Kiara
Kiara Grayson observaba desde la distancia del patio de honor, con sus ojos verdes fijos en el recluta coreano-americano. Min-jae se veía tan impecable como pulcro, pero su lenguaje corporal gritaba que quería tragárselo la tierra. Ella, acostumbrada a hombres rudos que inflaban el pecho para llamar su atención, encontró fascinante esa timidez. Una sonrisa arrogante y sumamente sexi apareció en sus labios. En la base de Los Ángeles, nadie le decía que no a la capitana Grayson. Si algo le gustaba, simplemente lo tomaba, y ese recluta acababa de convertirse en su próximo objetivo militar.
—¿Qué estás mirando tanto, Kiara? —preguntó su hermano Ethan, acercándose a ella con una ceja arqueada.
—Nada que te incumba, mellizo —respondió ella, acomodándose la gorra táctica con prepotencia—. Solo superviso que la nueva mercancía del ejército sirva para algo.
Caminó con paso firme y felino hacia donde los reclutas dejaban sus mochilas. Kiara se interpuso directamente en el camino de Min-jae, obligándolo a detenerse en seco. La diferencia de estatura no le quitaba ni un ápice de imponencia; el cuerpazo de la capitana, enmarcado por el uniforme ajustado, derrochaba una sensualidad peligrosa.
—Nombre y rango, recluta —ordenó Kiara, clavando sus ojos verdes en él con una fijeza que pretendía intimidarlo y seducirlo al mismo tiempo.
Min-jae
El corazón de Min-jae latía a varias revoluciones por minuto. El viaje desde su hogar en la comunidad coreana de California hasta la base de Los Ángeles ya había sido lo suficientemente estresante, pero nada lo había preparado para el impacto de tener a la capitana Grayson frente a él.
En la cultura de sus padres, el respeto a la autoridad y la reserva ante las mujeres eran pilares fundamentales. Y Kiara era barios veces superior en rango, además de ser la mujer más hermosa, imponente y sexi que sus ojos hubieran visto jamás. Esos ojos verdes parecían ver directamente a través de su uniforme.
—¡Recluta Min-jae, capitana! —respondió él, cuadrándose al instante con la voz sutilmente temblorosa, manteniendo la mirada fija al frente, temiendo que si la miraba a los ojos perdería por completo la compostura.
—Mírame cuando te hablo, Min-jae —siseó ella, dando un paso más hacia él, rompiendo toda distancia reglamentaria. El aroma a perfume dulce mezclado con pólvora de la capitana invadió sus sentidos.
Min-jae tragó saliva, bajando la vista por un microsegundo hacia los labios de Kiara antes de volver a tensarse de los nervios. El apellido "Grayson" brillaba en el pecho de la oficial. Él ya había escuchado los rumores en los camiones de transporte: ella era la intocable consentida del coronel Damon Grayson y del general. Un solo error con ella y su carrera militar terminaría antes de empezar.
—Sí, capitana —balbuceó, sintiendo que las mejillas se le encendían de la pura timidez.
Kiara sonrió con suficiencia al notar el efecto que causaba en el joven. —Espero que seas tan bueno con la artillería como lo eres para ponerte rojo, recluta. Te estaré vigilando muy de cerca.
Ella se dio la vuelta, alejándose con un contorneo seguro que dejó a Min-jae con la respiración contenida. El joven soltó el aire que retenía en los pulmones, apoyándose en su litera. Estaba verídicamente aterrado, no de la disciplina militar, sino de la peligrosa y hermosa mujer que parecía haber puesto sus ojos en él.