Pole Position En Tu Corazón

Epílogo (Parte 2)

Kaelric

Cruzo la meta en primer lugar y todo estalla a mi alrededor. El ruido, los aplausos, las voces por la radio felicitándome. Debería sentir euforia… pero lo primero que hago es buscarla.

Miro a las gradas.

Una vez.

Dos veces.

No la veo.

El corazón se me encoge.

Me quito el casco demasiado rápido y camino hacia el equipo, todavía con la respiración agitada.

— ¿Dónde está Safiye? —pregunto, intentando sonar tranquilo.

Las miradas se cruzan. Ese segundo eterno en el que nadie responde me congela la sangre.

— Kaelric… —dice alguien por fin— Entró en labor de parto. La llevaron al hospital hace un rato.

El mundo se inclina.

¿Labor… de parto?

La felicidad me golpea de lleno, brutal, mezclada con un nerviosismo que me sacude hasta los huesos.

— ¿Está bien? —pregunto, casi suplicando.

— Sí, sí, todo iba bien. Ya avisaron al hospital.

No espero más.

Me giro hacia Mark y Gian Luca, que ya vienen hacia mí sonriendo, listos para celebrar.

—Encárguense del premio, de la prensa, de todo —digo rápido— Yo tengo que ir con mi esposa.

Gian Luca me abraza fuerte, con los ojos brillosos.

— Ve. Nosotros nos ocupamos.

Salgo casi corriendo.

***

El hospital huele a desinfectante y ansiedad. Me pongo todo lo necesario sin protestar, sin pensar, solo con una idea fija: llegar a ella. Cuando entro al quirófano la veo.

Safiye.

Está sudando, agotada, pero fuerte. Más fuerte de lo que jamás la he visto. Cuando me ve, sus ojos se iluminan apenas.

— Estoy aquí —le digo, tomando su mano con cuidado— Lo estás haciendo increíble, amor. Mírame. Respira conmigo.

Ella aprieta mis dedos con una fuerza que no sabía que tenía.

— No me sueltes —dice entre jadeos.

— Nunca —respondo, con la voz quebrada— Nunca.

El primer llanto corta el aire.

— Es un niño —anuncia el médico.

Siento que algo explota dentro de mí. Un varoncito. Nuestro hijo. Lloro sin darme cuenta, besando la frente de Safiye.

— Lo hiciste… lo hiciste —le susurro.

Pero no termina ahí.

— Una vez más, Safiye —le dicen.

Ella asiente, junta fuerzas donde ya no parece haberlas. Yo le hablo, le recuerdo quién es, cuánto la amo, todo lo que nos espera.

Y entonces… otro llanto.

— Es una niña.

Me río y lloro al mismo tiempo. Dos. Dos vidas. Dos milagros. Todo parece perfecto por un instante.

Hasta que deja de serlo.

Veo cómo las expresiones cambian. Cómo las voces se vuelven más rápidas. Más tensas.

— Hay una hemorragia —dice alguien.

— Estamos intentando detenerla.

Aprieto la mano de Safiye.

—Mírame —le digo, desesperado— Quédate conmigo. Por favor.

Sus ojos se nublan.

— Kael… —murmura.

Y pierde el conocimiento.

— ¡No! —grito—. ¡No, no, no!

Veo cómo intentan todo. Cómo el monitor suena una y otra vez. Cómo llaman códigos. Cómo su cuerpo no responde.

— ¡Háganla volver! —grito—. ¡Por favor!

Siento que me toman por los hombros.

— Señor, tiene que salir.

— ¡No! ¡Es mi esposa!

Pero me sacan.

Y ahí… ahí me rompo.

Caigo de rodillas en el pasillo, llorando como nunca en mi vida. Mis padres me rodean, me sostienen, pero nada alcanza. Mis hijos están bien, me lo dicen, pero ¿de qué sirve si ella…?

Las horas pasan lentas. Crueles. Las peores de mi vida.

Hasta que finalmente, una doctora sale.

— Kaelric Blazehart.

Me pongo de pie de golpe.

— ¿Dónde está? —pregunto— ¿Cómo está mi esposa?

La doctora respira hondo.

— Ella está en coma.

El mundo se rompe.

— No —digo, fuera de mí—. No. Sálvela. ¡Por favor, sálvela!

No sé cómo, pero me dejan entrar.

La veo en la cama, pálida, quieta, conectada a máquinas. Me acerco y caigo de rodillas a su lado. Tomo su mano, fría, inmóvil.

— No puedes hacerme esto —sollozo— Me prometiste quedarte. Me prometiste que íbamos a vivir todo juntos.

Apoyo la frente contra su mano.

— Tenemos dos hijos —le digo entre lágrimas— Dos. Te necesitan. Yo te necesito.

Aprieto sus dedos con cuidado, como si pudiera traerla de vuelta así.

— Vuelve, Safiye —le ruego— Por favor… vuelve conmigo.

***

Una semana después

Ha pasado una semana.

Una semana de dormir en una silla incómoda, de no despegarme de su cama, de hablarle aunque no respondiera. De contarle cómo están los bebés, cómo aprietan mis dedos, cómo ya parecen reconocer mi voz. Una semana de sonreír por ellos… y romperme en silencio por ella.

No me he ido. Ni un solo día.

No podría.

Le tomo la mano como siempre, con cuidado, como si aún así pudiera lastimarla. Estoy hablándole en voz baja, contándole algo absurdo, cualquier cosa, cuando siento algo distinto.

Un movimiento.

Al principio pienso que es mi imaginación. El cansancio. El deseo desesperado de verla volver. Pero entonces… sus dedos se mueven.

— Safi… —susurro, sin atreverme a respirar.

Y entonces ella abre los ojos.

Por un segundo me quedo paralizado. El mundo entero se detiene. Sus ojos me miran, confundidos, cansados… pero vivos.

— Safiye… —mi voz se rompe al decir su nombre— Amor… mírame. Estoy aquí.

Ella parpadea lentamente.

— Kael… —murmura.

Y ahí ya no puedo más.

Me inclino sobre ella, riendo y llorando al mismo tiempo, besándole la mano, la frente, sin saber dónde tocarla primero.

— Estás aquí —repito— Estás aquí. Gracias a Dios… estás aquí.

Llamo a los médicos casi gritando. Entran rápido, la revisan, hacen preguntas, luces, monitores. Yo no me muevo de su lado ni un centímetro. Cuando terminan, la doctora sonríe.

— Es un milagro —dice— Todo está bien. Va a necesitar reposo, mucho cuidado… pero despertó.



#1764 en Novela romántica
#506 en Otros
#97 en Acción

En el texto hay: drama, enemiestolovers, sport romance

Editado: 30.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.