Pólvora y Acero: El Legado Grayson (kiara y Min-jae)

Capítulo 1: La dueña de la artillería

A sus veinticuatro años, la capitana Kiara Grayson era una leyenda viva dentro del Comando de Los Ángeles. Heredera directa de una dinastía de puros hombres de acero, cargaba sobre sus hombros un apellido que hacía temblar a los soldados veteranos y ponía firmes a los generales. Su abuelo Arthur y su padre, el coronel Damon Grayson, la habían criado como la joya de la corona: la consentida de la casa que, desafiando todas las expectativas, se había convertido en la oficial más implacable de la base. El vacío del bisabuelo Silas, quien había fallecido cuatro años atrás cuando ella tenía veinte, solo había endurecido su disciplina y su fuego interno.

Kiara no solo era respetada por su apellido, sino por su propia letalidad. Era la encargada oficial de la división de artillería pesada y explosivos de alta potencia. Dominaba el campo de batalla como nadie y, físicamente, era un espectáculo de la naturaleza. Tenía un cuerpazo increíble, torneado por el entrenamiento militar, y una belleza salvaje coronada por esos profundos ojos verdes que le había heredado a su padre; una mirada altanera, fría y cargada de una prepotencia natural. Kiara era una diva con uniforme, una mujer arrogante que sabía perfectamente lo que valía y que jamás había escuchado un "no" en toda su vida.

Esa mañana, el sol de Los Ángeles pegaba con fuerza sobre el patio de honor de la base. Kiara caminaba con paso firme, con las manos apoyadas en su cinturón táctico, mientras observaba a la distancia a su hermano mellizo, Ethan, quien ya se perfilaba como el sucesor directo de los mandos de su padre.

—Mantengan la formación, inútiles —siseó Kiara al pasar junto a un grupo de soldados, con esa voz autoritaria que congelaba la sangre.

Sin embargo, su atención se desvió por completo cuando un camión de transporte militar se detuvo frente al ala norte, dejando descender a la nueva tanda de reclutas que apenas iniciaban su entrenamiento básico. Entre el grupo de hombres sudorosos y nerviosos, sus ojos verdes captaron a un joven de rasgos asiáticos marcados, porte atlético pero una postura notablemente retraída.

Era Min-jae, un joven coreano-americano que acababa de ingresar al servicio. Su mirada era esquiva, sus movimientos eran pulcros y derrochaba una timidez verídica que contrastaba por completo con el ambiente rústico del comando.

Kiara se detuvo en seco, clavando sus ojos verdes en él. Por primera vez en sus veinticuatro años, la capitana sintió un vuelco salvaje en el pecho. Aquel recluta tímido, que parecía querer volverse invisible ante la disciplina militar, acababa de encender la mecha de la experta en explosivos, desatando una atracción tan peligrosa como la pólvora.




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