Pólvora y Acero: El Legado Grayson (kiara y Min-jae)

Capítulo 3: Órdenes de asignación especial

Kiara

A Kiara Grayson nunca le había costado tanto concentrarse en su trabajo. Estaba en el ala de balística revisando los inventarios de granadas de fragmentación y barios explosivos C-4, pero su mente no dejaba de repetir la imagen del recluta Min-jae poniéndose completamente rojo frente a ella. Esa mezcla de respeto, timidez verídica y el sutil destello de atracción que vio en los ojos del coreano-americano la tenían completamente obsesionada.

Como capitana y dueña absoluta del sector de artillería, Kiara no iba a quedarse de brazos cruzados esperando a que el destino actuara. Sonrió con malicia y prepotencia, acomodándose el cabello oscuro antes de firmar una orden oficial en su tableta táctica.

—Si el recluta no viene a la pólvora, la pólvora va al recluta —murmuró para sí misma, con sus ojos verdes brillando con diversión.

Llamó al sargento de instrucción a su oficina. —Sargento, necesito un asistente personal para el mantenimiento y conteo de los proyectiles de la artillería pesada. El puesto es de asignación inmediata. Quiero al recluta Min-jae en mi división a partir de las catorce horas.

—Entendido, capitana. Le informaré de inmediato —respondió el sargento, cuadrándose antes de retirarse.

Kiara se recostó en su silla de cuero, cruzando sus largas piernas. Sabía que usar su rango para perseguir a un subordinado era jugar con fuego, pero ella era una Grayson; el peligro lo llevaba en la sangre y nadie en ese comando se atrevería a cuestionar sus métodos.

Min-jae

Min-jae estaba en medio de la instrucción de combate cuerpo a cuerpo cuando el sargento gritó su nombre. Al recibir la orden de presentarse de inmediato en el hangar de artillería pesada bajo el mando directo de la capitana Grayson, sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Caminó por los pasillos de la base con las manos sudorosas. Cuando entró al enorme hangar lleno de tanques y cajas de municiones de gran calibre, la vio. Kiara estaba de pie junto a un cañón de largo alcance. No llevaba la chaqueta del uniforme, solo una camiseta verde oliva ajustada que marcaba perfectamente su increíble cuerpazo, y sus ojos verdes lo fijaron al instante.

—Recluta Min-jae presentándose al deber, mi capitana —dijo él, haciendo el saludo militar de manera impecable, aunque por dentro era un manojo de nervios.

—Llegas dos minutos tarde, recluta —siseó Kiara, caminando lentamente hacia él, rodeándolo como una tigresa a su presa—. En mi división, el tiempo es tan valioso como la pólvora. Un segundo de retraso y todo vuela en pedazos.

—Lo siento, capitana. No volverá a ocurrir —respondió Min-jae, manteniendo la vista fija al frente, aunque tenerla tan cerca, oliendo a ese perfume dulce y letal, hacía que su ritmo cardíaco se disparara.

Kiara se detuvo justo frente a él. Era tan hermosa que dolía mirarla. Ella levantó una mano y, con una lentitud tortuosa, acomodó el cuello de la camisa de Min-jae, rozando sutilmente la piel de su cuello con sus dedos. El joven coreano-americano se tensó por completo, conteniendo la respiración ante el contacto.

—A partir de hoy, eres mi asistente personal —le informó Kiara con una sonrisa cargada de arrogancia y seducción—. Vas a estar donde yo esté, vas a cargar mis carpetas de informes y vas a aprender todo sobre explosivos conmigo. ¿Te queda claro?

Min-jae tragó saliva con dificultad, sintiendo el calor subiendo por sus mejillas ante la intensa y sexi mirada de la oficial. —Sí, mi capitana. Absolutamente claro.

—Excelente. Empecemos por limpiar los proyectiles de bazuca de aquella mesa. Muévete.

Min-jae obedeció de inmediato, tratando de procesar lo que estaba viviendo. Sabía que estar tan cerca de la consentida de la dinastía Grayson era caminar directo hacia un campo minado, pero ver de reojo la silueta perfecta de Kiara hacía que, por primera vez, el tímido recluta no quisiera salir huyendo del peligro.




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