camino es demasiado empinado, Kaelric me mira como si ya supiera la versión de mí que todavía estoy construyendo. Y eso… eso me sostiene.
Un año después, no somos perfectos. Pero somos reales. Somos apoyo, paciencia, elección diaria.
Sigo estudiando.
Sigo sanando.
Sigo amando.
Y cada día confirmo que no solo crecimos juntos…
Aprendimos a ser equipo.
Kaelric está de viaje en una competencia, esta vez no pude acompañarlo porque tenía un examen importante en la universidad. Así que ahorita estoy con mi amiga en su departamento platicando y comiendo de todo.
Estoy sentada en el sofá del departamento de mi amiga, escuchándola hablar de algo que apenas registro, cuando el mundo empieza a sentirse… raro. Primero es una náusea suave, casi imperceptible. Pienso que quizá no desayuné bien. Respiro hondo. Pasa un segundo… y luego otro.
Pero no se va.
El estómago se me revuelve con más fuerza y el calor me sube de golpe. Me llevo una mano a la frente.
—¿Safi, estás bien? —pregunta ella, notando mi silencio.
Quiero responderle, decirle que sí, que solo necesito agua… pero el suelo parece moverse. La habitación gira, el sonido se apaga como si alguien bajara el volumen del mundo.
Y todo se vuelve negro.
***
Despierto con un pitido constante y una luz blanca que me obliga a cerrar los ojos. El olor a hospital es inconfundible. Trato de incorporarme, pero una mano me detiene con suavidad.
—Tranquila —dice una voz— Te desmayaste.
Mi amiga está ahí, pálida, más asustada que yo. Me explica rápido las náuseas, el desmayo, la ambulancia. Apenas puedo procesarlo cuando entra el médico con una carpeta en la mano.
—Los análisis ya están listos —dice con una sonrisa tranquila— Todo está bien, pero… estás embarazada.
La palabra se queda suspendida en el aire.
Embarazada.
Siento que el corazón se me detiene y luego vuelve a latir con una fuerza nueva, desconocida. Me llevo la mano al vientre por puro instinto. No sé si reír, llorar o temblar. Mi amiga se tapa la boca, emocionada, pero yo solo puedo quedarme en silencio.
Un torbellino de pensamientos me atraviesa.
Kaelric.
Nuestra vida.
Todo lo que cambia… y todo lo que empieza.
Antes de que pueda asimilarlo del todo, mi teléfono vibra sobre la mesa. Su nombre ilumina la pantalla.
Kaelric.
Contesto intentando que la voz no me tiemble.
—¿Safiye? —suena preocupado—. Me llamó tu amiga, no pude contestar estaba ocupado, ¿estás bien?
Cierro los ojos un segundo. No estoy lista. No todavía.
— Sí —respondo, forzando una calma que no siento— Amor, tranquilo. Creo que algo me cayó mal y me mareé un poco, pero ya estoy bien.
Hay un silencio breve al otro lado. Lo conozco demasiado.
— ¿Estás segura? Voy para allá ahora mismo.
— No —digo rápido, demasiado rápido— De verdad, no hace falta. Ya me dieron el alta. Solo necesito descansar un poco.
Suspira, resignado pero aún inquieto.
— Avísame si te sientes mal otra vez. Prométemelo.
— Lo prometo —digo, y esta vez la voz se me quiebra un poco.
Cuelgo y miro el teléfono como si acabara de mentirle al corazón.
Apoyo ambas manos sobre mi vientre, todavía plano, todavía secreto.
— Tenemos que hablar… —susurro para mí misma.
Pero no hoy.
Hoy solo intento respirar, mientras mi mundo acaba de cambiar para siempre.
Ahora estoy en mi casa con mi amiga tratando de procesar la información.
Estoy sentada frente a mi amiga con una taza de té que ya se enfrió hace rato. No recuerdo haberla tocado. Mi mente sigue en otro lugar, dando vueltas alrededor de una sola palabra que todavía me cuesta creer.
Embarazada.
Lo digo en silencio, como si al pronunciarlo en voz alta pudiera romper algo. Me llevo la mano al vientre una y otra vez, un gesto casi inconsciente, como si necesitara confirmar que esto es real.
—Vas a ser mamá… —dice mi amiga, con una sonrisa suave, cuidando no abrumarme.
Asiento, pero los ojos se me llenan de lágrimas.
—Tengo miedo —admito por fin— No porque no lo quiera… sino porque es demasiado grande.
Ella se inclina hacia mí y me toma la mano.
—Es normal, Safi. Y no estás sola. Kaelric te ama. Esto… lo va a hacer feliz.