Dicen que el amor es lo más puro que existe, pero también puede ser la chispa que enciende el caos. Nos han vendido la idea de los cuentos de hadas, de los finales felices y del "vivieron felices para siempre", pero la realidad es otra. El amor puede ser intenso, salvaje, doloroso, incluso mortal. Algo así como el sonido de las puntas que se dezliza sobre el suelo rezonante en el teatro, cada movimiento era una sinfonía de precisión y gracia. La música clásica envolvía la atmósfera, uniendo la pasión con la disciplina en una fusión perfecta. Celi era el centro de aquella obra de arte en movimiento, cada paso suyo era un poema sin palabras, una declaración de fuerza y delicadeza.
El amor era como el ballet: exigente, elegante y lleno de contrastes. Como un grand jeté que exigía entrega total, como un arabesque que sostenía la belleza en un equilibrio frágil. El amor era un adagio que dolía y sanaba al mismo tiempo, que hablaba de sacrificios y emociones contenidas. Y sobre todo, era una danza compartida, una coreografía en la que dos almas se fundían en una sola melodía, sin importar el dolor o la incertidumbre del mañana.
Celi giró con una gracia feroz, su tutu ondeó en el aire como una brisa etérea. La multitud observaba en silencio, hipnotizada. Cuando la última nota se apagó y su cuerpo quedó inmóvil, la ovación rugió en el teatro como una tormenta. Los vítores y aplausos fueron ensordecedores, pero en el centro del escenario, con el corazón latiéndole en el pecho, Celi sintió un vacío profundo, un eco de algo que aún no comprendía.
Después del espectáculo, la compañía de ballet anunció que tomarían un mes de descanso antes de comenzar los ensayos para la gran presentación de invierno con *El Cascanueces*. La noticia fue recibida con entusiasmo entre sus compañeros, quienes ya planeaban viajes y reencuentros familiares. Para Celi, sin embargo, la pausa significaba algo más: la oportunidad de descubrir qué era aquello que le hacía sentir que aún le faltaba algo.
-¿Vamos por un café? -le propuso Daniela, su amiga y compañera de baile, mientras se quitaba las zapatillas y se masajeaba los pies doloridos.
Celi hizo una mueca, tomó una toalla y secó el sudor de su frente antes de responder.
-No, gracias. Ya sabes que no me gusta el café de aquí.
Daniela suspiró con dramatismo, cruzándose de brazos. -Tienes un paladar muy exquisito. Algún día encontraré un café que te guste.
-Sigue soñando -bromeó Celi con una sonrisa torcida.
-Bueno, entonces, ¿qué harás ahora que tenemos un mes libre? -preguntó Daniela, con genuina curiosidad.
Celi se encogió de hombros. -No lo sé, pero siento que necesito algo diferente.
Daniela arqueó una ceja y sonrió de lado. -¿Acaso la gran Celi Thomson está aburrida de su vida de ballet?
-No es eso, simplemente... siento que me falta algo. No sé qué es, pero lo descubriré. -Su mirada se perdió en la nada por unos segundos antes de despedirse con un ademán.
Se dirigió sola a su departamento. La noche londinense la envolvía con su brisa fresca y las luces parpadeantes de la ciudad. Al llegar, dejó su bolso en el sofá, se deshizo del pesado abrigo y se metió directamente a la ducha. El agua caliente relajó sus músculos y, por un momento, cerró los ojos, dejando que el cansancio del día se deslizara por su piel junto con las gotas.
Después de cenar algo ligero, se puso su pijama de satén y se metió en la cama. Sobre su cabecera, un enorme mapa del mundo decoraba la pared. Celi siempre había sentido una atracción especial por él. No era solo una decoración, sino una puerta a lo desconocido, a destinos aún no explorados.
Impulsada por una corazonada, se levantó y tomó el globo terráqueo que tenía en una esquina de su escritorio. Lo giró con los ojos cerrados y, con un suspiro, dejó que su dedo índice decidiera su próximo destino.
El globo se detuvo.
Abrió los ojos y miró el país bajo su dedo.
México.
Su corazón se aceleró, y una sonrisa nerviosa se dibujó en su rostro. Tal vez era una simple coincidencia, o tal vez era una señal.
Se tumbó de nuevo en la cama, mirando el mapa en la pared. Su mente se llenó de imágenes de colores vivos, mariachis, playas, calles llenas de historia y sabores desconocidos.
-México... -susurró para sí misma.
Esa noche, mientras el sueño la envolvía, algo dentro de ella era consiente de que este viaje debía ser con discreción sin olvidar que si lo hija a ser seria sola, optimizar un viaje así de rápido era su especialidad pero no a un lugar tan lejano. En fin lo terminaría consultando con la almohada, su mayor alianza y leal amiga.
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Editado: 01.03.2026